NovelToon NovelToon
El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:633
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: La velada de las intenciones peligrosas

Beatrice Montclair había decidido entrar a Bellhaven sin causar ningún incidente.

Era una decisión madura.

Sensata.

Casi conmovedora.

Y, por lo mismo, profundamente sospechosa.

—No camines como si estuvieras intentando demostrar algo —dijo Lady Agatha mientras descendían del carruaje.

Beatrice sostuvo la falda de su vestido con precisión.

—No estoy intentando demostrar nada.

—Querida, estás descendiendo del carruaje como si la gravedad te hubiera ofendido personalmente.

—La gravedad y yo tenemos antecedentes.

—La gravedad no recuerda.

—Yo sí.

Clara, que había acompañado a Lady Agatha para entregar unas tarjetas y luego retirarse con el carruaje, observó la escena desde un prudente segundo plano.

—El escalón está firme, señorita.

Beatrice la miró.

—No necesito informes del enemigo.

—Sí, señorita.

Aquella noche, Bellhaven brillaba igual que la primera vez. Las lámparas, la música, los carruajes, las damas inclinando abanicos con intención criminal. Todo parecía dispuesto para recordarle que una vez había llegado allí con un vestido rebelde, una dignidad en peligro y muy poca capacidad para evitar que Lord Nathaniel Ashford apareciera en el momento menos conveniente.

Pero esta vez era diferente.

Esta vez no había falso compromiso.

Había cortejo.

Elegido.

Voluntario.

Lo cual, francamente, era mucho peor.

Beatrice dio un paso hacia la entrada con toda la serenidad de una mujer decidida a no entretener a Valdoria.

El tacón derecho se enganchó en una irregularidad mínima del camino.

No fue una caída.

No fue siquiera un tropiezo completo.

Fue una pequeña sacudida, un movimiento traicionero, un gesto ridículo que la obligó a levantar los brazos un poco más de lo recomendable y a aferrarse, por puro instinto, a lo primero que encontró.

Lo primero que encontró fue una urna decorativa con flores.

La urna no estaba preparada para ser soporte emocional.

Se inclinó.

Beatrice la sostuvo.

La urna la sostuvo a ella.

Ambas, durante un instante terrible, parecieron negociar quién caería primero.

Lady Agatha cerró los ojos.

Clara murmuró:

—Oh, no.

Beatrice apretó los dientes.

—Nadie ha visto nada.

Detrás de ella, una voz masculina respondió:

—Me temo que la urna sí.

Beatrice se quedó inmóvil.

Muy lentamente, giró la cabeza.

Nathaniel Ashford estaba de pie a pocos pasos, impecable, serio y con una expresión que demostraba un esfuerzo heroico por no sonreír.

Sebastián estaba junto a él.

Sebastián no hacía ningún esfuerzo.

—Señorita Montclair —dijo Nathaniel.

—Lord Ashford.

—Veo que ha llegado bien.

Beatrice seguía sujetando la urna.

—Estoy teniendo una conversación privada con la decoración.

Sebastián se inclinó para observarla mejor.

—¿Va ganando usted o la decoración?

—Señor Ashford, si valora su vida, declarará empate.

—Empate histórico, entonces.

Nathaniel dio un paso hacia ella.

—¿Necesita ayuda?

—No.

La urna volvió a inclinarse.

—Quizá —corrigió Beatrice.

Nathaniel tomó la base de la urna con una mano firme y la devolvió a su sitio con tan poca dificultad que Beatrice lo encontró ofensivo.

—Gracias —dijo ella, soltándola al fin.

—No ha sido nada.

—No diga eso. Si no ha sido nada, entonces he forcejeado con un objeto inofensivo sin justificación dramática.

Sebastián observó la urna.

—Yo diría que la urna se defendió con valentía.

—Usted no dirá nada —respondió Beatrice.

—Tarde. Ya lo dije.

