Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Aburrido.
Arabella Rossetti 🌷
La tarde en el centro de Caracas está viva.
El tráfico suena como una sinfonía desordenada, vendedores ambulantes ofrecen café y empanadas, y el calor se mezcla con el aroma dulce que sale de la cafetería donde Dency y yo estamos sentadas.
El lugar es hermoso. Techos altos, lámparas de vidrio ámbar, mesas de mármol blanco y sillas de hierro forjado. El aire acondicionado es un alivio bendito.
Compartimos un postre de chocolate con fresas y crema batida.
—Esto debería ser pecado —dice Dency, llevándose la cucharita a la boca con una sonrisa exageradamente sensual.
Ruedo los ojos.
—Tú conviertes todo en pecado.
—Porque la vida es corta, mujer. Y a mí me gusta pecar —argumenta para luego meterse otra cucharada a la boca.
La observo mientras habla. Morena, piel canela perfecta, labios carnosos, ojos brillantes. Tiene un cuerpo de infarto y lo sabe. Pero más que eso, tiene una personalidad arrolladora. Desinhibida. Directa. Sin miedo a nada. Me gusta mucho su forma de ser, aunque veces se pase, pero así la amo.
—¿Y el aburrido? —pregunta de repente.
—No le digas así a Lorenzo.
—Lo es.
La miro con advertencia.
—No empieces.
—Bella, en serio. Cuatro años contigo y ese hombre todavía parece monaguillo.
—Dency…
Ella se inclina hacia mí.
—¿Al menos te hace temblar?
Me atraganto con el postre.
—¡Estamos en público!
—¿Y? Nadie se va a morir por hablar de sexo.
Le doy un pequeño golpe en el brazo.
—Respeta.
Ella bufa.
—Solo digo que tú eres demasiado fuego para alguien tan… tibio. A ti se nota el fuego en la mirada.
No respondo.
Porque en el fondo… a veces lo he pensado.
Después del postre compramos materiales para la universidad: cartulinas, lápices técnicos, reglas metálicas. Luego entramos a una tienda de ropa y compramos un par de prendas sencillas.
Y entonces llegamos al área de lencería.
Encaje negro. Seda roja. Transparencias. Todo es hermoso.
Dency agarra un conjunto diminuto de encaje burdeos.
—Esto sí es arte.
—Eso no cubre nada —le digo.
—Exacto.
Me acerca otro, negro con tiras finas y detalles dorados.
—Imagínate esto bajo tu uniforme del restaurante.
La miro horrorizada.
—Estás loca.
—No, estoy viva.
Suspira y me examina.
—¿Todavía usas esos conjuntos básicos de algodón?
—A Lorenzo no le gusta mucho esto —digo, señalando el encaje—. Prefiere lo sencillo. Ya me lo ha dicho varias veces.
Dency abre los ojos.
—Claro que sí. Seguro no pasa del misionero.
—¡Dency! —la regaño mientras miro a los lados.
Varias mujeres voltean a mirarnos.
Ella se encoge de hombros.
—¿Qué? Digo la verdad.
Me acerco y bajo la voz.
—No hables así.
—Pues alguien tiene que hacerlo.
Salimos de la tienda con un par de bolsas. No compré nada atrevido. Solo lo necesario. Ella sí compró muchas cosas de encaje y seda.
Regresamos al edificio al caer la tarde. Cada una sube a su apartamento.
Me ducho rápido, me pongo el uniforme del restaurante: blusa blanca ajustada, falda negra sobre la rodilla, tacones moderados. Cabello suelto. Un poco de brillo en los labios.
Bajo y Dency ya me espera.
Llegamos al restaurante justo antes de las seis.
El lugar tiene luces cálidas, mesas de madera oscura y música suave de fondo. No es lujoso, pero tiene encanto.
El administrador, el señor Ricardo, está detrás de la caja. Barrigón, calvo, sudoroso incluso con el aire encendido.
—Llegaron justo a tiempo —gruñe—. Hoy hay reservas completas.
