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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: La llegada de Valeria.

La casa de los Rojas tenía una regla no escrita:

Cuando todo parecía tranquilo, algo estaba a punto de ocurrir.

Era como si las paredes conocieran el destino de aquella familia y decidieran guardar silencio antes de una nueva aventura.

Esa mañana, sin embargo, todo parecía demasiado normal.

Y eso preocupaba.

Porque en una casa donde vivía Emma Rojas, un gallo llamado Pelé, cinco gallinas, dos perros y dos gatos, la tranquilidad era una señal de peligro.

Tomás estaba preparando café.

Lucía revisaba unas tareas escolares con Emma.

Los animales estaban en el patio.

Incluso Pelé estaba extrañamente tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Tomás miró por la ventana.

—No me gusta.

Lucía levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

Tomás señaló al gallo.

—Está tranquilo.

Emma siguió la mirada de su padre.

—Eso significa que está pensando.

Lucía sonrió.

—¿Pelé piensa?

Emma la miró seriamente.

—Más de lo que debería.

Como si hubiera entendido que hablaban de él, Pelé levantó la cabeza.

Luego caminó lentamente hacia la ventana.

Todos lo observaron.

El gallo dio un pequeño golpe con el pico contra el vidrio.

Tomás suspiró.

—Ya empezó.

Pero esta vez Pelé no era el único que tenía un plan.

Emma también estaba preparando algo.

Desde que había escuchado a su padre hablar de Valeria, algo dentro de ella se había movido.

No era odio.

No exactamente.

Valeria parecía buena.

Eso era precisamente el problema.

Si Valeria hubiera sido una persona desagradable, todo habría sido más fácil.

Emma podría haber dicho:

"No me gusta porque es mala".

Pero no podía.

Porque Valeria era amable.

Porque entendía a Tomás.

Porque tenía un hijo que parecía caerle bien.

Porque sonreía de una manera parecida a como algunas personas sonreían cuando querían cuidar a alguien.

Y eso hacía que Emma sintiera miedo.

Esa tarde, Tomás recibió un mensaje.

Era Valeria.

Querían reunirse nuevamente.

Una salida sencilla.

Los niños podían jugar.

Los adultos conversar.

Nada más.

Pero para Emma sonó como una alarma.

—¿Va a venir?

Tomás miró a su hija.

—Sí.

Emma bajó la mirada.

—¿Con Mateo?

—Sí.

Silencio.

—¿Y ella?

Tomás entendió.

—Sí, Valeria también.

Emma comenzó a caminar por la sala.

Tomás la observó.

—Emma.

—¿Sí?

—Quiero que entiendas algo.

Ella se detuvo.

—Valeria no viene a reemplazar a mamá.

La niña apretó los labios.

—Eso dicen todos.

La respuesta dolió.

Porque demostraba cuánto miedo todavía tenía.

Esa noche Emma tuvo una reunión secreta.

El lugar:

El jardín.

Los participantes:

Emma.

Pelé.

Max.

Luna.

Misha.

Copito.

Y las gallinas.

Aunque, siendo honestos, las gallinas no parecían entender nada.

Emma se paró frente a ellos.

—Tenemos una misión.

Pelé levantó la cabeza.

—Quiquiriquí.

—Exacto.

Max movió la cola.

—Tenemos que proteger nuestra familia.

El perro ladró.

Emma señaló a todos.

—Pero debemos hacerlo con inteligencia.

Lucía, que observaba desde la ventana, tuvo que contener una risa.

La niña parecía una comandante preparando una batalla.

Pero para Emma no era un juego.

Era importante.

Al día siguiente llegó Valeria.

Y con ella llegó Mateo.

El niño entró a la casa mirando todo con curiosidad.

—¿Ese es Pelé?

Emma asintió.

—Sí.

Mateo se acercó.

—Parece normal.

Emma abrió los ojos.

—No digas eso cerca de él.

Mateo miró al gallo.

—¿Por qué?

Pelé caminaba cerca.

Emma bajó la voz.

—Porque tiene mucho orgullo.

Mateo sonrió.

—Es solo un gallo.

Emma negó.

—Eso es lo que todos creen.

Valeria saludó a Tomás.

—Hola.

—Hola.

Ambos sonrieron.

Era una sonrisa tímida.

Como dos personas que estaban aprendiendo nuevamente a confiar.

Emma observaba desde lejos.

Y aunque no quería admitirlo...

Se veía que Valeria hacía feliz a su padre.

Tomás hablaba más.

Reía más.

Parecía menos cansado.

Y eso confundía a Emma.

Porque ella quería que su padre fuera feliz.

Pero también quería que Mariana siguiera siendo la única mujer importante en su vida.

Mateo se acercó.

—¿Quieres jugar?

Emma dudó.

—¿A qué?

—No sé.

Miró alrededor.

—¿Tienes juegos?

Emma pensó.

—Tengo algo mejor.

Mateo sonrió.

—¿Qué?

Ella señaló a los animales.

—Una aventura.

Durante los primeros minutos todo salió bien.

Demasiado bien.

Mateo y Emma comenzaron a llevarse increíblemente rápido.

Él no hacía preguntas incómodas.

