Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
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Capítulo 12
Nadie se acercó. Nadie se fue. Las miradas iban y venían entre los tres, cargadas de curiosidad malsana.
La familia de Matías no era ajena a los rumores, pero aquella noche el escándalo estaba demasiado cerca, demasiado expuesto. Algunos invitados intercambiaron comentarios en voz baja, otros fingieron revisar sus teléfonos, aunque no dejaban de observar de reojo.
—Siempre hubo algo raro con esa ex esposa…
—Dicen que no era tan inocente como parecía.
Luciana escuchó fragmentos sueltos sin mover un músculo. Sofía seguía aferrada a su brazo, llorando, repitiendo frases inconexas sobre sacrificios, sangre, dinero, como si enumerara un guion aprendido de memoria. Matías frunció el ceño, incómodo ante la escena que empezaba a desbordarse.
—Sofía, basta —dijo, intentando apartarla—. Estás exagerando.
En ese momento, Luciana se dio vuelta.
El movimiento fue brusco, inesperado. Sujetó la muñeca de Sofía con firmeza y la obligó a soltarla. Antes de que nadie pudiera reaccionar, la arrastró hacia el borde de la piscina.
—¡Luciana! —exclamó alguien.
La bofetada resonó con un sonido seco, claro, imposible de confundir. Sofía quedó paralizada apenas un segundo, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos por el impacto. No tuvo tiempo de decir nada.
Luciana la empujó sin vacilar.
El cuerpo cayó de nuevo al agua, esta vez entre gritos de sorpresa. El chapoteo salpicó a los invitados más cercanos, que retrocedieron de inmediato.
—Ahora sí —dijo Luciana, con la voz fría—. Esto fue empujar.
El murmullo cambió de tono. Ya no era duda; era desconcierto.
—No te voy a pedir perdón por algo que no hice —continuó—. Pero si querías que lo hiciera, acá lo tenés. Así no quedan dudas.
Sofía emergió del agua tosiendo, tratando de agarrarse del borde. El maquillaje corrido, el vestido pesado, el cabello pegado al rostro. La imagen distaba mucho de la mujer frágil que había fingido minutos antes.
Luciana tomó su copa sin apuro. Era un Lafite Rothschild del 82, uno de los vinos más caros del servicio privado. Se acercó al borde de la piscina y volcó el contenido entero sobre la cabeza de Sofía.
El líquido oscuro se mezcló con el agua clorada.
—Tranquila —añadió—. Esto no es todo. Todavía hay regalos.
Alrededor, las miradas empezaron a cambiar. Algunos invitados se miraron entre sí, incómodos. Otros no disimularon el desprecio.
—¿Viste cómo se tiró sola?
—Demasiado teatral.
—Esto ya no parece un accidente.
Sofía intentó salir por sus propios medios, resbalando torpemente. Nadie se apresuró a ayudarla. La escena había perdido toda elegancia.
Empapada y temblando, buscó con la mirada a Matías.
—Matías… —dijo, con la voz quebrada—. Por favor…
Él la observó en silencio. Su expresión ya no era de protección ciega, sino de evaluación. Fría. Calculadora.
—Decime una cosa —preguntó—. ¿Te caíste sola?
Sofía negó con demasiada rapidez.
—No, claro que no —respondió—. Yo jamás…
Matías apretó la mandíbula.
—Vamos a irnos —decidió—. Ahora.
No hubo consuelo, ni reproche hacia Luciana. Solo una orden seca. Tomó a Sofía del brazo y la ayudó a salir, evitando mirarla a los ojos.
En ese instante, un murmullo distinto recorrió la sala.
Varias cabezas se alzaron al mismo tiempo hacia el segundo piso.
Luciana ya no estaba junto a la piscina.
Apareció apoyada en la baranda superior, iluminada por la luz cálida del salón. Abrió su bolso con calma y sacó un fajo de billetes. Luego otro. Y otro más.
Sin decir una palabra, lanzó el primero al vacío.
Los billetes comenzaron a caer, flotando lentamente, algunos aterrizando en el suelo pulido, otros deslizándose hasta el borde de la piscina.
Un suspiro colectivo recorrió la sala.
Luciana siguió arrojando fajos, uno tras otro, hasta vaciar el bolso por completo. Finalmente, lo volcó entero, dejando que el resto del dinero cayera de golpe.
Los billetes se acumularon a los pies de Matías y Sofía.
—Acá está —dijo Luciana desde arriba—. Todo. Devuelto.
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.