Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 12: EL AVISO
Eran ya sesenta días desde que el río me había traído hasta ese valle, y faltaban solo cinco para que se cumpliera el ultimátum de Vor. Todos estábamos tan seguros de que los Huesos Rojos no vendrían antes, tan acostumbrados ya a contar los días uno por uno, que bajamos la guardia sin darnos cuenta. Las defensas estaban listas, las lanzas afiladas, las hierbas secas y guardadas, la carne seca colgada en la entrada de la cueva. Nos habíamos preparado para todo… excepto para que nos atacaran por sorpresa antes de tiempo.
Esa mañana el sol salió más cálido de lo normal, de esos que invitan a bajar la guardia, a creer que nada malo puede pasar en un día tan bonito. Kael y Rian salieron temprano hacia el bosque oeste, a revisar las trampas grandes que habíamos puesto para animales grandes y a traer más leña para las noches de fuego. Mara y Lira se fueron río abajo a lavar pieles y a buscar agua fresca, llevando consigo las vasijas más grandes. Turi subió al roble de la vigilancia, como hacía cada mañana, pero a media mañana bajó un momento a beber agua, distraído por un ciervo que había pasado cerca. Gorn se quedó dormido la siesta al sol, sentado en su piedra de siempre, con el bastón apoyado en el pecho. Yo estaba arreglando unas cuerdas rotas de las trampas cerca del montón de cosechas de raíces y carne seca, y Nia jugaba a unos pasos de mí, con su lagarto de madera en la mano, hablándole bajito como hacía siempre.
Fue un segundo. Solo un segundo en el que me giré a buscar un cuchillo para cortar una cuerda demasiado apretada.
Cuando volví la cabeza, ya no estaba.
Al principio pensé que se había escondido detrás de un arbusto para hacerme la broma de siempre. Llamé su nombre una vez, despacio. Dos veces, más fuerte. Nadie respondió. Y entonces lo vi: el humo gris y negro subiendo despacio desde el montón de carne seca, que ardía ya con llamas altas, y unas huellas grandes de botas de piel, nuevas, que no eran de ninguno de nosotros, marcadas en la tierra blanda cerca de donde había estado jugando la niña.
—¡NIA! —grité con todas mis fuerzas, y la voz se me quebró en la garganta.
Corrí hacia el fuego primero, intenté apagarlo con ramas verdes, pero era demasiado tarde: la mitad de la carne seca que habíamos guardado para la guerra ya era ceniza, y la mayoría de las raíces que habíamos cosechado estaban chamuscadas, inservibles. Luego seguí las huellas, que salían del claro por el sendero sur, el que habíamos dado por seguro, el que no habíamos cubierto de trampas porque creíamos que era demasiado estrecho y rocoso para que pasaran muchos hombres. Maldije en voz alta, mil veces, por haber sido tan estúpido, por haber confiado, por haber apartado la vista ni un solo segundo de la niña.
Mara y Lira llegaron corriendo desde el río en cuanto oyeron mi grito. Cuando Mara vio las huellas y el fuego, entendió todo sin que yo le dijera una palabra. Su cara se puso pálida como la ceniza, los ojos se le llenaron de una rabia tan grande que casi podía tocarse, y agarró su cuchillo del cinturón sin pensarlo dos veces, lista para salir corriendo detrás de ellos sin armas, sin ayuda, sin importarme si moría en el intento. Yo la agarré del brazo con fuerza antes de que diera tres pasos.
—¡Suéltame! —gritó, arañándome el brazo con las uñas, desesperada—. ¡Se la han llevado! ¡Tengo que ir por ella!
—Si vas por ese camino mueres antes de llegar al primer árbol —le dije, firme, sin soltarla, aunque me dolía la rabia en el pecho igual que a ella—. Es el camino largo, ellos se habrán adelantado mucho. Gorn me mostró una vez un atajo por las rocas de la derecha, baja directo al cruce del sendero norte. Si corremos, llegamos antes que ellos. Turi —grité hacia arriba, hacia el roble—, ¡tres columnas de humo! ¡Que vengan Kael y Rian al cruce del norte YA!
Turi apareció en la copa del árbol en cuanto me oyó, la cara blanca de culpa, y encendió las tres hogueras verdes en segundos. El humo negro subió recto al cielo, visible por kilómetros a la redonda. Lira agarró mi mano con fuerza, sus dedos helados por el miedo, y me miró a los ojos sin decir nada: yo sabía que venía conmigo. No había forma de detenerla.
Corrimos como nunca lo habíamos hecho en nuestra vida, yo delante, ellas detrás, saltando rocas, esquivando espinas, sin importarnos los rasguños ni el aire que nos faltaba en los pulmones. El atajo de Gorn era corto, casi vertical por la ladera de rocas sueltas, peligroso si pisabas mal, pero nos ahorraba la mitad del camino. Cada paso que daba repetía el nombre de Nia en mi cabeza, veía su cara sonriendo, la escuchaba contando los números que le había enseñado, me culpaba por cada segundo que pasaba sin tenerla de vuelta. No podía pasarle nada. No a ella. No después de todo lo que habíamos pasado. No después de que ella fuera la primera en aceptarme cuando todos los demás me odiaban.
