"El Renacer de Beaumont" no es simplemente una historia de fantasía y romance; es una deconstrucción profunda del tropo de la "villana de novela" que desafía la idea del destino prefijado. La trama sigue a Elena Vega, una estratega brillante de nuestro mundo moderno que despierta en el cuerpo de Elaria de Beaumont, la antagonista destinada a morir en una serie de eventos trágicos dentro de un universo ficticio. En la narrativa original, Elaria estaba condenada a ser una marioneta sacrificable en un juego de poder, destinada a caer ante la "heroína", una chica llamada Aria que, obsesionada con los tropos de las novelas de romance, intentaba forzar un guion que no existía en la realidad.
La historia comienza con la transición de Elaria. A diferencia de otras protagonistas que aceptan su destino con resignación, Elaria de Beaumont utiliza su mente analítica, propia de una experta en teoría de juegos y estrategia, para diseccionar el imperio de Heliodor. Se da cuenta rápidamente
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CAPÍTULO 14: El Regalo del Halcón y el Cierre del Tablero
El tiempo no se detuvo en el Imperio de Heliodor. Dos años más pasaron, y a sus catorce años, Elaria de Beaumont se encontraba en el umbral del cambio más grande de su vida. El carruaje con el emblema del dragón de plata de los Beaumont ya estaba listo en el patio principal, esperando para trasladarla a la capital de forma permanente. Al año siguiente, cumpliría los quince años, la edad oficial para ingresar a la prestigiosa Academia Real de Magia.
Sin embargo, antes de poder pisar las aulas de la academia, la familia Valerius exigió una última formalidad. El Emperador Saint Valerius había convocado a Elaria a una audiencia privada en el Palacio del Sol, una invitación que en la alta sociedad equivalía a caminar directamente hacia la guarida de un depredador.
La Trampa de Oro
El salón de audiencias privadas del Emperador era más pequeño que el gran salón de baile, pero infinitamente más opresivo. Saint Valerius estaba sentado en un trono de oro bajo, vistiendo túnicas blancas y doradas que acentuaban su imponente y fría presencia. A su lado derecho, de pie con una postura militar perfecta, se encontraba el Príncipe Lysander, cuya mirada azul parecía tan distante y perfecta como la de una estatua de hielo.
—Lady Elaria —la voz del Emperador Saint resonó suave, pero cargada de una vibración mágica que hizo que Cedric, un paso por detrás de su hermana, tensara los hombros—. Has crecido para convertirte en el orgullo de los Beaumont. Como tu futuro padre, es mi deber asegurarme de que la prometida del heredero esté debidamente protegida antes de entrar a la academia.
Un sirviente se adelantó, sosteniendo una caja de terciopelo negro abierta. Dentro descansaba un bellísimo collar de oro con una gema de zafiro estelar en el centro.
—Es un artefacto de la tesorería imperial —continuó el Emperador, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Un amuleto de protección de grado alto. Deseo que lo lleves puesto a partir de hoy.
Elaria miró la joya. Su mente de adulta, la conciencia de Elena Vega, analizó el flujo de maná a su alrededor en un parpadeo. No era un amuleto de protección. Era un Grillete de Frecuencia Pasiva, un artefacto antiguo diseñado para monitorear el pulso de maná del portador y debilitar su magia si intentaba usar un hechizo de alto nivel sin autorización. El Emperador Saint Valerius estaba intentando castrar su poder antes de que pisara la academia.
Neutralización Absoluta
Si Elaria se negaba, cometería una ofensa imperial. Si lo aceptaba sin más, caería en la trampa. Así que hizo lo que una auténtica villana magistral haría: sonreír con una arrogancia desbordante.
—Es un regalo excesivamente generoso, Su Majestad Imperial —dijo Elaria, dando un paso al frente.
Ella misma tomó el collar de la caja. Al hacerlo, permitiendo que sus dedos tocaran la cadena de oro, liberó una corriente microscópica de su Magia Universal. No intentó romper el artefacto; eso habría activado las alarmas del palacio. En su lugar, utilizó la propiedad de "asimilación" de su magia para reescribir el núcleo interno del zafiro. Dejó la estructura externa intacta para que los espías del Emperador vieran lecturas normales, pero desvió el flujo del grillete hacia un bucle infinito que solo consumiría la propia energía de la joya, dejándola a ella completamente libre.
Con total elegancia, se colocó el collar alrededor del cuello. El zafiro brilló un instante contra su piel y luego se apagó.
Lysander, que observaba la escena con atención milimétrica, notó el sutil destello universal en los ojos oscuros de Elaria. Una chispa de pura diversión y orgullo cruzó la mirada del príncipe. Su prometida acababa de burlar al mago más peligroso del Imperio en su propia cara, y nadie se había dado cuenta.
—Te queda perfecto, Lady Elaria —intervino Lysander, dando un paso al frente y rompiendo la tensión del salón con su sonrisa angelical—. Me alegra saber que estarás segura bajo la protección de mi padre.
—Agradezco las palabras de Su Alteza —respondió Elaria, clavando su mirada desafiante en el príncipe—. Les aseguro a ambos que este collar nunca dejará mi cuello durante mi estancia en la academia.
El Emperador Saint Valerius asintió, visiblemente satisfecho, creyendo que finalmente tenía a la fiera de los Beaumont bajo su correa.
El Último Mensaje
Al terminar la audiencia, mientras Cedric se adelantaba para coordinar la salida de los carruajes imperiales, Lysander escoltó a Elaria por el pasillo de los espejos. Los guardias reales caminaban a una distancia prudente, dándoles una falsa ilusión de privacidad.
—Mi padre cree que te ha encadenado —susurró Lysander, de espaldas a ella mientras simulaba admirar una pintura de la dinastía Valerius—. Su arrogancia será su perdición. No tiene idea de lo que acabas de hacer.
—El Emperador Saint está jugando al ajedrez con las reglas viejas, Lysander —replicó Elaria, deteniéndose a su lado, con la mano apoyada suavemente sobre el zafiro de su cuello—. El próximo año entramos a la academia. Es ahí donde el verdadero juego comienza.
—Lo sé —la voz de Lysander se volvió más baja, teñida de una expectación casi adictiva—. He oído que este año ingresarán muchos plebeyos becados debido a una nueva reforma de la junta escolar. La corte va a estar agitada.
Elaria sonrió para sus adentros. Sabía perfectamente a qué se refería. La reforma de la que hablaba Lysander era el evento exacto que permitiría la entrada de Aria, la heroína de cabello lavanda y ojos rosa. El escenario estaba listo, las posiciones de los Beaumont estaban aseguradas, y el grillete del Emperador ahora no era más que un accesorio brillante en su cuello.
—Que se agite todo lo que quiera —sentenció Elaria, dándose la vuelta para caminar hacia su carruaje—. Estoy lista para ser la peor pesadilla de esa academia. Nos vemos en Heliodor, mi príncipe.