—Buenas noches para usted también —responde Dency con falsa dulzura.
Mis otras tres compañeras ya están allí: Mariana, siempre sonriente; Luisa, rápida como un rayo; y Carla, la más callada.
Los cocineros gritan órdenes desde la cocina.
—¡Dos pastas al pesto!
—¡Una lasaña lista!
La rutina comienza.
Atiendo mesa tras mesa. Sonrío. Sirvo vino. Recomiendo platos.
Las propinas caen bien esta noche.
Hasta que llego a la última mesa.
Un hombre de unos cuarenta y tantos años. Traje caro. Mirada pesada.
—¿Algo más, señor? — le pregunto, profesional.
Él me toma la mano cuando intento retirar el plato.
—Sí belleza. Tu número.
Me suelto con sutileza.
—No es apropiado. Yo no le doy mi número a desconocidos.
Sonríe de lado.
—Te doy el doble de esta propina si sales conmigo cuando cierres.
Coloca tres billetes sobre la mesa.
—No estoy en venta y tengo novio.
—Todos tienen un precio, preciosa.
La sangre me sube a la cabeza.
—Esto es un restaurante, no un prostíbulo. Y yo no soy parte del menú. Así que le pido me respete. Si quiere una put4, bien puede ir otro lugar a buscarla.
El hombre se pone rojo.
—Eres una malcriada.
Se levanta bruscamente y se va.
El señor Ricardo aparece de inmediato.
—¿Qué hiciste? ¡Era cliente habitual!
— Me faltó al respeto.
—Debiste manejarlo mejor.
—¿Cómo? ¿Aceptando su sucia propuesta?
Antes de que él responda, un hombre de otra mesa interviene.
—La señorita hizo lo correcto. Yo vi todo.
El administrador se queda en silencio unos segundos.
—Sigan trabajando —gruñe finalmente.
El turno termina a medianoche. Limpiamos mesas, ordenamos sillas, revisamos caja.
Salimos juntas.
—Vámonos en mi carro —dice Dency.
—Gracias, pero Lorenzo viene por mí.
Ella pone cara de fastidio.
—No te dejo sola. No me iré hasta que aparezca el aburrido ese.
Nos quedamos afuera.
Pocos minutos después, escucho el sonido de la motocicleta.
Lorenzo aparece. Chaqueta negra, casco bajo el brazo. Es apuesto, dulce. Se baja camina hacía nosotras.
—Buenas noches, Dency —saluda a mi amiga.
—Buenas —responde ella, evaluándolo.
Se acerca a mí y me abraza. Beso en la frente.
Demasiado correcto.
—¿Lista?
Dency se despide.
Subo a la moto. Nos ponemos los cascos. Damos una vuelta por la ciudad, comemos algo rápido en un puesto nocturno.
Mi mente empieza a imaginar.
Tres semanas sin estar solos.
Quizás esta noche haya algo de acción…
Pero después del paseo, se detiene frente a mi edificio.
Mi sonrisa se apaga apenas.
—¿No… vamos a tu apartamento? —pregunto suavemente.
—Es tarde. Y mañana estudias y yo trabajo —dice.
Lo miro.
—Estoy sola. Braulio no está, puedes subir un rato a mi apartamento.
Duda. Y cuando parece que va a aceptar…
Una sombra aparece desde la esquina.
Braulio.
Camisa oscura. Mirada fría. Mandíbula tensa.
La esperanza muere.
Lorenzo intenta saludar.
—Buenas noches.
Braulio ni lo mira. Pasa de largo, entra al edificio.
Lorenzo me besa rápido.
—Descansa.
Le entrego el casco.
—Buenas noches.
Se va.
Entro al edificio sintiendo el peso del cansancio… y algo más. No sé si es frustración.
O si es que mi vida está empezando a cerrarse sobre mí y aún no lo veo completo.
Pero lo siento.
Mientras subo las escaleras recuerdo mi promesa hacia mi hermano. No sé qué haré cuando llegue el momento de ejecutarla.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.