Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 20
El silencio que siguió a las palabras de Dana se volvió tan denso que casi se podía escuchar el eco de las llamas que ella misma evocaba en sus pesadillas. Alex sintió una punzada de dolor ajeno en el pecho, un reflejo directo del lazo de apareamiento que conectaba su alma con la de ella. El impulso de abrazarla, de susurrarle que su instinto no se equivocaba y que vivía en una mentira meticulosamente diseñada por Arthur Smith, casi sabotea veintidós años de disciplina en la mafia.
Pero el Alfa Supremo contuvo el rugido. Dio medio paso al frente, agachándose con una elegancia felina para recoger uno de los álbumes que había quedado abierto en el suelo.
—La mente a veces bloquea lo que el cuerpo no puede soportar, señorita —dijo Alex, con un barítono que vibró con una calidez inusual mientras cerraba el libro con firmeza—. Pero el pasado no define quién es usted ahora. Lo que importa es que hoy está a salvo.
Dana lo miró, parpadeando para disipar la neblina de nostalgia que la había envuelto. Al ver las manos grandes y fuertes de Alex sosteniendo el álbum, una extraña sensación de calma la recorrió, disolviendo la opresión en su pecho. El aroma a cedro y acero del Alfa actuaba como un bálsamo directo sobre sus sentidos humanos.
—Tienes razón —concedió ella, regalándole una sonrisa suave mientras se apartaba el cabello del rostro—. Supongo que pasar el día rodeada de fotos viejas no me está haciendo ningún bien. Además, te prometí que saldríamos de esta jaula hoy, y el día se nos está yendo.
—¿Tiene algún destino en mente? —preguntó él, poniéndose en pie y recuperando su porte de impecable seguridad.
—Quiero ir al mirador del acantilado norte, saliendo de la ciudad —anunció Dana, con una chispa de rebeldía en los ojos—. Mi padre odia que vaya allí porque dice que la carretera es peligrosa y que la señal es pésima, lo cual significa que es el lugar perfecto para estar tranquila.
Alex asintió, ocultando la satisfacción que esa petición le provocaba. El acantilado norte quedaba exactamente en la ruta periférica que pasaba cerca de la fortaleza de su clan. Un terreno que él dominaba a la perfección.
—Prepárese. El todoterreno está listo —sentenció.
Veinte minutos después, la mansión Smith quedó atrás. El vehículo rugía con potencia mientras devoraba los kilómetros de la carretera secundaria, bordeando la costa alta donde el mar chocaba con furia contra las rocas. El cielo de la tarde comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rojizos, creando una atmósfera de aislamiento absoluto.
Dana miraba por la ventana, pero su atención seguía fija en el reflejo de Alex en el cristal. La forma en que manejaba, con una precisión casi militar, le confirmaba que había mucho más detrás de esa fachada de mercenario.
—Mendoza —habló ella de repente, rompiendo el murmullo del motor—. Anoche, cuando detuviste a Ricardo... no fue solo fuerza física. Los hombres que iban con él son tipos peligrosos, exmilitares que mi futuro suegro contrató, y se quedaron congelados con solo mirarte. ¿Quién eres realmente?
Alex no apartó la vista del camino, pero sus dedos se apretaron ligeramente sobre el cuero del volante.
—Soy el hombre que evita que su vida se convierta en una moneda de cambio, Dana —respondió, usando su nombre nuevamente con una seriedad que le erizó la piel—. En mi mundo, aprendes a proyectar la fuerza antes de dar el primer golpe. Esos hombres reconocieron a alguien que no tiene nada que perder. Eso es todo.
—Pues a mí me pareció que tenías mucho que perder si me tocaban —replicó ella en un murmullo, desafiando la frialdad de su respuesta.
Alex detuvo el todoterreno justo en la explanada de tierra del mirador, a pocos metros del borde del acantilado. Apagó el motor y el silencio del entorno los envolvió de golpe, roto solo por el graznido de las gaviotas y el batir de las olas allá abajo.
Se giró lentamente en su asiento para encararla. Sus ojos grises tormentosos brillaron con una intensidad salvaje que hizo que el pulso de Dana se detuviera.
—No me confunda, señorita Smith —dijo él, con una voz esbelta y peligrosa—. Una cosa es cumplir con mi trabajo, y otra muy distinta es el instinto. Y le aseguro que mi instinto no es algo con lo que deba jugar.
Dana contuvo el aliento, atrapada en el espacio cerrado del coche, dándose cuenta de que la sombra que su padre había metido a su casa era, en realidad, el depredador más peligroso de todos.