Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 6
Las personas más fuertes no son las que nunca caen.
Son las que se levantan tantas veces que el suelo deja de asustarlas."
Abrí los ojos sobresaltada.
Miré el reloj.
4:02 a.m.
—No puede ser...
Me senté en la cama y me pasé una mano por la cara.
Había dormido apenas unas horas.
La culpa era del diario.
Toda la noche estuve pensando en Lucía, en Mateo y en aquella extraña familia que parecía tener una vida perfecta en internet y una completamente diferente dentro de aquellas páginas.
Suspiré.
No tenía tiempo para seguir pensando.
Los días de estudio siempre eran distintos.
Tenía que conectarme temprano a las clases, terminar tareas, revisar proyectos, arreglarme para trabajar y después asistir a la universidad.
A veces me preguntaba cómo seguía viva.
Pero de alguna manera siempre encontraba fuerzas.
Me preparé un café.
Luego otro.
Y finalmente un tercero.
Las ojeras debajo de mis ojos parecían cada vez más oscuras.
A las cinco ya estaba conectada.
A las seis revisaba cálculos.
A las siete corregía planos.
Y a las ocho comenzaba oficialmente la junta académica.
Lo único bueno de todo aquello era que realmente amaba mi carrera.
Arquitectura me fascinaba.
Los cálculos.
Los diseños.
Las maquetas.
Las estructuras.
Era de las pocas cosas que me hacían olvidar todo lo demás.
Y además era buena.
Muy buena.
Siempre había tenido excelentes calificaciones.
Mientras la reunión avanzaba, escuché que mencionaban mi nombre.
—Israel Martínez.
Levanté la vista inmediatamente.
—¿Sí?
La coordinadora sonrió.
—Tenemos noticias importantes para ti.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Ocurrió algo?
—Al contrario.
Observé cómo algunos profesores sonreían.
—Has sido seleccionada para realizar tus prácticas profesionales con uno de los arquitectos más reconocidos de España.
Por un momento pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Él mismo revisó los expedientes académicos.
Tus proyectos llamaron su atención.
Tus calificaciones también.
Y pidió trabajar contigo.
Me quedé congelada.
No podía creerlo.
Yo.
Israel Martínez.
La chica que acomodaba pañales en un supermercado.
La chica que apenas podía pagar el alquiler.
La chica que había estudiado noches enteras mientras otros dormían.
Había sido elegida entre decenas de estudiantes.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Pero esta vez no eran lágrimas de tristeza.
Eran de orgullo.
—Gracias...
Fue lo único que pude decir.
Cuando terminó la reunión me quedé sola frente a la pantalla.
Mirando mi reflejo.
Sonriendo.
Por primera vez en mucho tiempo me sentí orgullosa de mí misma.
Había llegado más lejos de lo que imaginaba.
Y todavía no había terminado.
Miré el calendario.
11 de junio.
Solo faltaban unos meses.
Septiembre.
Graduación.
Prácticas.
Título.
Trabajo.
Una nueva vida.
Tal vez por primera vez el futuro no me daba miedo.
Me daba esperanza.
Por desgracia, la esperanza no evitó que llegara tarde otra vez.
Cuando entré al supermercado vi a Cristal esperándome.
Como siempre.
Con los brazos cruzados.
Como siempre.
Y juzgándome.
Como siempre.
—Otra vez tarde, Israel.
La miré.
—Buenos días para ti también.
Cristal arqueó una ceja.
Después observó mis ojeras.
—Pareces un mapache.
No pude evitar reír.
—Gracias, supervisora.
—Eres un desastre.
—También gracias por eso.
Por primera vez ella soltó una pequeña risa.
Muy pequeña.
Casi invisible.
Pero ahí estaba.
—Ve a trabajar.
—A la orden.
Las horas pasaron rápido.
Y antes de darme cuenta ya eran las dos de la tarde.
Corrí al baño de empleados.
Me quité el uniforme.
Me puse un top negro ajustado y unos pantalones amplios de cintura alta.
Mis Vans blancos.
Un poco de crema.
Perfume.
Y lo poco que sabía de maquillaje.
Nunca había sido buena para eso.
Después acomodé mis ondas frente al espejo.
No estaba perfecta.
Pero tampoco mal.
—Bueno, Israel. Sobreviviste otra vez.
Tomé mi bolsa y salí.
En la puerta estaba Omar, el guardia.
—Mira quién es.
—¿Quién?
—La chica que siempre llega tarde.
Solté una carcajada.
—Qué fama me cargan.
—Pero sales muy diferente a como entras.
—¿Eso es bueno o malo?
—Definitivamente bueno, hermosa.
Negué con la cabeza riéndome.
—Nos vemos mañana, Omar.
—Si llegas tarde ya no te dejo entrar.
—Mentiroso.
Y seguí caminando.
Una hora después llegué a la universidad.
El enorme campus se alzaba frente a mí.
Siempre me impresionaba verlo.
Respiré profundamente.
Y avancé.
Pero apenas di unos pasos cuando alguien chocó conmigo.
Todo ocurrió tan rápido que perdí el equilibrio.
—¡Ah!
Terminé sentada en el suelo.
—Lo siento.
La voz era masculina.
Levanté la vista.
Un joven alto me observaba.
Traje negro.
Reloj elegante.
Cabello castaño oscuro.
Y unos ojos color miel llenos de vida.
Tenía una sonrisa divertida.
—Sorry, girl. I don't speak Spanish.
Parpadeé.
Y luego respondí automáticamente en inglés.
—It's okay. Don't worry. Just help me get up.
Su sonrisa se amplió.
—Well, that's convenient.
Me ofreció la mano.
Cuando la tomé sentí la fuerza de su agarre.
Con una sola mano me ayudó a levantarme.
—Gracias.
—De nada.
Miró su reloj.
—Supongo que vienes a esta universidad.
—Sí.
—La mejor universidad de Monterrey.
—Eso dicen.
Se rió.
Una carcajada genuina.
De esas que contagian.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Lo observó.
—Genial. Otra llamada.
Contestó mientras caminaba unos pasos.
Después volvió a girarse hacia mí.
—Por cierto.
Me señaló con una sonrisa.
—Mucho gusto.
Soy Truey.
Asentí.
Pero antes de que pudiera responder, ya estaba alejándose mientras seguía hablando por teléfono.
Me quedé observándolo unos segundos.
Y después me di cuenta de algo.
Nunca le había dicho mi nombre.
Y él tampoco me lo había preguntado.
Así que simplemente sonreí.
Y seguí caminando hacia las escaleras mecánicas.