La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Y yo te odio
Eleanor
Me despierto cuando la luz entra a la habitación como una intrusa.
Debe ser todavía muy temprano, porque el alba apenas comienza a despuntar.
Me cubro con las mantas para ocultarme de la luz, pero una conversación en el pasillo me despierta.
—Te ves ridículo —dice Sarah—. ¿Acaso tu mujercita te echó de tu propia habitación?
Abro mis ojos y me bajo de la cama.
Pego mi oído a la puerta para escuchar mejor.
—Es su habitación.
—Fue nuestra habitación… Dormimos juntos en esa misma cama —devuelve confirmando mis peores temores.
Miro mi enorme cama con desagrado. No podré volver a acostarme ahí nunca más.
—Sarah… cállate y déjame solo.
—¿Por qué haces esto?
—No es tu problema.
—¡Es mi problema! —le devuelve entre enojada y dolida—. Ya no me buscas… Al principio ibas a mi habitación y ahora tengo que rogar por un poco de tu atención.
—Sarah —sisea William.
—No te quiere, Will. Yo sí. Te amo. Tú me amas. Me lo dijiste cientos de veces. Solías decirme los días antes de tu dichosa boda que no la ibas a querer, que siempre me amarías a mí, que seguramente tu esposa sería una niñata caprichosa e insoportable.
Escuchar lo que creía mi esposo de mí consigue que el dolor que he sentido, desde que Luisa habló conmigo, se filtre a capas más profundas de mi corazón.
—Me equivoqué. Eleanor es diferente.
—Es igual que todas las mujeres.
—¡No lo es! Y no hables de ella —masculla furioso—. No eres digna. Ni tú ni yo somos dignos.
—Me estás lastimando con cada palabra que sale de tu boca, Will… Hasta creo que…
—¿Crees qué?
—Que podrías quererla.
El aire queda retenido en mi garganta mientras mi corazón empieza una carrera en mi pecho.
—No vas a decir nada.
—No hay nada que decir. Solo que lo que había entre nosotros se acabó.
—¡¿Qué?! —llora—. Tú me amas… soy la mujer de tu vida.
William suspira. —Me equivoqué, Sarah. No quiero lastimarte, pero no puedo seguir engañándome. Creo que confundí mis sentimientos. Te quiero… como a una amiga.
—Y supongo que me follabas como a una amiga también —devuelve con amargura.
—Sarah… Lo siento.
—Eres un imbécil, que no puede ver a esa mosquita muerta por lo que en realidad es. Tú, tu padre, Luisa, John… todos creen que la muy idiota camina sobre el agua.
—¡Basta!
El rugido de William me asusta tanto que retrocedo.
—No quiero que vuelvas a hablar de mi esposa nunca más.
—Te está engañando, Will… la he visto.
¿Engañándolo? ¿yo?
—¿Qué? —pregunta en un susurro estrangulado.
—Lo que escuchas. John y ella tienen un romance.
—Estás mintiendo —responde en un siseo.
—No. Lo juro. Los he visto… Se besan todo el tiempo y el otro días los vi follando sobre la paja de los caballos.
Tiemblo ante la indignación que comienzo a sentir.
Esa mujer está mintiendo descaradamente.
—¿Dónde los viste? —pregunta mi esposo furioso, pero no tanto como yo.
Abro la puerta y ambos palidecen cuando me ven.
—Sí, Sarah. ¿Dónde me viste?
La mujer mira el suelo incapaz de mirarme.
—¡Contéstale a Will! —exijo utilizando el apodo que ella misma usó, como si mi esposo le perteneciera.
—Yo… yo…
Me rio. —Imagino que es fácil atentar contra la honra de una persona cuando esa persona no puede defenderse —mascullo y empuño mis manos.
Los miro a los dos con odio.
Ambos me han tratado como una tonta y ya no puedo soportarlo más.
—Supongo que se merecen el uno para el otro… ambos mienten por deporte —siseo antes de entrar a la habitación.
La puerta se abre a mi espalda.
—No te acerques —exijo cuando siento su calor en mi espalda—. No te atrevas a tocarme… Estoy tan furiosa ahora mismo…—Me giro para ver su pálido rostro—. Si tuviera un lugar dónde irme, si tuviera dinero… si pudiera volver a mi casa… créeme que lo haría. Mi casa fue el infierno en la tierra, pero prefiero eso al tener que estar contigo.
—Eleanor —susurra con los ojos rojos, como si estuviera luchando para no llorar o gritar… o quizá golpearme.
A esta altura podría esperar cualquier cosa de él.
—Eres mi esposa —dice.
Me rio sin humor.
—¿Tu esposa? La señora de la casa, ¿no? —pregunto con ironía—. Imagino que tienes en estima mi título, sobre todo, si me has hecho dormir en la misma cama donde dormías con esa mujer.
Su cuerpo se tensa y puedo ver como sus hombros bajan.
—He cometido tantos errores… pero puedo arreglar esto. Dame una oportunidad.
—No.
—¿No?
—No —repito.
—¿Qué se supone que haga? ¿Dormir al otro lado de la casa? ¿Fingir que no existes? ¿Fingir que no te extraño? Eres mi esposa. Es mi derecho.
Recuerdo las palabras de mamá.
“No le niegues tu cuerpo. Nunca. Es su derecho como tu esposo”
—Es tu derecho —concedo. Es un derecho que le da la sociedad y Dios—. Y no puedo hacer nada para negarte lo que en derecho te corresponde.
—Eleanor…
—Pero si me tocas contra mi voluntad, ten por seguro que pasaré hasta el último de mis días odiándote y renegando de ti.
Apoya su frente en la mía y todo mi cuerpo se tensa cuando escucho su respiración pesada.
—Te amo, cariño.
Levanto mi barbilla. —Y yo te odio.
—Te amo —repite—. Tanto.
—Sí, claro. Supongo que esto es amor, ¿no? Nada de lo que has hecho guarda relación con el amor —espeto indignada.
Puede que no sepa mucho yo tampoco, pero lo he leído en libros… y sé que el amor, el verdadero amor, no se siente así.
—Lo siento.
—¿Puedo ir al baño o vas a exigir tu derecho como esposo ahora?
—Cariño…
—¡No me llames cariño! —exploto—. Desde hoy no dormiré en esta cama. Y ten por seguro que no me acostaré en la misma cama donde… donde… donde esa mujer y tú se amaron.
Sus manos se tensan a mi alrededor, pero antes de que pueda sujetarme y obligarme a entregarle mi cuerpo, me escondo en el baño.
Quizá… quizá si me hubiese pegado, no dolería tanto como me duele esto.
Quizá, después de todo, mi madre tiene suerte.