Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 18: La sombra que obligaba a decir la verdad
El domingo amaneció soleado, pero para Min‑jun el mundo seguía gris desde el día anterior. No salió de su habitación hasta casi mediodía, se quedó sentado en el borde de la cama mirando el brazalete de jade y repasando una y otra vez la misma idea: **él sabe quién es él. Y él sospecha quién soy yo. Y ninguno de los dos se atreve a decir nada por miedo a lo que pase después.**
Sabía que el Tejedor de Han lo había planeado así. No quería matarlos ya. Quería que se rompieran solos, con sus propias mentiras, con sus propios miedos, hasta que no pudieran más y se quitaran los antifaces el uno al otro en el peor momento posible. Y Min‑jun notaba que cada hora que pasaba, ese momento estaba más cerca.
Justo cuando se disponía a bajar a comer con su abuela, el brazalete vibró con fuerza: alerta roja, nivel máximo, en el mercado de Namdaemun, el mismo lugar donde todo había empezado casi un año atrás. No tuvo que pensarlo dos veces. Salió por la ventana de atrás, corrió hasta el callejón de siempre y se transformó en Jade Blanco en menos de un segundo.
Llegó volando por los tejados en cuatro minutos. El mercado estaba lleno de gente, familias comprando, niños corriendo, y en medio de todo, una nube oscura y delgada, como hilos de humo negro, se movía entre los puestos sin que nadie la viera. Ámbar Negro ya estaba allí, agachado detrás de un puesto de telas, observándola con los puños cerrados.
—Ha aparecido hace diez minutos —le susurró Jade en cuanto llegó a su lado, sin quitarle el ojo de encima a la sombra—. No ataca. No golpea. Solo se acerca a la gente, les susurra cosas al oído… y de repente empiezan a gritar verdades que no querían decir nunca. He visto a una madre decirle a su hija que la culpa de su divorcio era ella. A un amigo decirle a otro que siempre le había tenido envidia. Esta cosa… **obliga a decir la verdad**. No puedes mentir cuando te toca.
Min‑jun sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo. Esa era la peor trampa que les podía haber preparado el Tejedor. Si esa sombra les tocaba a ellos dos… no habría forma de ocultar nada. Dirían sus nombres. Dirían quiénes eran. Dirían todo lo que llevaban meses callando. Y entonces todo se acabaría.
—Tenemos que rodearla —dijo Jade lo más bajo que pudo, concentrándose—. No podemos dejar que nos toque ni un segundo. Si se acerca, cortamos el aire alrededor suyo, hacemos el vacío, no le dejamos transmitir el sonido. Sin sonido, no puede hacer nada. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Ámbar, y por un segundo su voz tembló lo justo para que Jade lo notara. También él lo había pensado. También él tenía miedo de lo que saldría de su boca si le tocaban.
Se movieron al unísono, uno por cada lado del pasillo principal, acercándose despacio a la sombra. Todo iba bien hasta que un niño se soltó de la mano de su madre y corrió directo hacia la nube oscura. Ámbar salió de su escondite de un salto para cogerlo antes de que fuera demasiado tarde… y en ese mismo instante la sombra se giró veloz como una serpiente y le rozó la muñeca izquierda, justo donde estaba la cicatriz.
Ámbar se quedó rígido en el sitio, con los ojos muy abiertos bajo el casco. La boca se le abrió sola, sin que él pudiera controlarla, y las palabras salieron solas, altas y claras, sin poder pararlas:
—**Creo que tú eres Min‑jun. Creo que lo he sabido desde ayer, cuando vi tu herida en el hombro.**
Un silencio enorme cayó sobre los dos. Min‑jun se quedó petrificado en el sitio, sin poder respirar, sin poder moverse. Lo había dicho. Lo había dicho en voz alta. Aunque la gente no entendía de qué hablaban, aunque no sabían quiénes eran… él lo había dicho. Y era verdad. Todo verdad.
La sombra, triunfante, se giró entonces hacia Jade y se lanzó a toda velocidad hacia él, dispuesta a tocarlo también, a arrancarle la respuesta que todos esperaban. Min‑jun no tuvo tiempo de pensar. Reaccionó por instinto, levantó ambas manos y lanzó todo el poder de Jade que tenía dentro, creando una burbuja de luz pura alrededor de los tres que cortaba todo sonido, todo aire, todo contacto. Dentro de esa burbuja no se oía nada. Nada se podía decir. Nada se podía escuchar.
La sombra chilló, pero no se oía su voz. Se retorció, se agitó, y al no poder usar su mayor arma —la verdad obligada— se debilitó poco a poco hasta deshacerse en una nube de luz blanca que se desvaneció en el aire. Min‑jun deshizo la burbuja cuando estuvo seguro de que ya no quedaba nada. El ruido del mercado volvió de golpe, como si nunca se hubiera ido. La gente seguía comprando, los niños seguían riendo. Nadie se había enterado de nada.
