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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 23: Palabras que son promesas y cadenas.

La luz rojiza del Abismo empezaba a teñir el cielo oscuro, anunciando el despertar de un nuevo ciclo, pero nosotros seguíamos allí, envueltos entre las alas de Lucien, pegados el uno al otro, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Aún sentía el calor de su piel, el eco de sus besos, la fuerza de todo lo que habíamos compartido en la noche, y mi corazón latía lleno de amor, de paz, de esa certeza absoluta de que estaba en el lugar donde debía estar.

Pero entonces, él se movió despacio, se apartó un poco solo para poderme mirar bien a los ojos, y vi que en su mirada ya no solo había placer ni ternura. Había algo más profundo, algo más antiguo, algo que pesaba tanto como todo el poder que tenía: una mezcla de devoción infinita y de una posesión que no conocía límites, que no entendía de libertades, que quería atarme a él con algo mucho más fuerte que cualquier cuerda o cualquier magia.

Tomó mi rostro entre sus manos, grandes, cálidas, firmes, y sus pulgares acariciaron mis mejillas con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus ojos, con la gravedad de lo que iba a decir.

—Escúchame bien, Isabela —empezó, con esa voz grave, profunda, que parecía salir de lo más hondo de su ser, una voz que no admitía dudas, ni negaciones, ni olvido—. Lo que te voy a decir ahora… no son solo palabras. No son solo frases bonitas para decirte que te quiero. Son promesas, sí. Pero también son cadenas. Cadenas que nos unen, que nos atan, que nos hacen ser uno solo, más allá de lo que tú o yo queramos, más allá de la vida, más allá de la muerte.

Me quedé inmóvil, mirándolo, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, más cargado de magia, de verdad, de algo antiguo y poderoso que estaba llenando todo el espacio entre nosotros. Sus marcas brillaban con luz propia, iluminando su rostro, sus cuernos, sus ojos, y su presencia se hizo más grande, más inmensa, más absoluta.

—Te lo dije la primera vez: eres mía —continuó, despacio, marcando cada sílaba, grabándola en mi mente, en mi alma—. Pero hoy te lo digo de otra forma, más fuerte, más verdadera, más eterna. Eres mía por derecho. Eres mía por elección. Eres mía por amor. Y serás mía mientras yo exista, y mucho después. No hay nada que pueda romper esto. No hay nada que pueda cambiarlo. No hay nada que pueda separarnos. Ni la distancia, ni el tiempo, ni la muerte, ni los dioses, ni el destino. Nada.

Hizo una pausa, y bajó una de sus manos hasta mi pecho, justo sobre mi corazón, presionando suavemente, como si quisiera sentir cada latido, como si quisiera marcarlo para siempre.

—Te prometo que te amaré con todo lo que soy. Con mi fuerza y con mi debilidad. Con mi luz y con mi oscuridad. Con mi vida y con mi muerte. Te prometo que seré tu refugio, tu espada, tu escudo, tu dueño. Te prometo que nadie te tocará, nadie te mirará, nadie te pensará, nadie te tendrá… excepto yo. Te prometo que, si tú caes, yo te levanto. Si tú lloras, yo secaré tus lágrimas. Si tú tienes miedo, yo seré tu valentía. Si tú te vas… yo iré a buscarte hasta el fin de los mundos, hasta el fin de los tiempos, y te traeré de vuelta. Porque, dondequiera que estés, lo que sea que hagas, con quien sea que estés… tú eres mía. Y yo soy tuyo.

Sus palabras eran hermosas, sí. Eran lo más hermoso que jamás me habían dicho. Pero al mismo tiempo, sentía el peso de ellas. Sentía que cada frase era un eslabón que se cerraba alrededor de mí, alrededor de nosotros, un eslabón hecho de amor, sí, pero también de posesión, de obligación, de una unión que no tenía vuelta atrás.

—Dicen que las cadenas duelen, que atan, que quitan libertad —dijo él, como si hubiera leído mis pensamientos, como si supiera exactamente lo que sentía—. Pero las nuestras no son así. Nuestras cadenas son de amor. Son de devoción. Son de necesidad. Yo te ato a mí no para encerrarte, sino para que nunca te pierdas. Yo te ato a mí porque sin ti no soy nada. Yo te ato a mí porque no concibo un mundo donde tú no estés conmigo, donde tú no seas mía, donde yo no sea tuyo.

Se inclinó más hacia mí, y sus ojos brillaron con una intensidad que me hizo temblar entera, con una verdad que me llegó hasta lo más profundo del alma.

—Estas palabras son cadenas, Isabela. Sí. Y yo quiero que las lleves. Quiero que las sientas. Quiero que sepas que estás atada a mí, que no puedes escapar, que no quiero que lo hagas. Porque yo también estoy atado a ti. De la misma forma. De la misma manera. Con la misma fuerza. Yo también llevo tus cadenas. Yo también soy tu prisionero. Yo también soy tuyo, más que tuyo, totalmente tuyo, sin condiciones, sin reservas, sin nada que sea mío y no sea tuyo.

Me besó entonces, un beso lento, profundo, cargado de todo lo que había dicho, cargado de todas esas promesas y todas esas cadenas, un beso que sellaba cada palabra, que las hacía realidad, que las grababa en nuestra piel, en nuestra sangre, en nuestra alma.

—Te lo digo ahora, y te lo diré cada día, cada noche, cada momento de nuestra eternidad —susurró contra mis labios, con voz llena de emoción, de amor, de esa mezcla de dulzura y dureza que lo hacía ser él—. Mía. Mía. Mía. Todo lo que eres, todo lo que tienes, todo lo que serás… es mío. Y yo soy todo tuyo. Para siempre.

Se separó un poco, y me miró con una sonrisa, una sonrisa hermosa, pero también firme, segura, absoluta.

—No te asustes por llamarlas cadenas, pequeña mía. Porque estas cadenas no te harán daño. Estas cadenas son lo que te mantiene a salvo. Son lo que te mantiene cerca de mí. Son lo que hace que, pase lo que pase, tú sepas que tienes un lugar aquí, en mis brazos, en mi vida, en mi corazón. Son promesas que no se rompen. Son palabras que son verdad eterna.

Me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho, envolviéndome con sus alas, con su cuerpo, con todo lo que era.

—Y ahora que te las he dicho, ahora que te las he dado, ahora que te he atado a mí y me he atado a ti… ya no hay vuelta atrás. Ya no hay forma de deshacerlo. Ya no hay nada que cambie esto. Eres mía. Y yo soy tuyo. Y así será, hasta que el último fuego se apague, hasta que la última sombra desaparezca, hasta que el universo entero deje de existir. Y aun después… seguiremos siendo nuestros.

Me quedé allí, escuchando su corazón, sintiendo el peso y la belleza de sus palabras, entendiendo por fin lo que significaba ser amada por él.

Sus palabras eran promesas, sí. Promesas de amor, de cuidado, de protección, de eternidad. Pero también eran cadenas. Cadenas que nos unían, que nos ataban, que nos hacían inseparables. Cadenas hechas de amor, sí, pero cadenas, al fin y al cabo.

Y mientras estaba allí, abrazada a él, sintiendo todo ese amor, toda esa fuerza, toda esa verdad… entendí que no quería ser libre. Entendí que quería llevar esas cadenas. Entendí que quería estar atada a él, para siempre, con esas palabras que eran promesas y cadenas, con ese amor que era refugio y prisión, con esa unión que era todo lo que quería, todo lo que necesitaba, todo lo que era mi vida.

Porque ser suya, estar atada a él, ser prisionera de su amor… era la cosa más hermosa, más segura, más feliz que podía ser.

Y mientras él me acariciaba el cabello y me susurraba una y otra vez "eres mía", yo sabía que esas palabras, esas promesas, esas cadenas… eran lo único que necesitaba para ser feliz, para estar completa, para ser suya, ahora y siempre.

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