Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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No estás solo
Julian permaneció abrazado a Sara durante varios minutos.
No lloraba como antes.
Ahora solo respiraba contra su hombro, intentando recuperar el control.
Sara seguía acariciándole el cabello.
No tenía prisa.
Por primera vez desde que había regresado al pasado, no estaba pensando en misiones, puntos ni porcentajes.
Solo en él.
En el muchacho que tenía entre sus brazos.
Finalmente, Julian se separó un poco.
Tenía los ojos rojos y el rostro agotado.
—Perdón.
Sara frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por llorar así.
—¿Estás pidiendo perdón por llorar?
—No sé.
Sara le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Entonces deja de ser idiota.
Julian la miró.
Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Gigi decía exactamente eso.
Sara sonrió.
—Entonces me cae bien.
La sonrisa de Julian duró apenas unos segundos.
Pero esta vez no desapareció completamente.
—Te habría querido.
Sara sintió un pequeño nudo en la garganta.
—¿Crees?
—Sí.
Julian bajó la mirada.
—Le gustaban las personas que no tenían miedo de decirme idiota.
—Entonces definitivamente me habría querido.
—Definitivamente.
Se quedaron en silencio.
Hasta que Sara decidió que era suficiente tristeza por un día.
Se puso de pie.
—Vamos.
Julian levantó una ceja.
—¿A dónde?
—A comer.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tienes hambre.
—Sara...
—Tu padre me pidió que te cuidara.
—Mi padre te pidió que me manipularas.
Sara se quedó congelada.
—¿Cómo sabes eso?
Julian sonrió ligeramente.
—Conozco a mi padre.
Sara tragó saliva.
Este muchacho es demasiado inteligente.
—Entonces sabes que no puedes negarte.
—¿Y si me niego?
Sara cruzó los brazos.
—Te doy un mochilazo.
Julian soltó una carcajada.
—¿Con esa mochila rosa?
—Exactamente.
—Estás loca.
—Y tú tienes hambre.
Julian negó con la cabeza.
—No.
Sara lo tomó de la mano.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Sara.
—Julian.
Se miraron.
Finalmente, él suspiró.
—Está bien.
Sara sonrió.
—Buen chico.
Julian levantó una ceja.
—No vuelvas a decirme eso.
—¿Por qué?
—Porque suena como si estuvieras hablándole a un perro.
—Pero si eres mi cachorro.
—Sara.
Ella salió corriendo de la habitación antes de que pudiera alcanzarla.
Y por primera vez en días...
Julian volvió a reír.
En la cocina, la madre de Sara ya había preparado el desayuno.
Cuando vio entrar a ambos, levantó la mirada.
—¿Mejor?
Julian asintió.
—Sí, señora.
La mujer sonrió.
—Entonces siéntate. Hice demasiado.
Julian se sentó.
Sara ocupó la silla junto a él.
—Mamá cocina demasiado.
—Eso dicen todos los hijos que no quieren repetir.
—Yo sí voy a repetir —dijo Julian.
La madre de Sara sonrió.
—Eso me gusta.
Sara observó a Julian.
Estaba comiendo.
No mucho.
Pero estaba comiendo.
Y aquello, para ella, era una victoria.
No necesitaba una misión.
No necesitaba puntos.
Solo necesitaba verlo llevarse otra cucharada a la boca.
Más tarde, Sara llevó a Julian al jardín.
El muchacho se sentó bajo un árbol.
—Tu casa es tranquila.
—¿Eso es bueno?
—Sí.
Julian miró el cielo.
—En mi casa siempre hay alguien hablando.
—¿Tu familia?
—No exactamente.
Sara se sentó a su lado.
—¿Qué quieres decir?
Julian se encogió de hombros.
—Abogados. Ejecutivos. Guardaespaldas. Gente entrando y saliendo. Teléfonos sonando. Personas hablando de negocios.
Miró sus manos.
—A veces siento que nunca puedo escuchar mis propios pensamientos.
Sara lo observó.
—Aquí puedes.
Julian sonrió débilmente.
—Sí.
Permanecieron en silencio.
Hasta que Julian habló.
—Gigi odiaba el silencio.
Sara lo miró.
—¿Sí?
—Decía que una casa demasiado silenciosa parecía una tumba.
Julian soltó una pequeña risa.
—Ella ponía música a todo volumen. Mi madre se volvía loca.
—Parece divertida.
—Lo era.
Su sonrisa se apagó.
—Era.
Sara le tomó la mano.
Julian la miró.
—Puedes hablar de ella en presente si quieres.
—¿Qué?
—Puedes decir "es" en vez de "era".
Julian permaneció callado.
—No tienes que convertirla en pasado solo porque murió.
Él bajó la mirada.
Y apretó los dedos de Sara.
—Mi hermana es una ladrona de chocolates.
Sara sonrió.
—Exactamente.
—Y una mocosa insoportable.
