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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23

El Club

La primera invitación de Monterrey llegó antes del desayuno.

No fue por WhatsApp ni por llamada. Llegó en un sobre crema, con el escudo de la Familia Olvera grabado en seco y una tarjeta escrita a mano con tinta azul.

Consuelo la puso junto al plato de fruta de Valentina con la misma seriedad con la que la noche anterior le había dicho "señora".

—La manda doña Gloria Sepúlveda de Olvera.

Héctor dejó la taza de café en la mesa.

—Rápida.

Valentina pasó los dedos por el borde del sobre.

—¿Es peligroso?

—Todo en Monterrey es peligroso —respondió él—. Pero Gloria sabe sonreír mientras apunta.

Consuelo chasqueó la lengua.

—No asuste a la señora antes de comer, señor.

Valentina todavía no se acostumbraba a esa palabra. Señora. Le tocaba la piel como una prenda nueva, elegante y pesada, hecha para alguien que caminaba más derecho de lo que ella se sentía por dentro.

Abrió la tarjeta.

Gloria la invitaba a un almuerzo privado en el country club a la una. No decía "presentación", no decía "prueba", no decía "ven para que todas midan cuánto vales".

No hacía falta.

—No tienes que ir —dijo Héctor.

Valentina levantó la mirada.

—¿Eso es permiso o advertencia?

—Las dos.

—Qué considerado.

—Puedo ser más considerado y cancelar el club entero.

—Ni se te ocurra.

Él no sonrió, pero algo le cambió en los ojos.

—Entonces vas.

—Voy.

—Con Cascabel.

—Con Cascabel.

—Y con el collar.

Valentina bajó la vista al plato.

El Beso del Salvador estaba guardado desde la subasta en una caja de seguridad portátil que Rodrigo movía como si llevara un órgano vivo. Usarlo en Monterrey era entrar con una bandera encendida.

—¿Seguro?

Héctor apoyó los antebrazos en la mesa.

—Si van a odiarte, que sepan cuánto les cuesta mirarte.

La frase debería haberla molestado.

En cambio, le dio una clase de calma que no quiso admitir.

Subió a El taller después de desayunar. Eligió un vestido que había terminado en el penthouse y ajustó en la madrugada porque no podía dormir. Era de corte moderno, blanco roto, con líneas limpias y una franja de textil oaxaqueño bordado en tonos azul profundo y cobre sobre un costado. No disfrazaba sus raíces. Las ponía a caminar.

Cuando Consuelo le colocó el collar, Valentina sintió el peso frío de los diamantes en la garganta.

—Respire —le dijo la mujer.

—Estoy respirando.

—Está peleando con el aire.

Valentina soltó una risita nerviosa.

En el espejo, no vio a la muchacha que corría con telas bajo la lluvia. Tampoco a la cautiva del penthouse. Vio a alguien que todavía tenía miedo, pero ya sabía levantar la barbilla.

El country club de Monterrey parecía diseñado para que nadie tuviera prisa. Jardines impecables, meseros con guantes, señoras con lentes oscuros enormes, hombres que hablaban de negocios como si hablaran del clima. A la entrada, Cascabel se quedó a dos pasos, vestida de negro, discreta y lista para romperle la mano a quien confundiera elegancia con permiso.

Gloria Sepúlveda de Olvera esperaba en la terraza principal.

Era joven, quizá apenas mayor que Valentina, pero se movía con la calma de una mujer que había aprendido a sobrevivir en mesas llenas de hombres viejos. Llevaba un vestido verde agua, perlas pequeñas y una sonrisa que no regalaba nada completo.

—Valentina —dijo, acercándose con ambas manos extendidas—. Gracias por venir.

—Gracias por invitarme, doña Gloria.

La sonrisa de Gloria se hizo apenas más real.

—Gloria, por favor. Si me dices doña frente a estas señoras, me haces envejecer diez años y a varias les das gusto.

Valentina se rio.

Gloria apretó sus manos.

—Perfecto. Ríete así adentro. A Monterrey le incomoda mucho la gente que no pide disculpas por existir.

La mesa estaba puesta bajo una sombra de bugambilias. Había ocho mujeres, todas demasiado arregladas para un almuerzo que se suponía privado. Valentina reconoció apellidos que Héctor le había mostrado en el mapa: Garza, Treviño, Zambrano, del Valle.

Patricia del Valle fue fácil de ubicar.

No porque fuera la más hermosa, aunque lo intentaba con disciplina. Fue fácil porque la miró de pies a cabeza como si estuviera calculando dónde empezar el daño.