Lady Agatha abrió los ojos y miró hacia el cielo, como si pidiera paciencia a una autoridad superior.

Nathaniel, en cambio, miraba a Beatrice.

No a la urna.

No al tacón.

A ella.

—¿Está bien? —preguntó en voz más baja.

Beatrice sintió, con profunda irritación, que la pregunta le importaba.

—Perfectamente.

—¿Segura?

—Lord Ashford, si sigo confirmando que estoy bien después de cada encuentro con el mobiliario de Bellhaven, la gente pensará que tenemos una tradición.

—Una tradición peligrosa.

—Todas las buenas lo son.

Sebastián levantó un dedo.

—Debo registrar que esta vez no hubo cintura.

—Sebastián —dijeron Nathaniel y Lady Agatha al mismo tiempo.

Beatrice suspiró.

—Qué comienzo tan prometedor. Llevamos tres minutos y ya he sido vencida por una urna.

—No vencida —dijo Nathaniel.

Ella lo miró.

—¿No?

—Solo retenida temporalmente.

Beatrice lo estudió un segundo.

—Esa fue una forma muy amable de decir desastre.

—Estoy practicando.

—Conmovedor. Inútil, pero conmovedor.

Nathaniel le ofreció el brazo.

No de inmediato.

No como rescate.

Solo cuando ella ya estaba erguida, recompuesta y suficientemente molesta para aceptarlo por decisión propia.

Beatrice miró el brazo.

Luego a él.

—¿Está intentando evitar que ataque otra pieza decorativa?

—Estoy intentando acompañarla hasta el salón.

—Eso suena peligrosamente parecido a prudencia.

—Lo es.

—Ya sabe lo que pienso de la prudencia.

—Sí.

—Y aun así me ofrece el brazo.

—Sí.

Beatrice apoyó la mano sobre su manga.

—Muy valiente de su parte.

—Intento serlo con moderación.

Entraron juntos.

Bellhaven hizo lo que Bellhaven hacía mejor: observar con elegancia y recordar con crueldad.

Beatrice sintió las miradas antes de verlas. Lady Harcourt, cerca de la chimenea, se llevó una mano al pecho como si hubiera presenciado el regreso de una epopeya. La condesa viuda de Everly inclinó la cabeza hacia una dama de azul. Prudence Vale estaba junto a una columna, perfecta como una estatua que había decidido juzgar desde el mármol.

—Todos miran —murmuró Beatrice.

—Sí.

—Probablemente ya saben lo de la urna.

—Sebastián camina muy rápido cuando tiene noticias.

Beatrice miró hacia atrás.

Sebastián ya estaba hablando con Lady Harcourt y usando ambas manos para representar algo peligrosamente parecido a una batalla ornamental.

—Voy a matarlo.

—Tendrá que esperar hasta después del vals.

—Qué poco considerado.

Nathaniel la condujo hacia un lado del salón. No demasiado apartado, no demasiado expuesto. La distancia exacta para que todos vieran que estaban juntos y nadie pudiera decir que se escondían.

Eso, como todo lo que Nathaniel hacía, era irritantemente correcto.

—Ha planeado esto —dijo Beatrice.

—¿Qué cosa?

—Dónde colocarnos. Cuánto caminar. Cuánto parecer tranquilos.

Nathaniel se quedó callado medio segundo.

—Sí.

Beatrice lo miró con deleite repentino.

—¿Tiene un plan de cortejo?

—No lo llamaría así.

—Eso significa que sí.

—Es más bien una serie de consideraciones.

—Una lista.

—No exactamente.

—Lord Ashford.

Él respiró como un hombre a punto de confesar un crimen formal.

—Hay un documento.

Beatrice se quedó inmóvil.

Luego sonrió.

Lenta.

Peligrosamente.

—¿Un documento?

—No era mi intención mencionarlo esta noche.

—Oh, no. Ya lo mencionó. No puede abandonarlo como una urna deshonrada.

