Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 23: Cena de familias
Todo lo que había pasado con Santiago —o, mejor dicho, con Kael— había quedado momentáneamente en silencio. Después de lo ocurrido en la biblioteca, él había desaparecido sin dejar rastro, y aunque Alexandro y yo estábamos alerta, esperando en cualquier momento su regreso y su ataque, la vida seguía su curso para el resto del mundo. Y, como si el destino se empeñara en poner a prueba nuestra paciencia o nuestra capacidad de fingir normalidad, aquel fin de semana estaba programada la cena mensual entre nuestras familias.
Mis padres, encantados como siempre con la familia de Alexandro, habían preparado todo con esmero: la mesa larga en el comedor principal, llena de flores y cubiertos de plata, la comida más exquisita, y esa atmósfera de elegancia y cordialidad que tanto les gustaba. Para ellos, éramos solo dos chicos, los hijos de sus mejores amigos, que crecían juntos, estudiaban juntos y se llevaban de maravilla. No tenían ni la más mínima idea de que, detrás de esa amistad, había siglos de historia, magia, batallas pasadas y un enemigo antiguo que acechaba en las sombras.
Yo bajé las escaleras con mi elegancia habitual, vestida con un traje que sabía que me quedaba perfecto, el cabello recogido con cuidado, luciendo como la princesa que todos creían que era. Pero por dentro, todo era diferente. Ya no caminaba con esa altivez de quien se sabe superior a todo el mundo. Ahora, caminaba con una certeza nueva: sabía quién era yo, sabía quién era él, y sabía que lo que teníamos era lo más valioso que existía.
En cuanto entré en el comedor, lo vi. Alexandro estaba de pie cerca de la ventana, hablando con mi padre y con el suyo. Llevaba ropa formal, sencilla pero impecable, y se veía tranquilo, serio, educado… pero en cuanto sus ojos se posaron en mí, vi ese destello especial, ese brillo suave y profundo que solo yo conocía. Me miró de arriba abajo, no con admiración vacía como hacían otros, sino con orgullo, con cariño, con la mirada de quien ve algo que es suyo y que protegería con su vida.
—¡Ah, ahí está nuestra estrella! —exclamó mi madre, acercándose para darme un beso en la mejilla—. Qué hermosa estás, hija. Como siempre.
—Ciertamente —añadió el padre de Alexandro, sonriendo—. Y qué bien se ven juntos, ¿verdad? Parecen hechos el uno para el otro.
Mis padres se rieron, asintiendo con esa complicidad que tenían, y yo sentí cómo se me calentaban las mejillas. Me acerqué a ellos, y Alexandro se apartó un poco de los mayores para quedar a mi lado, lo suficientemente cerca para que yo sintiera su presencia, pero lo bastante lejos para mantener las formas.
—Buenas noches, Mariam —me dijo él, con esa voz suya que me calmaba los nervios, y bajando la voz solo lo suficiente para que yo lo oyera—. Estás preciosa. Aunque me temo que, si te digo lo que realmente pienso, te vas a poner tan orgullosa que no vas a caber en la mesa.
Lo miré de reojo, conteniendo una sonrisa. —Qué cosas dices —le respondí, también en voz baja, con fingida indiferencia—. Pero te doy un punto: tienes buen gusto. Eso, al menos, siempre lo has tenido.
Nos sentamos a la mesa. Los adultos ocuparon los extremos y los puestos principales, y nosotros nos sentamos uno al lado del otro, como siempre habíamos hecho. La conversación fluyó de forma natural: viajes, negocios, noticias de amigos, planes para el verano. Todo era muy agradable, muy tranquilo, muy normal… si no supieras lo que nosotros sabíamos.
Pero lo que más me llamó la atención fueron los comentarios que, poco a poco, empezaron a caer sobre nosotros, como gotas de agua que, una tras otra, terminan llenando un vaso.
—La verdad —decía mi padre, mientras cortaba su comida con calma—, me da mucha tranquilidad saber que Alexandro está siempre cerca de ti, Mariam. Es un chico sensato, responsable, educado… y se nota que te tiene un cariño inmenso. No hay muchos jóvenes hoy en día que sean tan leales y buenos como él.
—Tienes toda la razón —coincidió la madre de Alexandro, mirándonos con una sonrisa tierna—. Y Mariam… bueno, ella es especial, todos lo sabemos. Tiene ese carácter fuerte, esa personalidad tan brillante, esa forma de ser que atrae a todo el mundo… pero creo que con Alexandro es diferente. Él es el único que sabe llevarla, el único que la entiende de verdad. Se complementan perfectamente. Ella es la luz, la alegría, la fuerza… y él es la calma, el equilibrio, el refugio.
—¡Exacto! —intervino mi madre, muy animada—. Siempre lo he dicho. Nacieron para estar juntos. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan a la perfección. Me encanta verlos así, tan unidos, tan cómplices. Estoy segura de que, pase lo que pase en la vida, siempre se tendrán el uno al otro. Y no hay nada más bonito que eso.
Cada palabra que decían caía sobre mí como una revelación, aunque en el fondo yo ya lo sabía. Ellos, que no sabían nada de magia, ni de vidas pasadas, ni de poderes antiguos… lo veían. Lo veían solo con mirarnos, solo con ver cómo nos movíamos, cómo nos mirábamos, cómo estábamos el uno al lado del otro. Ellos veían lo que yo había tardado tanto en aceptar, lo que había ocultado detrás de orgullo, de bromas y de discusiones: que él era mi lugar seguro. Que él era mi igual. Que él era todo lo que necesitaba.
Y lo más sorprendente de todo es que, mientras hablaban, yo no sentía esa molestia de antes, esa necesidad de decir "¡No! Él es solo mi amigo, solo el hijo de los amigos, solo un estorbo a veces". No. Ahora, escucharlos decir que estábamos hechos el uno para el otro, que nos complementábamos, que éramos perfectos juntos… me gustaba. Me gustaba muchísimo.
Miré a Alexandro, que estaba escuchando todo con una sonrisa tranquila, sin decir nada, comiendo con educación, pero que de vez en cuando me lanzaba una mirada rápida, como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza. Y me di cuenta de algo que me dejó sin aire: no me importaba lo que dijeran. Al contrario, me gustaba que lo dijeran. Me gustaba que todo el mundo viera que él me pertenecía y que yo le pertenecía a él.
Durante toda la cena, él se comportó de esa forma suya, esa que me tenía acostumbrada pero que ahora veía con otros ojos. Me acercaba la jarra de agua antes de que yo tuviera que pedirla. Me pasaba el pan. Escuchaba cuando hablaba, y cuando yo decía algo que podía sonar demasiado altivo o caprichoso, él hacía un pequeño comentario o una broma suave que suavizaba mis palabras, sin quitarme razón, solo ayudándome a que los demás me entendieran mejor. Me cuidaba, me protegía, me acompañaba… y lo hacía con tanta naturalidad, con tanto amor, que parecía que no hacía nada especial. Pero yo sabía, ahora más que nunca, que lo que hacía era extraordinario.
Recordé la discusión que habíamos tenido hace poco, cuando yo usé a Santiago para provocarlo, cuando le dije que él era un estorbo, cuando le dije que me molestaba que me cuidara. Recordé el incendio en la escuela, cuando él entró entre las llamas solo para llegar hasta mí. Recordé la calle, cuando se puso delante de los matones sin dudar ni un segundo, aunque sabía que yo podía defenderme sola. Recordé sus palabras, sus promesas, sus siglos de lealtad.