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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 13

Capítulo 13

El club

Mariana la llamó un jueves a las nueve de la mañana.

—Yasmín Herrera organizó una cena en el Club Primavera este viernes. Tienes que ir.

Valentina puso el teléfono en altavoz y siguió secándose el pelo con la toalla.

—¿Quién es Yasmín Herrera?

—Mi amiga. —Mariana hizo una pausa que dejó claro que la palabra tenía comillas—. Lleva tres años intentando ser mi mejor amiga. La tolero porque su novio tiene negocios con Alejandro y porque sabe cosas de medio mundo.

—¿Qué tipo de cena?

—Cena con cócteles, juegos, el tipo de reunión donde todas fingen que se quieren mientras buscan con qué destruirse. Yasmín invita cada dos meses. Yo nunca voy porque me aburren, pero ahora que no estoy, necesito que vayas y me cuentes todo. Quién habla con quién, quién bebe de más, quién desaparece con quién al baño.

Valentina dejó la toalla sobre la cama del cuarto de servicio.

—¿Alejandro va a estar?

—No. Es solo para mujeres y las parejas que se les peguen. Alejandro no va a esas cosas. —Mariana bajó la voz—. Pero Diego Beltrán sí va a estar. Es el novio de Yasmín. Empresario, dueño de Horizonte Digital, treinta y pocos. Tiene tratos con el Grupo Quirós, así que trátalo con educación.

—De acuerdo.

—Una cosa más. Yasmín es de las que hacen preguntas incómodas disfrazadas de bromas. Si te pregunta algo sobre mi matrimonio, sonríe y cambia de tema. Si insiste, devuélvele la pregunta. Ella tiene más trapos sucios que una lavandería.

Valentina memorizó la instrucción. Mariana colgó sin despedirse, como siempre.

El viernes por la noche, Bruno la dejó frente al Club Primavera a las nueve en punto.

El lugar estaba en una calle arbolada de Polanco, detrás de una fachada de cantera que no tenía letrero. La puerta era de madera oscura con una aldaba de bronce. Al empujarla, el interior se abría en un salón largo con sillones de terciopelo, luz ámbar y una barra de mármol negro donde un bartender en chaleco servía cocteles en copas sin nombre.

Olía a tabaco dulce y a perfume caro. La música era jazz suave, lo suficiente para llenar el silencio, pero no tanto como para interrumpir las conspiraciones.

Valentina llevaba un vestido negro hasta la rodilla, tacones bajos y los aretes de perla que encontró en el joyero de Mariana. Discreto. El tipo de atuendo que dice "no necesito esforzarme" y que por eso mismo llama la atención.

Yasmín Herrera la vio desde el fondo del salón y caminó hacia ella con los brazos abiertos.

—¡Mariana! Por fin vienes a una de mis cenas. Pensé que me odiabas.

Yasmín era guapa de una manera que exigía atención: cabello lacio rubio teñido, labios gruesos pintados de rojo, vestido dorado que no le dejaba un centímetro de duda. Hablaba con la boca abierta y los ojos entrecerrados, como si cada frase fuera un secreto que te hacía el favor de compartir.

Valentina le devolvió el abrazo con la calidez justa.

—No te odio. Me gusta dormir temprano.

—Eso se arregla con un mezcal. Ven, te presento a las demás.

La mesa del fondo tenía seis mujeres sentadas alrededor de una charola de quesos y una hilera de copas de vino rosado. Valentina reconoció a dos del círculo social de la familia Quirós: caras que había visto en la fiesta de Sofía. Las otras cuatro eran desconocidas, pero todas la miraron con el mismo interés calculado cuando Yasmín la presentó.

—Chicas, por fin tenemos a la señora Quirós entre nosotras.

Valentina sonrió y se sentó en la única silla vacía, la que quedaba entre Yasmín y una morena de uñas largas que la midió de arriba abajo sin disimulo.

La conversación fluyó durante media hora sobre temas seguros: viajes, restaurantes, el nuevo spa de Santa Fe. Valentina habló poco, escuchó mucho, y bebió su copa de vino a sorbos medidos. Cada vez que alguien le hacía una pregunta sobre Alejandro, la desviaba con la técnica de Mariana: una sonrisa, un "es muy reservado" que cerraba la puerta sin portazo.

A las diez, Yasmín se levantó y volvió con un hombre del brazo.

—Les presento a mi novio, para las que no lo conocen. Diego, saluda.

Diego Beltrán era alto, de mandíbula cuadrada y ojos color ámbar que se detenían medio segundo de más en cada rostro. Vestía un traje azul marino sin corbata, con el primer botón de la camisa abierto. Tenía la sonrisa calibrada de un vendedor de bienes raíces.

