¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 2
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Vine a cerrar dos tratos. Nada más. Cómo me es habitual, analicé el ambiente, el salón tenía cuatro salidas visibles y probablemente dos de servicio en la parte posterior. Ciento cuarenta y tantas personas, la mayoría sin ningún interés para mí salvó tres rostros que sí me importaban y que localicé en menos de cuatro minutos desde la entrada. El antifaz era un estorbo menor, pero también era cobertura, y la cobertura siempre gana.
Me moví. Saludé. Hablé lo necesario. El primer trato estaba prácticamente cerrado antes de que terminaran de servirme la copa, porque cuando llegas preparado las conversaciones no son conversaciones sino confirmaciones. El segundo requería más tiempo. Lo dejé para después.
Así funcionaba esto. Así funcionaba todo.
Entonces entró ella.
No fue gradual. No fue una mirada que recorrió el salón por descarte hasta encontrarla. Fue inmediato: Una mancha roja cruzando el umbral principal y el resto del salón reduciéndose a ruido de fondo. Mi atención se fue hacia ella antes de que yo tomara la decisión de dársela, y ese detalle específico fue lo primero que me molestó. Yo decido a dónde va mi atención. Siempre.
La observé. No porque quisiera hacerlo sino porque ya lo estaba haciendo sin siquiera darme cuenta y detenerme hubiera requerido un esfuerzo que no tenía sentido gastar. Se movía como alguien que no quería estar ahí, lo cual en una sala llena de personas compitiendo por parecer imprescindibles la convertía en la única variable que no seguía el patrón esperado. Eso me interesó de la misma manera en que me interesa cualquier cosa que no encaja: como un problema potencial.
Entonces la reconocí antes de entender de dónde.
Había sido tres meses y medio atrás. Una tarde sin nada de particular.
Estaba estacionado a media cuadra de la salida lateral de una universidad, con el motor apagado y la vista fija en la puerta. Estaba ahí por trabajo: Necesitaba confirmar algo. Nada más que eso. El resto del mundo que entraba y salía por esa puerta no existía para mí.
Entonces salió ella.
Sola. Con unos audífonos grandes que le cubrían las orejas, el cabello rizado moviéndose con cada paso, y algo en el cuerpo que delataba que la música que estaba oyendo no era de fondo sino el centro de su universo en ese momento. No caminaba exactamente, o sí caminaba, pero había algo en el ritmo, un pequeño movimiento en los hombros, un paso ligeramente más largo que el otro, que hacía evidente que por dentro estaba en otro lugar completamente.
Mis ojos se detuvieron en ella.
No fue una decisión. Fue el mismo mecanismo que me hace notar cuando algo en un cuarto no está donde debería estar: automático, involuntario, molesto, cuando el algo en cuestión no representa ninguna amenaza real y por lo tanto no tiene ninguna justificación para haber activado el mecanismo.
Era alta. El cabello imposible de ignorar. Una boca que tarareaba algo en silencio, apenas perceptible desde donde yo estaba. No era el tipo de mujer que suelo notar, lo cual era precisamente el problema, porque la estaba notando de todas formas y no tenía una explicación satisfactoria para eso