—La urna no fue abandonada.

—Se tambaleó en público. Eso cambia a cualquiera.

Nathaniel intentó no sonreír.

Fracasó.

—El documento no es definitivo.

—¿Tiene secciones?

—Algunas.

—¿Títulos?

—Pocos.

—¿Puntos numerados?

Silencio.

Beatrice llevó una mano al corazón.

—Lord Ashford, esto es mejor de lo que imaginé.

—Me alegra que mi organización la divierta.

—No me divierte. Me fascina. ¿Hay un apartado para conversaciones difíciles? ¿Otro para flores sospechosas? ¿Uno sobre cómo no provocar a Lady Harcourt?

—Ese último sería imposible de completar.

—Mire eso. Humor. Bellhaven está lleno de milagros esta noche.

Nathaniel bajó la voz.

—No quería que el cortejo se sintiera impuesto.

La diversión de Beatrice se suavizó un poco.

—¿Por eso hizo un documento?

—Por eso intenté pensar antes de actuar.

—Muy suyo.

—Lo sé.

—No lo dije como insulto.

—Lo sé.

La música llenó el espacio alrededor de ellos.

Beatrice miró hacia la pista. Algunas parejas ya comenzaban a ordenarse para el siguiente baile. En otro tiempo, habría deseado huir. O burlarse. O refugiarse en la mesa de pastelillos hasta que la sociedad encontrara otra víctima.

Pero Nathaniel estaba a su lado.

Y ella había tomado su brazo.

Y, aunque detestaba admitirlo, no quería soltarlo todavía.

Prudence se acercó entonces.

Por supuesto.

La noche no podía permitir que una urna tuviera todo el protagonismo.

—Lord Ashford —dijo Prudence, con una inclinación perfecta—. Señorita Montclair.

—Lady Prudence —respondió Beatrice.

—Qué entrada tan memorable.

Beatrice sonrió.

—Gracias. Me gusta ofrecer variedad. La primera vez fue el vestido. Hoy, la urna. Estoy considerando desafiar una cortina la próxima semana.

Nathaniel miró hacia otro lado.

Beatrice supo que intentaba no reír.

Prudence mantuvo la sonrisa, aunque un poco más rígida.

—Siempre tan ingeniosa.

—No siempre. A veces duermo.

—Lord Ashford, esperaba poder hablar con usted un momento. Hay un asunto de mi madre sobre la próxima reunión benéfica.

Beatrice sintió algo desagradable moverse en el pecho.

No eran celos.

Ya habían establecido que no lo eran.

Era una objeción estética.

A la frase.

A Prudence.

A la próxima reunión benéfica.

A todo.

Nathaniel no respondió de inmediato.

Miró a Beatrice.

No como pidiendo permiso infantil.

No como si ella fuera dueña de sus movimientos.

Sino como si su comodidad importara.

—Señorita Montclair —dijo—, ¿le incomoda que hable con Lady Prudence?

La pregunta fue tan inesperada que Beatrice tardó un segundo en contestar.

Prudence también pareció sorprendida.

Beatrice sintió varias miradas cercanas concentrarse en ellos. No muchas. Las suficientes.

Allí estaba el peligro: si decía que sí, parecería celosa. Si decía que no, quizá tendría que verlo alejarse con Prudence y fingir que no le importaba. Si hacía una broma, escaparía.

Y estaba cansada de escapar incluso cuando nadie la perseguía.

—Sí —dijo.

Nathaniel se quedó quieto.

Prudence pestañeó.

Beatrice sintió que el corazón le golpeaba una vez, fuerte.

—Me incomoda —continuó—, no porque no pueda hablar con quien desee, sino porque Lady Prudence tiene una habilidad admirable para convertir conversaciones inocentes en agujas, y esta noche no tengo ánimo de bordado.

El silencio que siguió fue delicioso y aterrador.

