Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Celos y pelea
Los celos de Claudia se apagaron esa misma noche en su pequeño departamento, junto a Eric. El fuego de la pasión seguía vivo para ambos, ya que no podían dejar de hacer el amor una y otra vez.
Claudia se sentía muy viciosa, pero las respuestas de su joven amante, siempre predispuesto, la hacian sentir viva y completamente deseada. Casi que podría afirmar que antes de él nunca había hecho el amor realmente.
Además, Eric parecía ser una caja de sorpresas. Y en cada encuentro sorprendía a Claudia con diferentes formas de darle placer. Le hacía orales, la tocaba y le daba orgasmos regulares, uno tras otro. Esto último hacía que Claudia se sintiera más joven que nunca.
Así pasaron dos sábados más después de aquella fatídica noche de la despedida de soltera y Claudia, contra todo pronóstico, estuvo bastante tranquila. Incluso había llegado a tolerar que Eric se había acercado a Luz, haciendo entre ambos jóvenes una amistad. Aunque la camarera quisiera algo más.
Aprendió a mirar el fenómeno de su "stripper estrella" con algo más parecido al orgullo de dueña de negocio que a los celos de las primeras semanas, como si hubiera encontrado, aunque fuera de a ratos, una forma de convivir con todo eso.
Esa tarde de sábado, mientras se cambiaba para abrir, se sorprendió pensando nuevamente en algo que no se animaba a hablar con Eric. Técnicamente, ella y él no eran nada formal. Nunca habían hablado de "ser novios", ni de ponerle un nombre a lo que fuera que estuvieran haciendo, más allá de que él vivía con ella, dormía con ella todas las noches, y hasta guardaba ropa interior en su placard.
Todo eso, además, por pedido de la propia Claudia. Así que, se dijo, ella no tenía por qué exigirle plena fidelidad.
Pero Claudia aún necesitaba reclamarle algo. Quería que fuera formal. Eric le había jurado, más de una vez, que no tenía nada con nadie más, que la única con la que se acostaba era ella; tenía, en los hechos, una exclusividad que cualquier otra mujer hubiera matado por tener. Y sin embargo, cada semana que pasaba, Claudia sentía que se "enamoraba" un poco más, y que ese "no formal" le empezaba a quedar chico.
'Se lo voy a decir', pensó, mientras se ataba el cabello frente al espejo del bar. 'Esta semana, en serio, se lo voy a decir. Lo necesito'.
No llegó a decírselo esa noche.
El show había arrancado bien, el bar a pleno, la segunda tanda ya esperando afuera. Todo iba normal hasta que, en medio de la coreografía, una clienta bastante pasada de copas —una mujer robusta, con la cara colorada por el alcohol y una risa que se escuchaba por encima de la música— se subió a la tarima sin que nadie llegara a frenarla a tiempo, tambaleándose, y agarró a Eric de la cara para besarlo en la boca en medio de gritos y aplausos del resto del salón, que otra vez lo tomó todo como parte del espectáculo.
Claudia sintió que algo se le quemaba entero por dentro, igual que la primera vez, aunque esta vez con un peso distinto: el de alguien que ya no podía seguir pretendiendo que esto era solo el trabajo de su empleado "dotado y hot".
No pensó. Caminó directo hacia la tarima, agarró a Eric del brazo apenas terminó de bajar, lo cubrió con una toalla y lo arrastró hasta el depósito sin importarle quién la estuviera mirando.
—¿Qué pasa? —preguntó Eric, todavía agitado, cerrando la puerta detrás de los dos.
—¡No puedo más! —La voz de Claudia salió quebrada desde el primer segundo, y las lágrimas ya cayéndole sin que pudiera contenerlas—. No puedo seguir viendo esto todos los sábados, Eric. No puedo.
—Fue una mujer borracha, Claudia, yo no...
—¡Ya sé que no hiciste nada! —Se limpió la cara con rabia—. El problema no sos vos. El problema es que cada vez me importa más, y no sé cómo hacer para que no me importe. Tengo miedo de salir lastimada.
Del otro lado de la puerta, sin que ninguno de los dos lo supiera, Melina se había quedado parada, con el dinero de la caja aún en las manos, escuchando cada palabra con una claridad que no dejaba ningún lugar para la duda.
Empujó la puerta sin golpear.
—¡Yo sabía! —dijo, con los brazos cruzados y una expresión que no tenía nada de la complicidad de otras veces—. Yo sabía que ustedes dos andaban en algo.
—Melina, ahora no... —empezó Claudia, todavía con la cara mojada, sin fuerzas para manejar una discusión más.
—No, ahora sí. —Melina la cortó, con una dureza que Claudia no le conocía—. Todo este tiempo haciéndose los profesionales, actuando como si nada, mientras yo me hacía la que no ve nada. Qué bien armadito todo, ¿eh?
—No es lo que pensás —intentó Eric, poniéndose entre las dos, tratando de bajar la tensión de la situación sin lograrlo del todo.
—¿Ah, no? —Melina soltó una risa seca, sin ninguna gracia—. Porque a mí me suena exactamente a lo que pienso. Lo querías para vos, ¿no Claudia? Por eso lo contrataste.
Claudia, todavía llorando, no encontró ni una sola palabra para defenderse en un primer momento. Pero, ahora si algo se había quebrado entre ellas y no lo iba a dejar pasar...