Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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El regreso al hogar
El sol comenzaba a descender cuando Dominic regresó al palacio.
Su figura surgió de una sombra en el patio principal, sorprendiendo a varios soldados que ya estaban acostumbrados a verlo aparecer de aquella manera.
Había cumplido su promesa.
Durante un día entero permaneció en la aldea supervisando la recuperación de los sobrevivientes. Los caballeros imperiales continuaban patrullando los caminos cercanos, mientras sanadores y magos se habían distribuido entre las aldeas vecinas para asegurarse de que no existieran más víctimas.
Por fortuna...
No hubo nuevos ataques.
Dominic informó personalmente al emperador y, poco después, pregunto por sacha y le dijeron en donde estaba,se dirigió a la biblioteca imperial, donde sabía que encontraría a Sacha y a Serafis.
Al entrar, encontró a ambos sentados al lado de una enorme mesa cubierta de mapas y antiguos manuscritos.
Serafis levantó la vista.
—¿Cómo están el pueblo?
—Tranquilo. Los habitantes comienzan a recuperar la normalidad, aunque nadie comprende lo que ocurrió. Dejé suficientes hombres para proteger la zona durante las próximas semanas.
Serafis asintió con alivio.
Entonces Sacha dio un paso al frente.
Llevaba consigo el mismo sobre que Sarai le había entregado.
—Serafis... nesecito que leas esto por eso fue que vine a buscarte y que bueno que Dominic haya llegado para que lo lea tambien.
El Sacerdote Supremo frunció ligeramente el ceño.
—¿Encontraste algo?
Sacha colocó el sobre sobre la mesa.
—Leí la carta. No explica todo... pero sí deja claro que muchas respuestas nunca estuvieron en los archivos del Templo.
Serafis tomó la carta con cuidado y comenzó a leerla en silencio.
La biblioteca quedó completamente en silencio.
Solo se escuchaba el pasar de las páginas.
Cuando terminó, permaneció varios segundos con la mirada fija en el papel.
Después dejó escapar un largo suspiro.
—Pasé gran parte de mi vida creyendo que todo el conocimiento del mundo descansaba entre los muros del Templo.
Cerró lentamente la carta.
—Y resulta que hay familias que protegieron secretos durante siglos sin que nosotros llegáramos siquiera a sospecharlo.
No había frustración en su voz.
Solo aceptación.
Sacha aprovechó el momento para contarles la conversación que había tenido con Sarai.
Les habló de la habitación secreta oculta bajo la antigua residencia de los Echeverría.
Del legado familiar.
Y de que solo alguien del linaje que hubiera despertado su magia podía acceder a aquel lugar.
Dominic permaneció pensativo.
—Entonces nuestro siguiente destino es evidente.
Sacha asintió.
—El ducado.
Serafis cerró el último manuscrito que permanecía abierto sobre la mesa.
—Si las respuestas están allí... no tiene sentido seguir perdiendo tiempo aquí.
La noticia del viaje se extendió rápidamente por el palacio.
Mientras los sirvientes preparaban provisiones y los caballos eran ensillados, la delegación de Sentero también ultimaba los detalles de su partida.
En uno de los patios interiores, Sarai esperaba junto a su esposo y a su hijo, Adrien.
El emperador de Sentero dio un paso al frente para despedirse del emperador y de la emperatriz.
Las conversaciones entre ambos imperios habían fortalecido una alianza que prometía ser duradera.
Cuando llegó el momento de partir, Sarai buscó a Sacha con la mirada.
Sus ojos se encontraron apenas un instante.
No hubo abrazos.
Ni promesas.
Solo un leve movimiento de cabeza por parte de ambas.
Era suficiente.
Justo cuando Sarai iba a subir al carruaje, Adrien dio un paso al frente.
—Madre... quisiera pedirte algo.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Qué sucede?
El joven dirigió la vista hacia Sacha.
Respiró hondo antes de hablar.
—Quiero acompañarlos al ducado Echeverría.
El silencio se hizo presente.
Ni siquiera Sacha esperaba aquella petición.
Adrien continuó con serenidad.
—Sé que apenas conozco este lugar... pero también forma parte de la historia de nuestra familia.
Mi abuelo nació allí.
Mi madre también creció entre esos muros.
Y Sara... la madre de Sacha... también llamó hogar a ese ducado.
Bajó ligeramente la mirada.
—No pretendo entrometerme en una investigación que le corresponde a Sacha.
Solo... quisiera conocer el lugar donde comenzó la historia de mí madre .