Sebastián, desde algún lugar cercano, murmuró:

—Magnífico.

Lady Agatha debía de estar mirándola desde algún rincón con una mezcla de orgullo y necesidad de té.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—Entonces no hablaré con ella ahora.

Prudence se tensó.

—Lord Ashford, no pretendía incomodar a nadie.

Beatrice la miró.

—Qué afortunado accidente.

Nathaniel intervino con calma.

—Lady Prudence, puede enviar la información por escrito a mi madre. Estoy seguro de que ella la atenderá.

Prudence apretó apenas los labios.

—Por supuesto.

Hizo una reverencia y se retiró con dignidad suficiente para alimentar tres generaciones de orgullo herido.

Beatrice dejó salir el aire.

—Eso fue imprudente de mi parte.

—Fue honesto.

—Peor. La honestidad en público debería requerir licencia.

—Entonces habría que solicitar una.

—Usted haría el formulario.

—Probablemente.

Beatrice soltó una risa pequeña.

Nathaniel la miró con una seriedad que no parecía severa.

—Gracias por decirlo.

—No estoy segura de que deba agradecerme. Acabo de admitir celos en una sala llena de depredadores sociales.

—No dijo celos.

—No lo diga usted tampoco.

—No lo haré.

—Bien.

—Aunque si lo fueran…

—Lord Ashford.

—No terminaré la frase.

—Sabia decisión.

La orquesta anunció un vals.

Beatrice miró hacia la pista y luego a Nathaniel.

—¿Va a pedirme este baile?

—Sí.

—¿Estaba en el documento?

—No específicamente.

—Qué decepción.

—Pero estaba contemplado.

—Ah. Entonces sí estaba en el documento.

Nathaniel extendió la mano.

—Señorita Montclair, ¿me concede este vals?

Beatrice miró su mano.

Pensó en la primera noche, en el rumor, en el peso de una mano en su cintura, en el sombrero, en la apuesta, en el jardín botánico, en la palabra “necesario”, en el modo en que Nathaniel acababa de preguntarle si algo la incomodaba antes de decidir por sí mismo.

Y pensó también en la urna, porque negar su importancia histórica sería injusto.

—Sí —dijo—. Pero si tropiezo, culparé a Bellhaven.

—Por supuesto.

—Y si usted me sostiene de la cintura, lo hará con menos valor literario.

—Haré lo posible.

—No prometa demasiado. Ya vimos cómo termina eso.

Entraron a la pista.

El vals comenzó.

Esta vez Beatrice no perdió el paso.

O casi no.

Hubo un pequeño momento en que su pie dudó, quizá por memoria, quizá por orgullo, quizá porque sus pies tenían una independencia política preocupante. Nathaniel ajustó el ritmo al instante.

No la sostuvo de más.

No la corrigió.

Solo cambió con ella.

Beatrice lo notó.

—Está haciendo trampa —murmuró.

—¿En qué sentido?

—Baila como si escuchara.

Nathaniel bajó la mirada hacia ella.

—Eso intento.

Aquella respuesta no debía sentirse así.

No debía importarle tanto.

—Lord Ashford.

—Sí.

—Su documento de cortejo empieza a parecer menos ridículo.

—¿Eso es un cumplido?

—No se emocione. Dije menos ridículo, no admirable.

—Aceptar é lo que pueda obtener.

—Muy sensato.

Giraron.

La sala los observaba, naturalmente. Lady Harcourt probablemente ya había unido la urna, Prudence y el vals en una estructura metafórica espantosa. Sebastián posiblemente planeaba brindar por la decoración superviviente. Lady Agatha estaría contando pausas, miradas o respiraciones, porque su tía tenía talentos siniestros.

Pero Beatrice ya no se sintió arrastrada por el salón.

No del todo.

Porque esa vez, cuando Nathaniel la sostuvo, no fue por accidente.

Y cuando ella sonrió, no fue por defensa.

