Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
Capítulo 23
Heridas compartidas
Day 24. Noche.
Sebastián volvió al día siguiente. Esta vez no golpeó la puerta. Tocó con los nudillos, suave, como si la madera pudiera romperse.
Valentina abrió. Tenía los ojos todavía hinchados del día anterior y una taza de té en la mano. Lo dejó pasar sin hablar. Se sentaron en el mismo lugar: ella en la silla de la cocina, él en el sofá, con la mesa entre ellos.
—La segunda vez —dijo Valentina, porque no tenía sentido fingir que la conversación no iba a llegar ahí— fue siete meses después.
Sebastián asintió. Esperó.
—Tú y yo ya habíamos terminado. O más bien, tú habías dejado de hablarme después del funeral de Lucía. No me llamaste, no me buscaste, no me contestaste los mensajes. Un día existía para ti y al siguiente era invisible.
—Lo sé.
—Pero el cuerpo no entiende de rupturas. —Valentina miró su té—. No supe que estaba embarazada hasta la semana ocho. Fui sola al consultorio. La doctora Ramírez me reconoció. Me dijo "otra vez aquí, mija" con una voz que me rompió más que cualquier diagnóstico.
Sebastián tenía las manos entrelazadas entre las rodillas. Los nudillos blancos.
—No había latido. Igual que la primera vez. