Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 2: CAFÉ DE OLLA
Me despertó el gallo de alguien. No es broma. Un gallo real, a las cinco de la mañana, como si estuviéramos en una película de Pedro Infante.
No había dormido así en años. Sin pastilla. Sin ruido de la CDMX. Solo el ventilador viejo haciendo "clack clack clack" y el mosquitero rozándome la cara.
Me levanté con el pelo rojo pegado al cuello. Todo enredado, mojado de sudor. Me miré el celular por inercia. Sin señal. Una rayita. Como debe ser.
Gael ya no estaba en el porche. Pero había dejado café. Otra vez en la taza despostillada. Y un papelito doblado:
"Fui a sacar la red. Si te despiertas, no te ahogues. - G"
Me reí. Wey, quién deja una nota así.
Salí descalzo. La arena de Punta Cocos quema aunque sean las seis. La casa de al lado — bueno, el cuartito de herramientas que ahora es casa — tenía la puerta abierta. Se veía su cama tendida, perfecta. Una playera colgada. Y un olor a jabón Zote que me dio vergüenza que me gustara tanto.
Caminé a la playa. Y ahí estaba.
Sin playera. Jalando una red que pesaba el triple que yo. La espalda toda marcada, morena, con una cicatriz chiquita en el hombro. Cuando me vio, no se tapó. No hizo nada de eso que hacen los vatos de Instagram. Solo levantó la barbilla.
— ¿Sí dormiste, mapa?
Ya me decía mapa. No Eiden. Mapa.
— Sí. Me despertó tu gallo. ¿Es tuyo?
— Es de Doña Tere. Pero cree que es mío porque le doy tortilla.
Me senté en la arena. Con mi playera blanca, obvio. No me la iba a quitar. Todavía no.
Él sacó un huachinango mediano de la red. Lo miró y me lo enseñó como si fuera un trofeo.
— ¿Vas a escribir hoy?
— Quiero. No puedo.
— ¿Por qué?
Porque cada que abro Word escucho a la gente de Twitter riéndose de mi cuello. Porque no sé si soy Eiden o soy Vane. Porque me da ansiedad hasta respirar. Quise decirle todo eso. Pero me salió otra cosa.
— Porque no sé cómo escribir sin esconderme.
Gael no me dio un consejo de autoayuda. No me dijo "tú puedes". Agarró el pescado, lo puso en una cubeta y se sentó a mi lado. Tan cerca que me llegó su olor a sal y a café.
— Mi abuelo Chepe no sabía leer — me dijo. — Pero sabía dónde estaba cada piedra de esta isla con los ojos cerrados. No escribía mapas. Se los aprendía caminando.
Y se quedó callado. Así. Sin remate motivacional.
Nos quedamos viendo el mar. Yo con mi café frío, él con las manos llenas de escamas. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que tenía que producir algo para que me quisieran.
— ¿Me enseñas? — le dije.
— ¿A pescar?
— A no esconderme.
Me miró raro. Luego me miró el pelo. Ese pelo rojo largo hasta la nuca que siempre me tapaba la cara para que no me vieran las pecas.
— Primero enséñame tú a desenredar eso. Pareces león mojado.
Y me metió la mano en el pelo. Sin permiso, pero sin morbo. Como si desenredara una red. Me dolió un poco, me dio risa, me dio... no sé. Calor en la nuca que no era por el sol.
Ese día no escribí ni una palabra.
Pero me quité la playera para meterme al mar. Solo un segundo. Y Gael no me miró con lástima. Me miró como se mira un mapa nuevo que quieres aprenderte de memoria.