Nadie, excepto ellos dos.
Se quedaron de pie uno frente al otro en medio del pasillo, sin hablar, sin moverse, sin saber qué decir después de lo que había salido de la boca de Ámbar. El casco le cubría toda la cara, pero Jade notaba perfectamente que lo estaba mirando fijamente, esperando una respuesta. Esperando que él también dijera la verdad. Esperando que confirmara que sí, que era Min‑jun, que lo sabía todo, que llevaba meses mintiéndole sin saber que era él.
Min‑jun abrió la boca para hablar. Iba a decirlo. Iba a quitarse el antifaz de una vez y acabar con todo. Pero justo en ese momento, oyó en su cabeza la risa del Tejedor de Han, susurrándole desde las sombras: *Dilo. Dile la verdad. Ahora. Y entonces podré destruiros a los dos al mismo tiempo.*
Se cerró la boca de golpe. Apretó los puños con todas sus fuerzas. Todavía no. No podía. No aquí. No ahora, con el villano escuchando cada palabra, esperando su error.
—No —logró decir con la voz más neutra y firme que pudo, aunque por dentro se estaba rompiendo en mil pedazos—. No soy quien crees. Te has equivocado.
Ámbar se quedó quieto un largo rato. Luego asintió muy despacio, como si se esperara esa respuesta, como si también él hubiera oído la misma voz en su cabeza que le decía que no era el momento.
—Vale —dijo simplemente—. Si lo dices.
No volvió a mencionar el tema. Se despidieron como siempre, cada uno por un lado, sin palmadas en la espalda, sin frases de ánimo. Solo un silencio pesado, lleno de cosas sin decir, que los acompañó todo el camino de vuelta a casa.
Min‑jun llegó a su casa cuando ya empezaba a caer la tarde. Se encerró en su habitación y no salió más en todo el día. No podía dejar de oír una y otra vez las palabras de Ámbar: *Creo que tú eres Min‑jun.* Lo sabía. Él también lo sabía. Y ambos habían decidido callarlo por el mismo motivo: para protegerse el uno al otro.
El lunes por la mañana, entrar en el instituto fue lo más difícil que había hecho en meses. Todos lo miraban. Todos murmuraban a su espalda. Tae‑ho se cruzó de brazos cuando lo pasó. Ji‑eun bajó la mirada sin saludarlo. Era como si fuera invisible para todos, menos para juzgarlo.
Pero entonces lo vio.
Seo‑jun estaba apoyado en la pared cerca de su taquilla, hablando con dos chicas del equipo de animación. En cuanto vio entrar a Min‑jun, se despidió de ellas sin terminar la frase, se quedó quieto y lo miró. No con odio. No con indiferencia. Con algo mucho más complicado: duda. Curiosidad. Y, muy al fondo, una pequeña esperanza que Min‑jun creía haber matado ya para siempre.
No se acercó en ese momento. No dijo nada delante de los demás. Esperó. Esperó hasta que todo el mundo se fue al aula, hasta que el pasillo quedó vacío, hasta que estuvieron los dos solos. Entonces se acercó despacio, con las manos en los bolsillos, la cicatriz de la muñeca visible bajo la manga corta de la camisa.
Min‑jun se quedó rígido, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. Esperaba un reproche. Esperaba que le volviera a hablar de la ruptura, de la pulsera, del partido. Pero no.
Seo‑jun sacó de su mochila la botella de bebida isotónica que Min‑jun le había dejado en el banco del parque dos días atrás, la que él había recogido sin que nadie lo viera. Se la alargó despacio, sin mirarlo directamente a los ojos.
—Estaba fría todavía cuando la encontré —dijo con la voz baja, solo para él—. Gracias. Sabes exactamente cuál me gusta. Nadie más se acuerda.
Min‑jun alargó la mano para cogerla, sin pensar. Sus dedos rozaron los de Seo‑jun por accidente.
Y en ese preciso instante, los dos sintieron lo mismo: una corriente cálida y fuerte, exactamente igual a la que sentían cuando juntaban las manos para lanzar el golpe combinado con los trajes puestos. La energía del Jade y del Ámbar resonando juntas, reconociéndose, aunque no llevaran los antifaces, aunque mintieran, aunque todo el resto del mundo creyera que se odiaban.
Los dos retiraron la mano de golpe al mismo tiempo, como si se hubieran quemado. Se miraron a los ojos, solo un segundo, y ambos lo supieron. **Ambos lo habían sentido. Ambos sabían. Y ambos seguirían callando.**
Seo‑jun se giró y se fue hacia el aula sin decir nada más. Min‑jun se quedó solo en el pasillo, con la botella en la mano, el corazón latiéndole a mil por hora, entendiendo por fin que ya no había vuelta atrás. El secreto seguía en pie… pero el hilo que lo sostenía era cada vez más fino. Y el Tejedor de Han estaba ahí, afuera, soplando para que se rompiera de una vez.