—Así que tú eres Valentina —dijo Patricia, sin levantarse.

Gloria tomó asiento primero, obligando a todas a acomodarse.

—La señora Solís, sí.

Patricia levantó una ceja al escuchar "señora", pero sonrió.

—Qué formalidad. Yo soy Paty. Aquí somos relajadas.

Una de las mujeres carraspeó para esconder la risa.

Valentina se sentó junto a Gloria.

—Mucho gusto, Paty.

El primer plato llegó: tostadas pequeñas de atún, ensalada de nopal con queso fresco, agua mineral en copas delgadas. La conversación empezó amable. Demasiado amable. Le preguntaron por la Hacienda, por el calor, por si ya conocía San Pedro, por su vestido.

Valentina contestó sin apurarse.

—Lo hice yo.

—¿Tú? —preguntó una señora de apellido Garza, esta vez con interés real.

—Sí. Trabajo con corte contemporáneo y textiles artesanales. El bordado es de una cooperativa de Oaxaca con la que quiero colaborar de forma permanente.

Gloria dejó su copa quieta sobre la mesa.

—Eso suena a algo que Monterrey debería ver más seguido.

Patricia sonrió.

—Qué bonito. Muy... auténtico.

La palabra cayó con espinas.

Valentina tomó agua.

—Gracias.

—Debe ser curioso pasar de eso a vivir en Hacienda Elizondo —continuó Paty—. Digo, por el cambio. Una no siempre está preparada para ciertas mesas.

Gloria no intervino.

Ese silencio era una puerta abierta.

Valentina lo entendió tarde, pero lo entendió.

—Se aprende —respondió.

—Claro. Aunque hay cosas que no se aprenden. La cuna, por ejemplo.

Una mujer bajó la mirada al plato. Otra fingió revisar el celular. Cascabel, desde la pared, no movió un músculo, pero Valentina sintió su atención como una mano en la espalda.

Paty inclinó la cabeza.

—No lo digo mal. Solo me da curiosidad. ¿De dónde saliste exactamente?

Ahí estaba.

El golpe servido con servilleta de lino.

Valentina sintió el collar en la garganta. Pesaba sesenta millones de dólares, sí, pero debajo del diamante estaba el hilo que su madre le había enseñado a no desperdiciar. Estaban las manos de mujeres dobladas sobre tela. Estaba Oaxaca. Estaba el taller pequeño, la lluvia, el miedo, la primera clienta, Dolores diciéndole que la iban a odiar.

Levantó la mirada.

—Salí del mismo lugar que las telas que uso —de las manos de mi gente—. ¿Y tú, Paty? ¿De dónde sale esa inseguridad?

La mesa quedó muda.

No fue un silencio elegante.

Fue de esos que hacen que hasta los cubiertos parezcan culpables.

Patricia perdió la sonrisa.

—Perdón.

—Te escuché perfecto —dijo Valentina.

Gloria tomó su copa. No bebió. Solo dejó que su sonrisa pequeña apareciera, lenta, precisa.

La partida quedó cerrada.

La señora Garza soltó una carcajada breve que intentó convertir en tos. Otra mujer se inclinó hacia Valentina.

—¿Dijiste cooperativa de Oaxaca? Tengo una fundación textil. Me gustaría saber más.

—Con gusto —respondió Valentina, sin mirar a Paty.

Después de eso, el almuerzo cambió de dueño.

Le preguntaron por procesos, por tiempos, por cómo integraba bordados sin volverlos disfraz. Una pidió ver fotos. Otra quiso saber si aceptaba encargos. Patricia intentó recuperar terreno con un comentario sobre "modas pasajeras", pero nadie la siguió. Era peor que una derrota pública: era quedarse hablando sola en una mesa que ya había elegido otra conversación.

Valentina no se confió.

Sonrió lo justo. Contestó lo que sabía. Dijo "no" cuando una señora quiso regatear tiempos. Dijo "todavía no" cuando otra preguntó por una colección completa. No fingió una seguridad perfecta. Eso, de algún modo, funcionó mejor.

Al salir, el sol de la terraza le pegó en los hombros.

Cascabel se acercó.

—¿Todo bien, señora?

—Creo que no me mataron.

—Se notó la decepción de algunas.

Gloria apareció a su lado y tomó el brazo de Valentina con una naturalidad calculada. De cerca, su perfume olía a gardenias.

—No te emociones demasiado —dijo con voz dulce—. Acabas de ganarte a medio Monterrey. Pero la otra mitad te va a odiar más.

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