Al terminar el vals, Nathaniel la soltó con la precisión de siempre. Solo que ahora ella sabía que esa precisión no era frialdad.

Era cuidado.

Y eso era mucho más difícil de combatir.

Sebastián apareció antes de que pudieran decir nada.

—Una mejora notable.

Beatrice suspiró.

—¿Sobre qué?

—No hubo urna, no hubo cintura excesiva y Prudence se retiró con solo una herida moderada en el orgullo. Yo diría que el cortejo avanza con eficiencia.

Nathaniel lo miró.

—Sebastián.

—Estoy siendo positivo.

—Eso rara vez ayuda.

Beatrice miró a Sebastián.

—¿Ya le contó a Lady Harcourt lo de la urna?

Sebastián puso una mano en el pecho.

—Señorita Montclair, me ofende que piense tan poco de mí.

—Entonces no lo hizo.

—Lo hice con gran delicadeza.

—Voy a arrojarlo dentro de una urna.

—Eso sería simétrico.

Nathaniel tomó suavemente el codo de su hermano y lo giró hacia el otro lado.

—Camina.

—¿Es una orden fraternal o una estrategia de cortejo?

—Ambas.

Sebastián se alejó riéndose.

Beatrice miró a Nathaniel.

—Empiezo a creer que su hermano es la verdadera prueba social.

—Lo he pensado durante años.

—Debería incluirlo en el documento.

—Ya está.

Beatrice abrió los ojos.

—¿Hay una sección sobre Sebastián?

—Dos.

Beatrice se llevó una mano a la boca para contener la risa.

—Necesito ver ese documento.

Nathaniel la miró con una mezcla de resignación y alarma.

—Temía que dijera eso.

—Lord Ashford, acaba usted de revelar la existencia de un documento de cortejo con dos secciones sobre su hermano. No hay fuerza legal, moral ni decorativa que pueda impedirme verlo.

—Entonces se lo llevaré.

—¿Cuándo?

—En mi próxima visita.

—Muy bien.

—Pero no puede corregirlo todo.

Beatrice sonrió.

—Qué dulce que crea eso.

Nathaniel la miró.

Y en sus ojos apareció esa calidez contenida que Beatrice ya no podía fingir que no reconocía.

—No creo que quiera corregirlo todo —dijo él.

—¿No?

—Creo que tal vez quiera saber qué he pensado.

La frase la dejó sin respuesta.

Solo un segundo.

Pero Nathaniel lo vio.

Y, para su crédito, no abusó de la victoria.

—Señorita Montclair —dijo.

—Lord Ashford.

—Me alegra que haya venido esta noche.

Beatrice miró hacia la entrada, donde la urna seguía en pie, un poco torcida, probablemente marcada para siempre por su encuentro.

—A mí también —dijo.

Luego, antes de que aquello sonara demasiado sincero, añadió:

—Aunque Bellhaven debería asegurar mejor sus objetos decorativos.

Nathaniel sonrió.

—Lo sugeriré a la duquesa.

—No se atreverá.

—No.

—Cobarde.

—Prudente.

—Debería saber que ya no estamos aceptando esa palabra como virtud universal.

—Lo anotaré.

—En el documento, supongo.

—Naturalmente.

Beatrice negó con la cabeza, pero sonreía.

Aquella noche había vuelto al lugar donde todo comenzó con un accidente. Había casi peleado con una urna, admitido una incomodidad frente a Prudence, bailado sin ser arrastrada por el rumor y descubierto que Nathaniel Ashford tenía un plan escrito para cortejarla.

Era, objetivamente, una catástrofe.

Pero ya no se parecía a las anteriores.

Porque esta vez Beatrice no había llegado empujada por el escándalo.

Había llegado por voluntad propia.

Y si, en el proceso, una urna había perdido parte de su dignidad, bueno.

Alguien tenía que sacrificarse por el avance emocional.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play