—Señoras. —Les dedicó una inclinación de cabeza al grupo y después posó la mirada en Valentina—. Señora Quirós. Es un placer. He escuchado mucho de usted.

—El placer es mío —dijo Valentina, tendiéndole la mano.

Diego se la tomó. No se la besó como Joaquín: se la estrechó con firmeza, pero la sostuvo un instante más de lo necesario, como si estuviera midiendo la temperatura de su piel.

—Alejandro es un hombre de buen gusto —dijo, soltándola—. Ahora lo confirmo.

El comentario era un cumplido envuelto en una evaluación. Valentina lo registró y lo archivó junto a la forma en que los ojos de Diego se movieron de su rostro a su cuello antes de volver a Yasmín.

Yasmín no notó nada. O fingió no notarlo.

—Bueno —dijo, aplaudiendo con las palmas juntas—. Ya que estamos todos, vamos a jugar.

La morena de uñas largas sacó una baraja de cartas de su bolso con la eficiencia de quien ya tenía el plan armado. No eran cartas normales: cada una tenía una pregunta impresa en el reverso, con letras doradas sobre fondo negro.

—Se llama Verdades de cristal —explicó Yasmín, barajando—. Cada quien saca una carta y responde la pregunta. Si no quieres responder, te tomas un shot de mezcal. Pero ojo: después de tres shots, la mesa elige la pregunta por ti.

Las primeras rondas fueron inofensivas. Preguntas sobre el primer beso, el peor regalo de un ex, la mentira más grande que le habían dicho. Las mujeres respondían con risas y exageraciones, alimentando la hoguera con leña ligera.

Valentina respondió las suyas con anécdotas vagas que podían ser de cualquiera: un beso en una fiesta de preparatoria, un collar de fantasía que resultó ser de plata, una amiga que le juró que su ex era modelo. Las anécdotas eran creíbles porque las había armado con fragmentos de la adolescencia que Mariana le describió. Ninguna era real.

Diego se quedó al margen, bebiendo un whisky en la barra, pero con la silla girada hacia la mesa. Miraba. Escuchaba. Cada vez que Valentina hablaba, sus ojos se estrechaban un milímetro, como si estuviera tomando notas mentales.

A la séptima ronda, Yasmín sacó una carta y la leyó en voz alta.

—"¿Cuál es el secreto más grande que le guardas a tu pareja?" —Miró la mesa con las cejas levantadas—. ¿Quién sacó esta?

La morena de uñas largas señaló a Valentina con el dedo índice.

—La señora Quirós.

Valentina tomó un sorbo de vino.

—Es la cuarta copa de vino que me tomo —dijo—. Ese es mi secreto. Alejandro cree que no bebo más de dos.

Risas. Alivio general. La respuesta era lo suficientemente ligera para ser graciosa y lo suficientemente creíble para no levantar sospechas. Yasmín se rió con las demás, pero algo se le endureció en los ojos.

Dos rondas después, Yasmín sacó otra carta. Esta vez, antes de leerla, miró directamente a Valentina.

—"Describe tu vida sexual en tres palabras."

El silencio cayó sobre la mesa. Las mujeres se miraron entre sí. La morena de uñas largas se llevó la copa a los labios para esconderse detrás del cristal.

Valentina sintió las miradas clavarse en ella como alfileres. La pregunta era una trampa de precisión: timidez confirmaría los rumores del matrimonio frío; demasiado detalle les daría munición. Y el shot la haría parecer culpable.

Le sostuvo la mirada a Yasmín.

—Tres palabras —dijo, como si lo pensara. Después sonrió con los labios cerrados—. Él no duerme.

La mesa se congeló un segundo. Después, la morena de uñas largas soltó una carcajada que rompió la tensión y dos de las otras mujeres la siguieron. Yasmín se rió también, pero la risa no le llegó a los ojos.

—¿Y tú, Yas? —preguntó Valentina, girando la pregunta—. Tres palabras.

Yasmín parpadeó. Diego, desde la barra, dejó de beber.

—Bueno —dijo Yasmín, reacomodándose el cabello—. Las mías serían... impredecible, intenso, y... frecuente.

Nadie se rio. La respuesta sonaba a folleto publicitario.

Valentina bajó la vista a su copa y se permitió una sonrisa mínima que solo la morena de uñas largas pudo ver. La morena le devolvió una mirada que decía: "Ganaste esta ronda."

Pero Yasmín no había terminado.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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