Llegó a casa al terminar las clases, subió despacio a su habitación, cerró la puerta con llave y sacó el cuaderno de debajo del colchón con la mano todavía temblorosa por el roce de antes.
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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Lunes por la noche
No sé ni por dónde empezar a escribir hoy. Creo que este ha sido el día más largo y más raro de toda mi vida.
El domingo tuvimos una misión terrible en el mercado, el mismo donde todo empezó. Había una sombra nueva, la peor que hemos visto nunca: no te golpea, no te hace daño físico… pero si te toca, no puedes mentir. Tienes que decir la verdad, lo quieras o no, salga lo que salga.
Y pasó. Le tocó a Ámbar. Y sin poder evitarlo, dijo en voz alta lo que yo llevaba días temiendo: que creía que yo era Min‑jun. Que lo había sabido desde que vio mi herida en el hombro, igual en el mismo sitio que la que recibió Jade en la batalla del instituto.
Me he quedado helado. No sabía qué hacer. Luego la sombra ha venido a por mí, para obligarme a responder también, y he tenido que hacer una burbuja de luz sin sonido para acabar con ella. Porque si me hubiera tocado… habría dicho que sí. Habría dicho que sí, que soy yo, que yo también sé quién es él, que llevo meses luchando a su lado cada noche sin saber que era la misma persona a la que estaba rompiendo el corazón de día.
Después no he sido capaz de decírselo. He tenido que mentirle otra vez. Le he dicho que se equivocaba. Y él me ha dicho “vale”, como si también él supiera que no podíamos hablar de eso delante de nadie, como si también él hubiera oído al Tejedor en su cabeza diciendo que esperara el momento para destruirnos.
Hoy en el instituto todo el mundo me sigue mirando mal. Todos creen que soy el malo de la historia. Todos menos él. Se ha acercado a mí a solas, cuando no había nadie más, y me ha devuelto la botella que le dejé en el parque. Me ha dado las gracias. Me ha dicho que nadie más recuerda cuál es su bebida favorita.
Y luego… luego se nos han rozado las manos. Y hemos sentido lo mismo. Esa corriente fuerte, cálida, la que tenemos cuando juntamos las manos con los trajes para lanzar el golpe juntos. La energía de los dos Sellos reconociéndose, aunque estemos en nuestra vida normal, sin antifaces, sin poder decir nada.
Nos hemos quitado la mano los dos a la vez, como si nos hubiéramos quemado. Y nos hemos mirado. Y en ese segundo… yo he sabido que él ya no solo sospecha. Él lo sabe. Lo sabe igual que yo. Y aun así, ninguno de los dos se atreve a decirlo en voz alta. Porque sabemos que en el momento en que lo hagamos, el Tejedor atacará con todo. Y entonces podremos perderlo todo.
Estoy atrapado, cuaderno. Atrapado entre dos vidas que ya no puedo separar, entre dos amores que son la misma persona, entre el deber de salvar el mundo y el deseo de ser solo yo, solo Min‑jun, y decirle todo lo que llevo dentro sin miedo a nada.
Cada día que pasa el hilo es más fino. Sé que muy pronto se romperá. Sé que la próxima vez no podremos volver a mirarnos y seguir callando. Sé que el Tejedor no va a dejar que nos escondamos mucho más.
Tengo miedo de lo que pase cuando por fin nos quitemos las máscaras delante del otro. Tengo miedo de que todo lo que he hecho, todas las mentiras, todas las promesas rotas, hayan sido demasiado. Tengo miedo de que ya no quede nada que salvar.
Pero también… también tengo un poquito de esperanza. Porque aunque no lo digamos, aunque lo neguemos, aunque finjamos que no pasa nada… nuestros Sellos se han reconocido hoy. Y eso significa que, pase lo que pase, estaremos juntos hasta el final. De una forma u otra.
Mañana será otro día. Y tengo la sensación de que va a ser el día que lo cambie todo.
Buenas noches.
Min‑jun.
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Cerró el cuaderno con cuidado, lo escondió bien bajo el colchón y se quedó mirando la botella que tenía encima de la mesa. El brazalete de jade brillaba suave en su muñeca, en perfecta sincronía con el Ámbar que llevaba la persona que más quería en el mundo, a solo dos calles de distancia.
Fuera, la noche estaba en calma. Pero muy lejos, en su escondite oscuro, el Tejedor de Han sonrió. Ya tenía todo listo. Mañana mismo, en el mismo lugar donde todo había empezado, obligaría a los dos guardianes a quitarse los antifaces para siempre.
Y entonces, por fin, verían si su amor era más fuerte que todo el mal del mundo… o si terminaban destruidos, igual que le había pasado a él veinte años atrás.
FIN DEL CAPÍTULO 18