Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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Un día que por fin parecía normal
La mañana avanzó lentamente sobre la mansión y, por primera vez en varios días, Kenji consiguió desayunar sin que apareciera ningún visitante importante, ningún mensajero real y, sobre todo, ningún problema capaz de convertir una comida tranquila en una reunión de emergencia.
Se encontraba sentado en el comedor leyendo tranquilamente el informe de sus próximas clases mientras untaba mermelada sobre una rebanada de pan. El pequeño gato blanco estaba sentado sobre una silla cercana, observándolo con una atención sospechosamente intensa.
Kenji levantó la mirada y lo encontró mirándolo fijamente. —¿Qué? ¿También quieres desayuno?
El gato maulló.
Kenji le acercó un pequeño plato y sonrió cuando el animal comenzó a comer. —Al menos tú no me vas a pedir que firme documentos. Desde la entrada del comedor se escuchó una tos discreta y el mayordomo apareció con varios papeles bajo el brazo. Kenji cerró los ojos durante unos segundos. —Retiro lo dicho.
El mayordomo colocó los documentos sobre la mesa con una expresión perfectamente seria. —No son documentos administrativos, señor. Son invitaciones.
Kenji tomó el primero y comenzó a leerlo. Después tomó el segundo, luego el tercero y finalmente dejó todos sobre la mesa con una expresión de absoluto desconcierto. —¿Por qué hay tantas?
El mayordomo respondió que, después de que se anunciara su visita al Palacio Real, numerosas familias nobles habían decidido organizar reuniones, cenas y pequeñas celebraciones en su honor.
Kenji se quedó mirando la montaña de invitaciones como si estuviera frente a un enemigo mucho más aterrador que cualquier monstruo. —¿Y tengo que asistir a todas?
—Por supuesto que no, señor.
—Qué alivio. El mayordomo esperó unos segundos antes de añadir que ya había rechazado treinta y siete en su nombre.
Kenji dejó caer la cabeza sobre la mesa. —Gracias. Acaba de salvarme la vida.
El problema fue que aquella tranquilidad no duró demasiado. Un joven sirviente entró apresuradamente en el comedor y se detuvo frente al mayordomo con una expresión de confusión. —Señor, tenemos un pequeño problema en el jardín.
Kenji levantó inmediatamente la cabeza. —¿Qué ocurrió? —Los jardineros encontraron una criatura dentro de la fuente principal.
El profesor dejó el pan sobre el plato y se levantó. —¿Una criatura? ¿Es peligrosa?
El joven negó rápidamente con la cabeza. —No parece. De hecho... está durmiendo.
Kenji se quedó unos segundos en silencio antes de mirar al mayordomo. —¿Y por qué tenemos una criatura durmiendo en la fuente? El anciano suspiró. —Probablemente porque nadie se atrevió a sacarla.
Cuando llegaron al jardín, Kenji descubrió que la criatura no era precisamente pequeña. Dentro de la fuente se encontraba un enorme animal de pelaje azul, con dos cuernos plateados y una cola tan larga que rodeaba casi toda la estructura de piedra. Dormía profundamente mientras flotaba sobre el agua.
Los jardineros permanecían a varios metros de distancia observándolo con preocupación.
Kenji se acercó lentamente y examinó al animal. —Parece cansado. ¿Está herido?
Uno de los jardineros negó con la cabeza. —No, señor. Llegó durante la madrugada, bebió agua y simplemente se quedó dormido.
Kenji observó a la criatura unos segundos y luego sonrió. —Entonces déjenla descansar. Cuando despierte veremos qué hacer con ella.
El jardinero abrió mucho los ojos. —¿No piensa expulsarla? —¿Por qué? No está haciendo daño a nadie.
Aquella respuesta provocó una pequeña revolución entre los empleados de la mansión. Los jardineros comenzaron a preparar un espacio cómodo cerca del jardín, los cocineros preguntaron qué tipo de alimento necesitaba la criatura y el encargado de los establos apareció con una libreta dispuesto a registrar oficialmente al nuevo huésped.