—Por supuesto.
—Y seguramente ahora estaría diciéndome que deje de llorar.
Sara soltó una pequeña risa.
—Definitivamente me habría caído bien.
Julian respiró profundamente.
Esta vez el recuerdo dolió.
Pero no lo destruyó.
Aquella noche, Julian recibió una llamada.
—Padre.
Sara estaba al otro lado de la habitación haciendo una tarea, pero podía escuchar.
—¿Cómo estás?
Julian miró hacia ella.
—Mejor.
Adrián guardó silencio.
—¿Comiste?
Julian sonrió.
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Todo?
—Padre...
—Solo pregunto.
—Sí, comí.
—Bien.
Sara sonrió.
Definitivamente mamá gallina.
Adrián continuó:
—¿Sara está ahí?
—Sí.
—¿Te está molestando?
Julian miró a Sara.
—Mucho.
—Perfecto.
Sara levantó la cabeza.
—¡Los escucho!
Adrián soltó una risa.
—Eso también es buena señal.
Julian se quedó callado.
Luego preguntó:
—Padre.
—¿Qué?
—¿Cómo sabías que debía venir aquí?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Porque conozco a mi hijo.
Julian bajó la mirada.
—No quiero que vuelvas a viajar.
La voz de Adrián cambió ligeramente.
—Volveré pronto.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Julian cerró los ojos.
—Está bien.
—Duerme.
—Buenas noches, padre.
—Buenas noches, hijo.
La llamada terminó.
Julian dejó el teléfono sobre la mesa.
Sara lo observó.
—Lo quieres mucho.
Julian sonrió.
—Sí.
—Él también.
—Sí.
Sara inclinó la cabeza.
—Entonces quizá no estés tan solo como creías.
Julian la miró.
Y esta vez no respondió.
Solo tomó su mano.
Cuando finalmente se acostó, Sara apareció en la puerta.
—Buenas noches.
Julian levantó la mirada.
—Buenas noches.
Sara dio un paso para irse.
—Sara.
—¿Sí?
—Gracias.
Ella sonrió.
—De nada.
—No.
Julian la miró directamente.
—Gracias por quedarte.
Sara sintió algo dentro del pecho.
—Siempre.
Julian sonrió.
Sara cerró la puerta.
Y se quedó unos segundos apoyada contra ella.
Entonces apareció el sistema.
Ding.
Sara suspiró.
—¿Qué quieres?
La pantalla apareció frente a ella.
[ESTADO DEL HIJO DEL DESTINO]
Dolor: 91% → 84%
Culpa: 94% → 89%
Odio: 100% → 96%
Soledad: 98% → 63%
Afecto hacia Sara: 75% → 82%
Sara abrió ligeramente los ojos.
—La soledad bajó muchísimo.
Sí, heroína.
Sara sonrió.
—Y el odio también bajó.
Solo cuatro puntos.
—Pero bajó.
Correcto.
Sara se quedó mirando la pantalla.
—Entonces funciona.
¿Qué cosa?
—No puedo quitarle el dolor.
La sonrisa desapareció lentamente.
—Pero puedo evitar que ese dolor se convierta en lo único que tenga.
El sistema permaneció en silencio.
Después apareció una nueva advertencia.
[RUTA DEL VILLANO: ACTIVA]
Sara frunció el ceño.
—¿Todavía?
Sí.
—Entonces no lo hemos cambiado.
No completamente.
Sara bajó la mirada.
—¿Pero?
La pantalla parpadeó.
[Desviación detectada.]
Sara levantó la cabeza.
—¿Qué?
En la línea temporal original, después de la muerte de Gigi, Julian comenzó a aislarse de todos.
Otra línea apareció.
[Soledad: 100%]
[Afecto recibido: mínimo]
[Odio: crecimiento constante]
Sara tragó saliva.
—¿Y ahora?
El sistema mostró los nuevos datos.
[Soledad: 63%]
[Afecto recibido: elevado]
[Odio: descenso temporal]
Sara sonrió.
—Entonces sí estamos cambiando algo.
Un poco.
—Un poco es suficiente.
No te emociones, heroína.
Sara levantó una ceja.
—¿Por qué?
Porque el villano sigue ahí.
Sara miró hacia la puerta de la habitación de Julian.
—Entonces seguiré trabajando.
¿Trabajando?
—Sí.
¿En qué?
Sara sonrió.
—En darle razones para no convertirse en él.
El sistema permaneció callado.
Y finalmente apareció una pequeña frase.
[Misión principal actualizada.]
No salvar al villano.
Salvar al muchacho que todavía existe debajo de él.
Sara se quedó mirando aquellas palabras.
Luego apagó la pantalla.
Al otro lado de la pared, Julian dormía.
Por primera vez desde la muerte de Gigi, no estaba solo.
Y eso...
aunque fuera poco...
podía cambiarlo todo.