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Casi Algo.

Casi Algo.

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Polos opuestos enfrentados / Chico Malo
Popularitas:885
Nilai: 5
nombre de autor: Yoany

¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.

NovelToon tiene autorización de Yoany para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El lenguaje de las cenizas.

Capítulo 21: El lenguaje de las cenizas.                                                                                                                         [Presente]

El silencio en el piso es tan denso que parece un muro invisible. Cada crujido del edificio, cada vibración mínima, se convierte en un eco que me golpea el pecho. Estoy sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta de entrada, como si mi cuerpo pudiera ser un candado más. El frío del mármol me atraviesa los huesos, pero no me muevo. La caja de cenizas descansa sobre la mesa, y aunque no pesa más que un par de libros, siento que su gravedad es capaz de aplastarme.El teléfono brilla en mis manos. La pantalla es un faro en medio de la penumbra, pero también una amenaza. Sé que si me quedo demasiado tiempo en este silencio, su voz —la real, no la del recuerdo— empezará a colarse en mi cabeza, repitiendo las frases que me hicieron dudar de mí misma. Necesito ruido. Necesito un escudo.Mis dedos, aún manchados con el polvo gris de la caja, buscan la playlist. El título que le puse hace semanas me parece ahora una ironía cruel: “Liquidación”. Cada pista es un fragmento de él, un recordatorio de cómo intentó moldear mi identidad a su antojo.Pulso el botón de reproducción. El ritmo comienza a golpear mis oídos, y de pronto el suelo parece desaparecer bajo mis pies. No es música, es un salvavidas.                           [Pasado]

—¿Otra vez con esas melodías vacías, Alba? —su voz era un filo disfrazado de ternura.Mateo estaba de pie junto al ventanal de su oficina, sosteniendo una copa de cristal con un licor que costaba más que mi alquiler. No me miraba; prefería observar su propio reflejo en el vidrio, como si el mundo entero fuera un escenario diseñado para él. Yo estaba sentada en el sofá de cuero, intentando leer, pero la canción que sonaba en mi móvil parecía una provocación para su ego.—Me gusta el ritmo, Mateo. Me ayuda a no pensar tanto —respondí, bajando el volumen por puro instinto de supervivencia.Él se giró lentamente. Esa sonrisa suya, la que antes me derretía y ahora me helaba la sangre, apareció en su rostro. Se acercó y, con una delicadeza que ocultaba una fuerza brutal, me quitó los auriculares.—Esa es la diferencia entre nosotros, pequeña. Yo no quiero que dejes de pensar. Quiero que pienses exactamente lo que yo necesito que pienses. La música ligera es para mentes mediocres que necesitan que les digan cómo sentirse. Tú eres más que eso... o al menos, yo me estoy esforzando para que lo seas.Esa noche, borró la aplicación de música de mi teléfono. “Para curar tu gusto”, dijo. Y yo, por aquel entonces, le di las gracias por “cuidarme”. Qué ironía: agradecí la amputación de mi propia voz.                                                                          [Presente]

La melodía me devuelve al salón en penumbra. Me levanto del suelo, sacudiéndome el polvo de las cenizas de los pantalones. Mis manos ya no tiemblan tanto. La rabia es un combustible mucho mejor que el miedo.Él creía que estaba “curando” mi gusto, cuando en realidad solo estaba arrancando pedazos de mi identidad. Miro la caja azul sobre la mesa. Las cenizas ya no me asustan; son solo carbón, residuos de algo que ya se quemó. Igual que nosotros.Desbloqueo el móvil. Entro en la playlist “Liquidación”. Mis dedos se detienen sobre el icono de la papelera. Esta canción era su burla favorita, el ejemplo que usaba para llamarme “superficial”. Pues bien, ahora será la banda sonora de su caída.Click.

“¿Deseas eliminar esta canción?”Mis dedos no dudan. Confirmar.El alivio que siento es casi físico, como si me hubieran quitado un corsé que me impedía respirar desde hace años. Miro el contador en la esquina superior de la pantalla.Quedan 21 canciones.Solo 21 piezas de él quedan dentro de mí. Y juro, mientras aprieto el cuchillo de cocina que sigue sobre la mesa, que para cuando llegue a la última, no quedará ni el rastro de su nombre en mi memoria.                                                                                                                                                                                [Pasado]

Recuerdo la primera vez que me habló de las cenizas. Estábamos en un restaurante caro, rodeados de gente que fingía sonrisas mientras calculaba negocios. Él me contó, con esa voz que parecía un discurso ensayado, que todo lo que no servía debía convertirse en polvo. “El fuego purifica”, dijo, levantando su copa. Yo pensé que hablaba de proyectos fallidos, de errores empresariales. Nunca imaginé que hablaba de personas.Esa noche, al volver a casa, encontré una cajita en mi escritorio. Dentro había pétalos quemados. “Un recordatorio de que lo efímero no merece espacio”, me explicó. Yo lo interpreté como un gesto poético. Hoy sé que era una advertencia.                            [Presente]

Las cenizas en la caja sobre mi mesa ya no son metáfora. Son mensaje. Son amenaza. Pero también son prueba de que él no puede controlar lo que hago con ellas. Puedo guardarlas, puedo tirarlas, puedo convertirlas en símbolo de mi propia liberación.El cuchillo brilla bajo la luz mortecina de la bombilla. No es un arma, es un ancla. Me recuerda que estoy aquí, que sigo viva, que cada corte en la madera de la mesa es mío, no suyo.Respiro hondo. El aire huele a polvo y a metal. El silencio vuelve a apoderarse del piso, pero ahora no me aplasta. Ahora me pertenece.Quedan 21 canciones.

Quedan 21 batallas.

Y yo estoy lista para ganarlas todas.

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Adhara lovers
muy bonito me está gustando
Yoany: Que bueno me alegra mucho
total 1 replies
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