Kenji los observó trabajar y comenzó a reírse. —¡Esperen! ¡No sabemos siquiera si se va a quedar!
El mayordomo respondió con absoluta serenidad. —Es mejor estar preparados, señor.
Kenji se llevó una mano al rostro. —Esta casa necesita aprender a esperar antes de construirle una habitación a cada cosa que aparece en el jardín.
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Mientras tanto, en la Academia Grandel, los estudiantes comenzaban a prepararse para la evaluación general.
Dani se encontraba con varios compañeros en una de las salas de entrenamiento, revisando las armas que utilizarían durante las pruebas.
Esta vez Kenji no estaba con ellos y, por primera vez, los alumnos tuvieron que organizarse completamente solos. Uno de ellos observó a Dani mientras intentaba ajustar una correa. —¿Crees que el profesor estará mirando? Dani negó con la cabeza.
—Probablemente estará ocupado con sus propios asuntos. —Entonces tendremos que hacerlo bien aunque no esté aquí.
Dani sonrió. —Exactamente. No podemos depender de él para todo. La conversación continuó entre los estudiantes mientras discutían estrategias, cometían errores y se corregían unos a otros.
Poco a poco, aquella clase que al principio parecía imposible de controlar comenzaba a funcionar como un verdadero grupo.
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En otra parte de la academia, el profesor Magnus observaba a sus alumnos entrenar con una expresión satisfecha. Su método era completamente diferente al de Kenji.
Exigía disciplina, velocidad y precisión, y no permitía que nadie abandonara un ejercicio hasta dominarlo correctamente.
Uno de sus estudiantes cayó al suelo después de intentar un movimiento demasiado complicado. Magnus se acercó, le ofreció una mano y lo ayudó a levantarse. —Otra vez.
El muchacho respiró profundamente. —Sí, profesor.
Magnus sonrió. —Esta vez piensa antes de atacar.
El estudiante asintió y volvió a colocarse en posición. Ninguno de los dos imaginaba que, al día siguiente, ambas clases terminarían enfrentándose durante una de las pruebas más difíciles de la evaluación.
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En la mansión, Kenji regresó al comedor y encontró al mayordomo esperándolo con una nueva noticia. —Señor, acaba de llegar un mensaje de la academia. La evaluación comenzará mañana a primera hora.
Kenji asintió mientras terminaba su desayuno. —Perfecto. Entonces hoy puedo preparar las cosas con calma.
El mayordomo guardó silencio unos segundos antes de añadir que el director también había solicitado su presencia durante una parte especial de la evaluación. Kenji suspiró.
—¿Una parte especial? ¿Qué significa eso? —No lo especificó. Kenji tomó nuevamente su maletín y miró al pequeño gato, que había decidido seguirlo hasta el comedor. —Tengo la sensación de que esa frase nunca significa algo bueno.
Sin embargo, mientras Kenji se preparaba para regresar a la academia al día siguiente, muy lejos de allí, alguien observaba un mapa de la región sobre una mesa oscura.
Varias marcas rojas señalaban la Academia Grandel, el Palacio Real y, finalmente, la mansión de Kenji.
Una mano pasó lentamente sobre los puntos marcados mientras una voz desconocida hablaba en la oscuridad. —Así que el profesor finalmente aparecerá en público durante la evaluación.
Otro individuo permaneció detrás de él, oculto entre las sombras. —¿Debemos intervenir? La primera voz soltó una pequeña risa. —Todavía no. Primero quiero saber qué clase de hombre es realmente. Dejen que todos lo observen durante la evaluación. Nosotros también estaremos mirando.
En la mansión, Kenji cerró su maletín y se levantó completamente ajeno a aquella conversación. Para él, el día siguiente solo significaba volver a la academia, revisar el progreso de sus alumnos y regresar a casa antes de que anocheciera.
No tenía idea de que, mientras él pensaba en una simple jornada de trabajo, varias personas ya habían comenzado a mover sus piezas alrededor de la Academia Grandel.
Continuará...