Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 9: Martín Rivas
Amelia despertó antes del amanecer. No había dormido más de tres horas, y esas tres horas habían estado llenas de imágenes confusas: la puerta de la casa de su padre entreabierta, la mirada del intruso, la letra temblorosa de Leonardo Ferrer sobre el papel.
Se levantó, se duchó con agua caliente y se cambió con la ropa que Gabriel había dejado preparada la noche anterior. Todo era discreto, de buena calidad y de su talla exacta. Alguien había trabajado con eficiencia mientras ella intentaba dormir.
A las seis y media, el teléfono de la mesita vibró.
Era un mensaje de Gael:
Desayuno en mi oficina. Hay información nueva.
Amelia guardó el teléfono y salió.
Cuando llegó al piso treinta y dos, Gael ya estaba de pie frente a la pantalla principal. Delante de él había varios documentos impresos y una fotografía en blanco y negro.
—Martín Rivas —dijo sin preámbulos cuando ella entró—. Setenta y dos años. Excontador. Trabajó durante más de dos décadas con sociedades de inversión de bajo perfil. Los últimos registros lo ubican en una ciudad costera, a cuatro horas de aquí.
Amelia se acercó a la fotografía. El hombre tenía el rostro delgado, el cabello blanco y una expresión que no revelaba nada.
—¿Relación con mi padre?
—Aparece como testigo en dos documentos de Ferrer Desarrollo Estratégico. Y su firma está en una de las reestructuraciones que después desaparecieron de los registros públicos.
Amelia sintió un latido más fuerte en el pecho.
—Entonces sabe algo.
—O al menos estuvo presente cuando se tomaron decisiones importantes.
Gael deslizó otro documento hacia ella.
—Hay un problema. Rivas no tiene actividad pública desde hace casi ocho años. No hay redes sociales, no hay registros empresariales recientes, no hay entrevistas. La última dirección conocida corresponde a una casa que, según el registro de propiedad, fue vendida hace tres años.
—¿Y ahora?
—Ahora vive de forma discreta. Casi invisible. Eso no es casualidad.
Amelia dejó la fotografía sobre la mesa.
—Tenemos que hablar con él.
—Ya envié a dos personas a localizarlo. Si sigue en esa ciudad, lo encontraremos antes del mediodía.
Ella asintió. Luego miró la caja metálica que todavía estaba sobre el escritorio, dentro del maletín de seguridad.
—Mientras tanto, deberíamos revisar otra vez la carta de mi padre. Puede haber algo que se nos haya escapado.
Gael no se opuso. Abrieron el maletín y extendieron los documentos sobre la mesa. Amelia leyó la carta completa en voz alta esta vez, con calma, prestando atención a cada frase.
Cuando terminó, Gael señaló un párrafo específico.
—Aquí dice: “Si los Llorente intentan intervenir, busca a Alessandro. Él sabrá qué hacer.” Mi abuelo murió hace seis años. Si tu padre escribió esto sabiendo que Alessandro podía no estar…
—Entonces dejó otra vía —completó Amelia—. Martín Rivas.
—Exacto.
Amelia pasó los dedos por el borde de la libreta negra.
—También menciona que el Proyecto Legado solo puede activarse bajo condiciones específicas. Una de ellas es que yo tenga conocimiento pleno y capacidad de decisión.
Gael la miró.
—Eso significa que, mientras tú no reclamaras formalmente, el activo permanecía en un limbo legal. Fácil de manipular. Difícil de disputar.
—Y Esteban lo sabía —dijo Amelia en voz baja—. Por eso necesitaba el divorcio antes de que yo descubriera cualquier cosa.
El silencio que siguió fue denso.
A las nueve y cuarto, Gabriel entró con el teléfono en la mano.
—Tenemos una ubicación probable de Martín Rivas. Una casa pequeña a las afueras de Puerto Escondido. No está a su nombre, pero los vecinos confirman que un hombre con su descripción vive allí desde hace al menos dos años.
Gael miró a Amelia.
—¿Quieres ir hoy?
—Sí.
—Entonces salimos en una hora.
Amelia se levantó. Antes de salir de la oficina, se detuvo.
—Hay algo más. Ayer, cuando el intruso habló, dijo que le habían encargado recuperar la caja. Alguien sabía que existía y que estaba en la casa de mi padre.
Gael asintió con gravedad.
—Eso significa que hay una filtración. O dentro del Grupo Llorente… o más cerca de nosotros de lo que pensamos.
La posibilidad quedó flotando en el aire.
Una hora después, ambos bajaban hacia el estacionamiento privado. Amelia llevaba el maletín con los documentos. Gael había insistido en no dejarlos en la Torre, ni siquiera bajo seguridad. Hasta que no estuvieran digitalizados y respaldados en varios lugares, no se separaría de ellos.
El viaje hacia la costa se hizo mayormente en silencio. Amelia aprovechó para revisar una vez más las anotaciones de la libreta de su padre. Había fechas, números de cuenta y algunos nombres que no reconocía. Uno de ellos aparecía repetido tres veces: S. Varela.
—¿Te suena? —preguntó, mostrándole la página a Gael.
Él frunció el ceño.
—S. Varela… Puede ser Sofía Varela. Fue asesora legal de varias sociedades durante los años noventa. Desapareció del circuito profesional hace más de quince años.
—¿Desapareció o la hicieron desaparecer?
Gael no respondió de inmediato.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Llegaron a Puerto Escondido pasado el mediodía. La casa de Martín Rivas era una construcción sencilla, de una sola planta, rodeada de un jardín descuidado. No había automóviles en la entrada. Las cortinas estaban corridas.
Gael estacionó a una distancia prudente.
—Espera aquí un momento.
—No —respondió Amelia—. Voy contigo.
Él la miró, evaluándola, y finalmente asintió.
Se acercaron a la puerta. Gael llamó dos veces. No hubo respuesta. Llamó una tercera vez, más fuerte.
Desde el interior llegó el sonido de pasos lentos. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Un ojo desconfiado los observó a través de la cadena de seguridad.
—¿Qué quieren?
Amelia dio un paso adelante.
—Señor Rivas, me llamo Amelia Ferrer. Soy hija de Leonardo Ferrer.
Hubo un silencio largo.
Después, la cadena se deslizó y la puerta se abrió por completo.
Martín Rivas era más delgado de lo que mostraba la fotografía. Tenía la mirada cansada y las manos manchadas de tinta, como si hubiera estado escribiendo durante horas.
Los observó a ambos con una mezcla de sorpresa y algo parecido al alivio.
—Pensé que nunca vendrías —dijo en voz baja.
Amelia sintió que el aire se volvía más denso.
—¿Me esperaba?
Rivas miró hacia la calle, como asegurándose de que nadie los hubiera seguido. Después se hizo a un lado.
—Entren. Y cierren la puerta.
Cuando estuvieron dentro, el hombre se pasó una mano por el rostro.
—Si están aquí, significa que el Proyecto Legado volvió a moverse.
Gael habló con tono controlado:
—Necesitamos saber todo lo que usted sabe.
Rivas los miró a los dos. Después señaló una mesa cubierta de papeles viejos.
—Entonces siéntense.
—Porque lo que voy a contarles no es solo sobre un activo empresarial.
Hizo una pausa.
—Es sobre una traición que comenzó hace más de veinte años. Y sobre las personas que todavía están dispuestas a matar por ella.