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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: Los criminales que llevaban sus caras

El viernes por la mañana, Min‑jun encendió la televisión mientras desayunaba —solo, porque su abuela le había dicho que no se sentía bien y se quedó en su habitación—. Y se quedó helado con la taza a medio camino de la boca.

En la pantalla salía una grabación de seguridad tomada la noche anterior: se veía a **él, vestido de civil, empujando a una anciana al suelo y robándole el bolso** en una calle cercana al mercado. La voz del periodista decía con seriedad:

—Las imágenes han sido enviadas por decenas de personas. En distintos barrios de Seúl, jóvenes con las caras de los dos héroes misteriosos que aparecieron en el mercado la semana pasada están cometiendo delitos: robos, agresiones, destrozos en tiendas. La policía los busca. Se les considera peligrosos.

Min‑jun soltó la taza que cayó al suelo sin romperse, pero él no se dio cuenta. Salió corriendo hacia la puerta de Seo‑jun. Cuando llegó, Seo‑jun ya estaba fuera, pálido como la nieve, con el teléfono en la mano y la boca entreabierta de horror.

—Lo has visto —dijo Min‑jun sin preguntar.

—No fui yo —respondió Seo‑jun al instante, con voz quebrada—. No salí de mi casa en toda la noche. Mis padres pueden confirmarlo.

—Y yo tampoco —dijo Min‑jun—. Pero la gente cree que sí.

Justo en ese momento, dos coches de policía pasaron lentamente por la calle y frenaron al verlos.

—¡Corran! —gritó una voz desde atrás. Era Tae‑ho, que venía corriendo con Ji‑eun y Ha‑neul—. ¡Por aquí!

Los cuatro se metieron por un callejón estrecho y subieron por una escalera de emergencia hasta el tejado más cercano, escapando por poco de los agentes. Se quedaron todos sin aliento, apoyados en la barandilla, mirando cómo las luces de los coches de policía recorrían las calles buscándolos.

—Nos han puesto en la lista de buscados —dijo Ji‑eun con los ojos llenos de lágrimas—. En el instituto ya lo saben. Han puesto un cartel en la entrada con vuestras fotos y dicen que sois peligrosos. Muchos creen que es verdad.

Tae‑ho miró a Min‑jun y luego a Seo‑jun, serio.

—Yo sé que no fuisteis vosotros. Pero no todos lo saben. La gente está asustada. Y cuando la gente tiene miedo… cree lo primero que ve.

Min‑jun apretó los puños con rabia e impotencia. El Tejedor no solo quería que dudaran entre ellos. Quería que todo el mundo les diera la espalda. Quería que no tuvieran a dónde ir. Quería que fueran los villanos de su propia historia.

—Tenemos que demostrar que no somos nosotros —dijo Seo‑jun—. Tenemos que atrapar a los impostores con las manos en la masa. Solo así la gente verá la verdad.

—Es peligroso —advirtió Ha‑neul—. Si os ven, os detendrán antes de que podáis explicar nada.

—No tenemos elección —respondió Min‑jun—. Si no lo hacemos, pronto nadie nos creerá nunca más. Ni siquiera nuestros amigos. Ni siquiera… —se calló antes de decirlo en voz alta—. Ni siquiera nosotros mismos.

Pasaron el resto del día escondidos en la casa abandonada que solían usar de refugio cuando salían de noche. Revisaron las noticias una y otra vez: en cada barrio, en cada calle, aparecían copias de ellos cometiendo actos terribles. Golpeaban a jóvenes, rompían escaparates, asustaban a los niños… y siempre con sus caras, sus voces, sus gestos. Nadie notaba ninguna diferencia.

Al atardecer, Ji‑eun levantó la vista del teléfono con cara de espanto.

—Otra grabación. Acaba de pasar hace diez minutos. En la plaza principal. Se ve a… a Min‑jun empujando a una señora hacia la calle justo cuando pasaba un autobús.

Min‑jun sintió que se le caía el mundo encima.

—¿Está… está bien la señora?

—Sí, alguien la agarró a tiempo. Pero todo el mundo grita contra ti. Dicen que eres un monstruo.

Seo‑jun le puso una mano en el hombro con fuerza.

—Escúchame bien. No eres tú. No es tu culpa. Es una mentira. Y la gente se da cuenta de que es mentira cuando ve dos de vosotros al mismo tiempo. Uno aquí y otro allá. Eso es lo que vamos a hacer.

Hicieron un plan rápido. Seo‑jun se quedaría visible en un lugar público, acompañado por Tae‑ho y Ha‑neul, grabando en directo para que todo el mundo viera que estaba allí. Mientras tanto, Min‑jun se transformaría en Jade Blanco y volaría hacia la plaza donde habían visto al impostor. Lo atraparía sin revelar su cara y demostraría que era un falso.

Min‑jun llegó a la plaza en minutos. Había una multitud grande rodeando a alguien que tenía su cara, su ropa, su forma de caminar, riéndose de la gente y empujando a un chico pequeño. Min‑jun bajó volando justo delante de él.

—¡Ya basta! —gritó con la voz alterada por la energía del Sello para que nadie reconociera su tono.

