Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Las sombras que se niegan a morir
La lluvia había cesado cuando Fabián y Débora regresaron a la mansión.
Sin embargo, la calma que envolvía la propiedad era engañosa.
Demasiadas cosas habían ocurrido en tan poco tiempo.
Demasiadas heridas seguían abiertas.
Y aunque el principal responsable de la conspiración había sido capturado y Luis estaba bajo custodia policial, Fabián sabía algo que la mayoría ignoraba.
Las verdaderas amenazas rara vez desaparecían de un día para otro.
A veces simplemente se escondían.
Esperando el momento adecuado para volver a atacar.
El automóvil atravesó lentamente los portones de hierro.
Débora observó por la ventana los extensos jardines iluminados por las luces nocturnas.
Aquella mansión que al principio había parecido una prisión ahora se sentía extrañamente diferente.
Más cálida.
Más cercana.
Más suya.
Y todo era por él.
Por Fabián.
Sentado a su lado.
En silencio.
Pero sin la distancia que siempre había existido entre ambos.
Por primera vez desde que se conocían, el silencio no era incómodo.
Era tranquilo.
Era cómplice.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la entrada principal, Matilde salió apresuradamente.
La mujer parecía al borde del llanto.
—¡Gracias a Dios!
Débora apenas tuvo tiempo de bajar cuando la mujer la abrazó.
—Pensé que algo terrible había pasado.
—Estoy bien —dijo Débora sonriendo.
—Y usted, señor...
Matilde observó a Fabián.
—Está entero.
—No exageres.
—Llevo diez años trabajando para usted. Sé cuándo estuvo cerca del peligro.
Fabián negó con la cabeza.
Pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Débora notó aquel gesto.
Y algo dentro de ella se enterneció.
Porque detrás del hombre frío que todos veían existía alguien completamente distinto.
Alguien que muy pocos tenían el privilegio de conocer.
Más tarde, cuando la mansión quedó en silencio y la mayoría de los empleados se retiraron a descansar, Fabián permaneció en su despacho.
Había prometido a Débora que subiría pronto.
Pero seguía allí.
Pensando.
Analizando.
Observando documentos.
Un golpe suave en la puerta llamó su atención.
—Pasa.
Débora apareció.
Llevaba una bata sencilla y el cabello todavía húmedo después de ducharse.
Por un instante, Fabián olvidó lo que estaba haciendo.
—Pensé que vendrías a descansar.
—Pensé lo mismo de ti.
Él cerró la carpeta que tenía delante.
—Todavía hay cosas que resolver.
Débora avanzó lentamente.
—¿Más problemas?
La expresión de Fabián se volvió seria.
—Quizás.
Aquella respuesta hizo desaparecer la tranquilidad que había sentido minutos antes.
—¿Qué significa "quizás"?
Fabián dudó.
No quería preocuparla.
Pero tampoco quería mentirle.
Ya no.
—Significa que algunas cosas no encajan.
—¿Sobre el ataque?
—Sí.
Débora sintió una punzada de inquietud.
—Pensé que todo había terminado.
—Yo también quería creerlo.
Ella tomó asiento frente a él.
—Explícame.
Fabián abrió nuevamente la carpeta.
Dentro había varias fotografías.
Nombres.
Transacciones bancarias.
Registros telefónicos.
—El hombre que dirigía la operación no parece ser quien organizó todo.
Débora frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque alguien estuvo financiándolo.
El silencio cayó entre ambos.
—¿Y encontraron a esa persona?
—Todavía no.
Débora sintió que el miedo regresaba lentamente.
Era una sensación desagradable.
Como una sombra que avanzaba despacio.
—Entonces aún hay alguien libre.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que resultó imposible ignorarla.
Fabián cerró la carpeta.
—Pero no voy a permitir que vuelva a acercarse a ti.
Aquellas palabras hicieron que Débora sonriera con ternura.
—Sigues creyendo que puedes protegerme de todo.
—Porque es mi trabajo.
—No.
Ella negó suavemente.
—No es tu trabajo.
Fabián la observó.
—Es lo que haces porque te importa.
Por un momento, ninguno habló.
Finalmente él suspiró.
—Quizás.
Débora sonrió.
—Eso significa sí.
Por primera vez en mucho tiempo, Fabián soltó una pequeña risa.
Y el sonido fue tan raro que ambos terminaron sonriendo.
Sin embargo, aquel momento fue interrumpido por el sonido del teléfono.
Fabián contestó inmediatamente.
Su expresión cambió casi al instante.
—¿Estás seguro?
Silencio.
—¿Dónde?
Otro silencio.
Débora sintió que algo iba mal.
Muy mal.
Cuando la llamada terminó, Fabián permaneció inmóvil durante varios segundos.
—¿Qué pasó?
Él levantó la vista lentamente.
—Luis desapareció.
El corazón de Débora se detuvo.
—¿Qué?
—Lo trasladaban a una instalación más segura.
—No...
—El vehículo fue interceptado.
El aire abandonó los pulmones de Débora.
—¿Está muerto?
Fabián negó.
—No encontraron el cuerpo.
Aquello no fue un alivio.
Fue peor.
Mucho peor.
Porque significaba una sola cosa.
Alguien lo había sacado de allí.
Y si alguien había arriesgado tanto para liberar a Luis...
era porque todavía lo necesitaban.
O porque sabían algo que él sabía.
Débora se dejó caer lentamente sobre la silla.
Todo volvía a comenzar.
Todo.
Fabián rodeó el escritorio y se acercó a ella.
—Voy a encontrarlo.
Ella levantó la mirada.
—¿Y si ellos lo encuentran primero?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Porque los dos conocían la respuesta.
Si Luis caía nuevamente en manos equivocadas...
no sobreviviría.
Y quizás tampoco ellos.
Aquella noche, ninguno de los dos durmió.
Débora permaneció junto a la ventana de su habitación observando la oscuridad.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, un automóvil negro avanzaba por una carretera solitaria.
En el asiento trasero viajaba Luis.
Golpeado.
Aturdido.
Confundido.
Frente a él había una mujer.
Una mujer elegante.
Hermosa.
Peligrosa.
Luis la observó sin reconocerla.
—¿Quién es usted?
Ella sonrió lentamente.
Una sonrisa fría.
Calculadora.
—Alguien que conoce muy bien a Fabián de Castro.
Luis sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere de mí?
La mujer cruzó las piernas.
—Lo mismo que siempre quise.
Pausa.
—Destruirlo.
El vehículo continuó avanzando en medio de la noche.
Y por primera vez...
la verdadera enemiga movía sus piezas.
Porque la guerra que todos creían terminada...
apenas estaba comenzando.