Sarai permaneció en silencio.
Sabía que su hijo no hablaba por simple curiosidad.
Era una petición sincera.
Entonces fue Sacha quien habló.
Todos volvieron la mirada hacia ella.
Permaneció unos segundos pensativa.
Después asintió lentamente.
—Tienes razón.
Adrien levantó la vista.
—Ese lugar también pertenece a tu historia.
Puede que yo sea la duquesa...
Pero los Echeverría no terminan conmigo.
Hubo un pequeño silencio.
—Si realmente deseas conocer el hogar de tu familia...
Serás bienvenido.
Una sonrisa de sincero agradecimiento apareció en el rostro de Adrien.
Hizo una respetuosa inclinación.
—Gracias... prima.
Sacha no respondió a aquella palabra.
Pero tampoco la rechazó.
Simplemente hizo un leve movimiento de cabeza.
Era un pequeño paso.
Sarai observó la escena con una expresión serena.
Aquello era mucho más de lo que esperaba conseguir ese día.
Se acercó a su hijo.
—Cuida de todos...
Y cuida también de ti.
Adrien asintió.
—Lo haré.
El emperador de Asturias sonrió con orgullo.
—Aprende todo lo que puedas.
Representas a la familia.
—No los decepcionaré.
Finalmente, Sarai subió al carruaje.
Antes de que este comenzara a avanzar, volvió a mirar a Sacha.
No intercambiaron palabras.
Pero ambas comprendieron que aquel viaje significaría mucho más que una simple visita al ducado.
Cuando el carruaje desapareció por el camino principal, Adrien permaneció unos segundos observándolo hasta perderlo de vista.
Después respiró profundamente y se reunió con Sacha, Dominic y Serafis.
En el patio principal, la expedición al ducado ya estaba preparada.
Dominic revisaba las monturas.
Serafis acomodaba varios pergaminos y libros que consideraba indispensables para la investigación.
Adrien terminaba de sujetar su espada al cinturón mientras observaba con curiosidad el grupo con el que viajaría.
Sacha ajustó el broche de su capa.
Entonces escuchó una voz infantil.
—¡Tía Sacha!
Se giró de inmediato.
El pequeño hijo de Simone y Edward corría hacia ella con una enorme sonrisa.
Pequeñas sombras jugueteaban alrededor de sus pies, obedeciendo inconscientemente a sus emociones.
Simone y Edward caminaban detrás de él.
Sacha se agachó justo a tiempo para recibir el fuerte abrazo del niño.
—¿Ya te vas otra vez?
Ella sonrió mientras revolvía suavemente su cabello rubio.
—Solo por unos días.
Tengo que resolver un misterio.
El pequeño la miró con toda la seriedad que podía tener un niño de tres años.
—Entonces vuelve rápido.
Porque cuando regreses quiero enseñarte cómo papá me está enseñando a controlar mis sombras.
Edward soltó una pequeña risa.
—Todavía le falta mucho para eso.
—¡No es verdad!
Protestó el niño.
Todos rieron.
Simone abrazó a Sacha con cariño.
—Cuídate.
Y no olvides que aquí siempre tendrás una familia esperándote.
Aquellas palabras tocaron algo profundo en el corazón de Sacha.
Correspondió el abrazo.
—Gracias.
Después, Simone dirigió una cálida sonrisa hacia Adrien.
—Espero que el ducado te reciba tan bien como nosotros te hemos recibido aquí.
Adrien respondió con una leve reverencia.
—Haré todo lo posible por estar a la altura.
Edward estrechó primero la mano de Dominic y luego la de Adrien.
—Cuida de ella.
Les dijo a ambos con una sonrisa.
Dominic respondió con tranquilidad.
—Lo haré.
Adrien añadió con respeto.
—Cuenta con ello.
Edward sonrió divertido.
—Entonces me quedo más tranquilo.
Las risas aliviaron el ambiente por unos instantes.
Finalmente, los caballos comenzaron a avanzar.
Las enormes puertas del palacio se abrieron lentamente.
Sacha volvió la vista una última vez.
Simone sostenía a su hijo en brazos mientras ambos agitaban la mano para despedirse.
Edward permanecía a su lado.
Serafis observó aquella escena con discreción.
Después dirigió la mirada hacia el camino que se extendía frente a ellos.
El ducado Echeverría los esperaba.
Y, con él, secretos que habían permanecido ocultos durante generaciones... y que ahora serían descubiertos no solo por su heredera, sino también por uno de los últimos descendientes de aquella antigua familia.