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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 3
El viento helado de la montaña rugía con una fuerza descomunal a medida que se adentraban en las tierras altas, azotando las copas de los pinos milenarios y levantando remolinos de hojas secas y nieve temprana. Sin embargo, Alondra apenas sentía el impacto del clima hostil. Se encontraba firmemente envuelta en una pesada, suave y cálida capa de pieles oscuras que Caleb le había entregado con suma delicadeza poco después de emprender la marcha. El abrigo todavía conservaba el calor corporal del Alfa y ese aroma magnético a madera de pino y tormenta que, de una manera inexplicable, lograba infundirle una extraña sensación de seguridad en medio de la vasta y desconocida oscuridad forestal.
Caminaba a su lado, intentando mantener el paso firme, aunque sus pies, protegidos apenas por los delgados zapatos que llevaba para el ritual del sacrificio, flaqueaban de vez en cuando sobre el suelo irregular y rocoso. Alondra se sentía aturdida, con la mente sumida en un torbellino de pensamientos inconexos. Todo lo que había conocido hasta esa noche —su humilde hogar, las caminatas junto a su padre recolectando leña, las estrictas e infundadas leyes del pueblo de Oakhaven— se había esfumado en un par de horas. Ahora se encontraba en el corazón del territorio prohibido, guiada por la misma criatura a la que su gente le temía más que a la muerte misma.
Caleb avanzaba con una soltura envidiable. El imponente Alfa, ahora en su imponente forma humana, se movía entre la densa maleza con la gracia natural de un depredador que conoce cada rincón de su reino. Sus anchos hombros cortaban la niebla, y sus ojos dorados brillaban en la penumbra, escudriñando constantemente los alrededores para asegurarse de que el camino fuera seguro para ella. No utilizaba antorchas ni faroles; la oscuridad de la noche parecía ser su aliada más fiel, revelándole senderos ocultos y pasadizos naturales entre las rocas que un ojo humano común jamás habría sido capaz de divisar. Cada vez que el terreno se volvía demasiado empinado o resbaladizo, la mano grande y tatuada de Caleb se extendía de inmediato hacia ella, ofreciéndole un soporte firme y ardiente que hacía que una descarga eléctrica recorriera la columna de la joven.
El silencio entre ambos se prolongó durante un largo tramo, interrumpido únicamente por el crujido de sus pisadas y el lamento del viento. La curiosidad y la tensión acumulada en el pecho de Alondra finalmente vencieron a su prudencia. Se detuvo un momento, aferrando los bordes de la capa de pieles contra su pecho, y tomó aire antes de romper el silencio del bosque.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Alondra. Su voz sonó pequeña en la inmensidad de la montaña, pero denotaba una clara y legítima desconfianza—. Me has dicho que estoy a salvo, pero sigo sin saber qué planeas hacer conmigo o a dónde me llevas.
Caleb se detuvo al instante al escuchar su voz. Se dio la vuelta lentamente y la miró desde su imponente altura. La pálida luz de la luna se filtró entre las nubes, iluminando las facciones duras y esculpidas de su rostro. Sus ojos dorados se clavaron en los de ella con una fijeza que parecía leerle el alma, desnudando cada uno de sus temores ocultos. Los intrincados tatuajes tribales de sus brazos se tensaron de forma visible cuando levantó una de sus extremidades para señalar hacia la cumbre más alta y escarpada de las montañas que se alzaban frente a ellos.
—Vamos a la Fortaleza de la Manada Roja —respondió Caleb. Su tono de voz fue sorprendentemente suave, un contraste absoluto con la fiereza de su aspecto físico—. Es el asentamiento principal de mi gente, un lugar fortificado y seguro, completamente oculto de los ojos de los humanos del valle y protegido por las leyes ancestrales de nuestra especie.
El Alfa dio un paso corto hacia ella, acortando la distancia con cautela, asegurándose de que ella no retrocediera.
—Sé que tienes miedo, Alondra, y tienes todo el derecho de desconfiar de mí —continuó, mirándola con una ternura profunda—. Tu pueblo te crió con mentiras, usándote como un peón para calmar sus propios demonios. Pero en la fortaleza las cosas son diferentes. Allí no serás un sacrificio ni una prisionera. Tendrás tus propios aposentos, comida caliente, ropas dignas y, sobre todo, la garantía absoluta de que nadie podrá exigirte nada, ni hacerte daño. Mi manada te respetará porque eres mi compañera, y mi deber sagrado es mantenerte a salvo.
Alondra escuchó cada palabra en silencio, buscando algún rastro de engaño o malicia en las facciones del Alfa, pero solo encontró una honestidad aplastante y una devoción que la abrumaba. Desvió la mirada hacia las alturas de la montaña, siguiendo la dirección que él había señalado previamente. Allá arriba, difuminadas por la densa niebla y la distancia, las luces tenues y anaranjadas de una enorme estructura de piedra negra y troncos colosales empezaban a vislumbrarse entre los riscos. Parecía un castillo salvaje, una fortaleza inexpugnable nacida de la misma roca de la montaña.
A pesar del pánico inherente que sentía ante lo desconocido y el peso de las leyendas con las que había crecido, una pequeña y tímida chispa de esperanza se encendió en lo más profundo de su pecho. Por primera vez en sus diecinueve años de vida, alguien miraba por ella. Alguien estaba dispuesto a plantarle cara al mundo entero para protegerla en lugar de usarla como una simple moneda de cambio desechable. El alcalde y los consejeros de Oakhaven la habían abandonado a su suerte en la oscuridad, pero este monstruo tatuado la cargaba en sus brazos y le prometía un hogar.
Caleb esbozó una leve y reconfortante sonrisa al notar cómo la tensión en los hombros de la joven disminuía sutilmente. Extendió su mano una vez más, con la palma hacia arriba, esperando pacientemente su aprobación.
—El camino restante es empinado y el frío se intensificará antes del amanecer —dijo con un deje de preocupación en su voz varonil—. Déjame ayudarte a subir, Alondra. Falta poco para llegar a casa.
Alondra contempló la mano del Alfa, detallando las líneas de su palma y los patrones oscuros de los tatuajes que morían en su muñeca. Con un suspiro tembloroso, deslizó sus dedos sobre los de él. Caleb cerró el puño con suavidad, rodeando su mano con una calidez protectora que disipó el último rastro de frío en el cuerpo de la joven, y juntos continuaron el ascenso hacia la imponente fortaleza que aguardaba en la cima.