Llegamos al cruce del sendero norte jadeando, con las piernas temblando, justo a tiempo para verlos salir de entre los árboles: cinco hombres de los Huesos Rojos, altos, sucios, las armas en la mano, riendo entre ellos. El más grande, con la cabeza rapada y el tatuaje rojo del fémur en el pecho, llevaba a Nia colgada del hombro como si fuera un saco de patatas, la boca de la niña tapada con una mano para que no gritara. Ella pataleaba, lloraba, intentaba zafarse sin conseguirlo.
—¡AHÍ ESTÁN! —grité, y sin pensarlo dos veces agarré la lanza que llevaba al hombro y salí de detrás de la roca corriendo hacia ellos.
No era valentía. Era rabia pura. No me importaba si eran cinco contra uno. No me importaba si moría ahí mismo. Solo quería recuperar a la niña.
Los cinco se giraron sorprendidos, no esperaban a nadie en ese cruce. El que llevaba a Nia soltó una maldición, la dejó en el suelo de golpe y agarró su hacha de piedra, listo para cortarme en dos antes de que llegara. Yo iba tan rápido que no tuve tiempo de frenar, ni de pensar, ni de tener miedo. Pero antes de que su hacha me diera en la cabeza, escuchamos el chasquido seco de una cuerda tensa que se cierra de golpe.
El hombre gritó.
Había pisado justo la trampa de lazo grande que yo mismo había puesto allí tres días antes, una de las que habíamos hecho para ciervos grandes. El nudo se cerró alrededor de su tobillo con fuerza, lo levantó del suelo de un tirón y lo dejó colgando boca abajo de una rama de roble, pataleando, gritando de rabia e impotencia, sin poder alcanzar ninguna de sus armas. Las otras cuatro se detuvieron sorprendidos, mirando a su compañero colgado, y en ese segundo de duda llegaron Kael y Rian, que habían visto el humo y corrido desde el oeste tan rápido como nosotros, saltando de entre los árboles con las lanzas listas, la cara roja de la carrera y la furia en los ojos.
Fue una pelea corta, sucia, sin reglas. No hubo frases grandiosas, ni honor, ni nada de lo que cuentan las historias viejas. Fue solo supervivencia. Rian clavó su lanza en el pecho del segundo que se acercó a él antes de que el hombre pudiera gritar. Kael golpeó a otro con el asta de su lanza en la cabeza con tanta fuerza que lo dejó inconsciente en el suelo antes de que pudiera reaccionar. Yo me tiré encima del que se había acercado a Nia, que todavía estaba tirada en el suelo llorando, y le clavé el cuchillo de Mara en el hombro con todas mis fuerzas, tan fuerte que el hombre soltó un grito agudo y se apartó de un salto, agarrándose la herida. Los dos que quedaban vieron que ya no eran cinco, que teníamos la ventaja del terreno, que más gente podía venir en cualquier momento, y no lo pensaron dos veces: se dieron la vuelta y salieron corriendo hacia el bosque norte, sin mirar atrás, sin ayudar a sus compañeros caídos.
El que estaba colgado del lazo gritó insultos, amenazó con matarnos a todos, con violar a las mujeres, con comerse a la niña pequeña. Rian se acercó a él sin decir nada, la mirada fría como el hielo, y le cortó la garganta de un solo tajo limpio con su cuchillo. El hombre se quedó callado de golpe. La sangre cayó al suelo formando una charca oscura bajo sus pies. Nadie dijo nada. Nadie se arrepintió. Se lo merecía.
Corrí hacia Nia. Estaba tirada en el suelo, la ropa sucia de tierra y barro, la cara llena de lágrimas, pero no tenía ni un solo corte, ni una sola herida. Cuando me vio llegar, abrió los brazos y se lanzó a mi cuello con fuerza, apretándome tanto que casi me corta la respiración, llorando en mi cuello sin parar, repitiendo mi nombre una y otra vez. Yo la abracé con todas mis fuerzas, cerré los ojos un segundo, y sentí que todo mi cuerpo temblaba de golpe, ahora que el peligro había pasado, ahora que la tenía de vuelta. Mara llegó detrás de mí, se arrodilló en el suelo y nos abrazó a los dos juntos, llorando también por primera vez delante de todos, sin importarle que nos vieran. Lira se agachó a nuestro lado, nos acarició el pelo a los dos, y también tenía los ojos mojados.
Cuando volvimos al claro, el sol ya estaba bajo. El fuego de las cosechas se había apagado solo, pero el daño estaba hecho: habíamos perdido casi la mitad de la comida que habíamos guardado para el sitio. Teníamos lo justo para una semana, quizá diez días si comíamos poco. Pero a nadie le importó la comida. Todos se arremolinaron alrededor de Nia, tocándola, abrazándola, asegurándose de que estaba bien, de que estaba de vuelta. Rian se acercó a mí cuando yo estaba limpiando la sangre del cuchillo de Mara en una hierba seca, me puso una mano en el hombro con fuerza, y solo dijo:
—Bien hecho, hermano.