El impostor se giró, sonriendo con una sonrisa que no era la de Min‑jun. Al ver que estaba descubierto, su cara se derritió como cera, volviéndose esa forma sin rasgos que ya conocían. Lanzó una ola de sombra hacia la gente para sembrar el pánico y escapó corriendo hacia un callejón oscuro. Min‑jun fue tras él, pero al llegar al final solo encontró una nota escrita con tinta negra como la noche:

> *Cuanto más luches por demostrar que eres bueno, más gente creerá que mientes. Porque la gente cree lo que le da miedo. Y tú eres mi miedo hecho carne. —Dae‑ho*

Min‑jun volvió con sus amigos desanimado. Tae‑ho y Ha‑neul habían sido grabando en directo: cuando el verdadero Min‑jun apareció volando en la plaza, miles de personas vieron que el "Min‑jun malo" estaba allí mismo en la pantalla al mismo tiempo. Algunos empezaron a dudar. Pero no todos. Muchos comentaron: *"es un truco", "son dos cómplices", "todos son iguales"*. La semilla de la sospecha ya había echado raíces profundas.

Cuando llegó la noche, Min‑jun volvió a casa con el corazón pesado. Su abuela lo esperaba en la puerta, seria, con una maleta pequeña en la mano.

—He hablado con la madre de Seo‑jun —le dijo sin mirarlo a los ojos—. Vamos a irnos unos días a casa de mi hermana, en otra ciudad. Hasta que pase todo este alboroto.

—Abuela… yo no hice nada de lo que dicen —dijo Min‑jun con voz quebrada—. Te lo juro.

Ella le acarició la mejilla con ternura, pero su mirada seguía nublada.

—Yo te creo, nieto. Pero los demás no. Y mientras la gente crea que sois peligrosos… no quiero que estéis solos aquí. No quiero que os hagan daño. Y tampoco quiero estar cerca de… de cosas que no entiendo. Dame unos días para pensar. Por favor.

Se fue sin esperar respuesta. Min‑jun se quedó solo en la entrada de la casa, viendo cómo se alejaba el taxi. No solo el mundo les había dado la espalda. Su propia abuela, la persona que más confiaba en él en todo el mundo, también se había ido.

Subió a su habitación, se dejó caer en la cama y escribió con manos temblorosas, sin fuerzas para ser optimista.

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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Viernes por la noche, solo en casa

Querido cuaderno:

Hoy el mundo entero cree que soy un criminal. Que soy malo. Que hago daño a la gente por gusto. Y lo peor de todo es que tienen pruebas: videos, fotos, testigos. Todo muestra mi cara haciendo cosas horribles. Y yo no puedo demostrar que no fui yo. Porque cuando digo que no, dicen que miento. Cuando intento explicar, dicen que es una excusa.

El Tejedor ha convertido mi cara en una amenaza. Ha hecho que la gente tema lo que soy antes de saber quién soy. Y ahora… hasta mi abuela se ha ido. Dice que me cree, pero se va igual. Porque tiene miedo. Y no la culpo. Si alguien que se parece a mí puede hacerle daño… ¿cómo puede saber que soy yo de verdad?

Seo‑jun me ha dicho que no me rinda. Que lo que la gente cree no cambia quiénes somos. Pero es difícil. Es muy difícil seguir adelante cuando todo el mundo te mira como si fueras un monstruo. Cuando tu propia familia se aleja. Cuando tienes que esconderte de la gente que juraste proteger.

Ji‑eun y Tae‑ho y Ha‑neul siguen con nosotros. Eso es lo único que me sostiene. Ellos saben la verdad. Ellos nos cubren. Pero cuánto tiempo durará eso? ¿Cuánto tiempo antes de que el Tejedor copie también sus caras? ¿Antes de que todos duden de todos?

Mañana iremos al Santuario. Yeo‑wol tiene que ayudarnos. Tiene que haber una forma de demostrar quién es real y quién no. Tiene que haber una forma de luchar contra las mentiras sin destruirnos a nosotros mismos.

Porque ahora me doy cuenta de algo terrible: el Tejedor no quiere matarnos. Quiere que nos odien. Que nos aislemos. Que no tengamos a nadie. Y cuando estemos completamente solos… entonces nos atacará. Y no tendremos a nadie que nos ayude.

No quiero que eso pase. No quiero estar solo. No quiero que Seo‑jun esté solo. Tenemos que encontrar una salida. Tenemos que encontrar la verdad antes de que las mentiras nos ahoguen.

Pero hoy… hoy estoy muy cansado. Y tengo miedo. Mucho miedo.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno y miró por la ventana. En la acera de enfrente, Seo‑jun estaba de pie, sin moverse, vigilando la casa de Min‑jun desde lejos. No se acercó. No llamó. Solo se quedó allí, como un guardián invisible, dispuesto a protegerlo aunque todo el mundo creyera que eran villanos. Min‑jun le hizo una seña con la mano. Seo‑jun levantó la suya despacio y sonrió, triste pero firme. Y en ese momento Min‑jun supo algo: aunque todo el mundo se fuera… él no lo haría.

FIN DEL CAPÍTULO 22

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