No intentaba entender su tristeza.

No decía frases como "ya deberías estar mejor".

Simplemente jugaba.

Y eso era algo que Emma necesitaba.

—¿Pelé siempre está así?

Mateo preguntó mientras observaban al gallo.

—Sí.

—¿Siempre parece enojado?

—Sí.

—Me cae bien.

Emma sonrió.

—A mí también.

Pero entonces ocurrió el primer problema.

Valeria entró a la cocina.

Y cometió un error.

Un pequeño error.

Pero para Emma fue enorme.

Tomó una fotografía de Mariana que estaba sobre la mesa y la acomodó.

—Esta foto está un poco inclinada.

Emma se quedó quieta.

Valeria no notó su expresión.

—Solo la acomodé.

Pero la niña caminó rápidamente.

Tomó la fotografía.

—No la cambies.

Valeria quedó sorprendida.

—Perdón.

Emma bajó la mirada.

—Es de mamá.

La expresión de Valeria cambió.

No de molestia.

De comprensión.

—Lo siento, Emma.

La niña esperaba que se defendiera.

Que dijera algo.

Pero Valeria solo respondió:

—No sabía que era importante para ti.

Emma se quedó callada.

Porque esperaba una pelea.

Y no la encontró.

Más tarde, Lucía habló con ella.

—Estabas asustada.

Emma negó.

—No.

Lucía sonrió.

—Emma.

La niña suspiró.

—Tal vez.

—¿Sabes qué noté?

—¿Qué?

—Que Valeria no intentó quitar la foto.

Emma miró al suelo.

—Solo la movió.

—Sí.

—Pero se sintió como si estuviera cambiando todo.

Lucía se sentó junto a ella.

—A veces el miedo nos hace ver amenazas donde solo hay errores.

Emma no respondió.

Porque sabía que Lucía tenía razón.

Pero aceptarlo era difícil.

Mientras tanto, Pelé observaba.

Y para él había llegado el momento.

La misión estaba clara.

La nueva mujer debía ser evaluada.

Así que inició el plan.

Primera fase:

Persecución.

Cuando Valeria salió al jardín, Pelé caminó detrás de ella.

Paso a paso.

Sin apartar la mirada.

Valeria se detuvo.

—Hola, Pelé.

El gallo siguió mirándola.

Mateo apareció.

—Creo que te está vigilando.

Valeria sonrió.

—Creo que sí.

Emma esperaba que Valeria se asustara.

Que gritara.

Que dijera que ese gallo era un problema.

Pero no.

Valeria se agachó lentamente.

—¿Sabes algo?

Pelé inclinó la cabeza.

—Creo que tú también extrañas a alguien.

Emma quedó sorprendida.

Porque nadie había dicho algo así sobre Pelé.

El gallo se quedó quieto.

Valeria continuó:

—Los animales también sienten cuando algo cambia.

Emma sintió un pequeño golpe en el corazón.

Porque era verdad.

Pelé también había perdido a Mariana.

Él también había cambiado.

La segunda fase del plan de Pelé fue más complicada.

Robar.

Pero no cualquier cosa.

El gallo tomó una servilleta de la mesa.

Corrió.

Y todos comenzaron a perseguirlo.

—¡Pelé!

Emma salió detrás.

Mateo empezó a reír.

Tomás también.

Incluso Valeria.

El gallo corrió por todo el jardín como si hubiera ganado una competencia.

Finalmente dejó caer la servilleta.

Todos quedaron agotados.

Emma miró a Valeria.

Ella estaba riendo.

No fingiendo.

Riéndose de verdad.

Y por primera vez Emma pensó:

"Quizás no es tan mala".

Esa noche, después de que Valeria y Mateo se fueron, Emma estaba pensativa.

Tomás se acercó.

—¿Cómo estuvo el día?

La niña tardó en responder.

—Mateo es divertido.

Tomás sonrió.

—Me alegra.

Silencio.

—Valeria...

Tomás esperó.

—Ella parece buena.

La frase era pequeña.

Pero para Emma significaba mucho.

—Sí.

—Pero...

Ahí estaba el miedo nuevamente.

—No quiero olvidarme de mamá.

Tomás se sentó junto a ella.

—Nunca lo harás.

—¿Seguro?

—Emma, nadie puede quitarte los recuerdos.

La abrazó.

—Ni siquiera alguien nuevo.

Antes de dormir, Emma fue al patio.

Encontró a Pelé.

—Hoy no hiciste que se fuera.

El gallo la miró.

—Creo que te estás volviendo viejo.

Pelé pareció ofendido.

Emma sonrió.

—O quizás entendiste algo.

El gallo caminó cerca de ella.

—Quizás ella no viene a reemplazar a nadie.

Pelé respondió:

—Quiquiriquí.

Emma sonrió.

—Sí.

—Creo que tienes razón.

Pero Emma todavía no sabía algo.

La llegada de Valeria apenas era el comienzo.

Porque mientras ella intentaba aceptar una nueva persona en su vida...

Valeria también estaba enfrentando sus propios miedos.

Y pronto ambos niños descubrirían algo:

Que una familia nueva no nace porque todos sean iguales.

Nace cuando personas diferentes deciden quedarse.

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