Más tarde, cuando todos estaban sentados alrededor del fuego esa noche, Nia, que ya había dejado de llorar y estaba acurrucada en el regazo de Mara, dijo de repente, bajito, como si tuviera miedo de que alguien se enojara:
—Ellos hablaban entre ellos… mientras me llevaban. Dijeron que pensaban que todos estábamos fuera cazando. Que venían a quemar todo y asustarnos para que nos fuéramos solos. Dijeron que no vendrían en cinco días. Dijeron que vendrían todos… en tres. Mañana pasado.
Silencio absoluto. Nadie respiró. Tres días. No cinco. Tres. Nos habían mentido Vor en la cueva. Nos habían dado un plazo falso para que bajáramos la guardia, para que confiáramos, para que nos atacaran cuando menos lo esperáramos. Habían casi tenido éxito. Casi se llevan a Nia. Casi ganan sin tener que pelear.
Kael se puso de pie despacio, agarró su lanza más grande y la clavó en la tierra delante de él con un golpe seco que resonó en todo el claro. La luz roja del fuego le iluminaba la cara, la hacía ver más dura, más vieja, más invencible que nunca.
—Escuchen todos —dijo, y su voz no necesitó ser fuerte para que la oyéramos todos, incluso los grillos del bosque parecieron callarse para oírlo—. Ya no hay plazos. Ya no hay esperanzas de que se vayan solos. Ya no hay piedad para ninguno de ellos. Quieren nuestro valle. Quieren nuestra piedra. Quieren a nuestras mujeres y a nuestra niña. Pues que vengan. Pero les advierto: el primero que cruce el río pisa tierra suya por última vez. No rendiremos ni un palmo de lo que es nuestro. No dejaremos que toquen ni un pelo de la cabeza de ninguno de los nuestros. Pelearemos hasta el último aliento. Hasta que el último de ellos caiga muerto, o hasta que caigamos nosotros. ¿Quién está conmigo?
Rian fue el primero en ponerse de pie, gritando con toda la fuerza que tenía, golpeando su lanza contra su escudo de madera. Luego Turi, luego Mara, con Nia todavía en brazos, luego Lira, luego Gorn, que se levantó con su bastón y asintió con la cabeza, serio. Todos miraron hacia mí. Yo me puse de pie despacio, apreté el cuchillo de Mara en una mano y el llavero de Kael que llevaba contra el pecho con la otra, y miré a cada uno de ellos a los ojos: la familia que me habían dado cuando no tenía nada, la gente por la que habría dado la vida ese mismo día sin dudarlo.
—Estoy con vosotros —dije, y mi voz sonó más firme, más segura que nunca—. Hasta el final.
Esa noche nadie durmió. No había más tiempo para descansar, no había más tiempo para preparativos lentos. Repartimos la comida que quedaba en raciones pequeñas para que durara más. Afilamos cada lanza, cada cuchillo, cada punta de estaca una vez más. Volvimos a revisar cada trinchera, cada lazo, cada nudo del muro. Colocamos más lanzas de fuego cerca de las aberturas. Preparamos el camino de escape por si todo salía mal, pero todos sabíamos, en el fondo, que ninguno pensaba usarlo. No nos iríamos. Esta era nuestra casa.
Cuando empezó a salir el sol del día sesenta y uno, yo estaba de pie en lo más alto del muro de estacas, mirando hacia el bosque norte, hacia donde vendrían. Lira se acercó a mi lado, me pasó un trozo pequeño de carne seca para que desayunara, y se quedó callada un rato, mirando en la misma dirección que yo.
—Tienes miedo otra vez —dijo, no era una pregunta.
Asentí. No tenía sentido mentir.
—Sí. Pero no de morir. De no ser suficiente. De que a pesar de todo el plan, de todas las trampas, de todo lo que hemos hecho… no podamos con ellos.
Ella me tomó la mano, la apretó con fuerza entre las suyas, y luego se giró hacia mí, con esa calma que solo ella tenía, incluso con la guerra a las puertas.
—Somos siete —dijo, baja—. Pero somos siete que se quieren. Siete que se conocen de memoria. Siete que pelean por su casa. Ellos son treinta que pelean por un jefe que los mandará a morir primero sin importarle ninguno. Eso vale más que cualquier lanza, cualquier muro, cualquier cantidad de hombres. Ya lo verás. Ganaremos.
Me quedé mirándola, con la luz pálida del amanecer iluminándole la cara, y supe que tenía razón. No éramos los más fuertes. No éramos los más numerosos. Pero teníamos algo que los treinta de Drak nunca tendrían: algo que perder, y algo por lo que luchar hasta la muerte.
Quedaban dos días. Solo dos.
Me apreté el cuchillo al cinturón, toqué los colgantes de Turi contra mi pecho, y respiré hondo el aire frío de la mañana.
Que vinieran. Ya estábamos listos. De verdad.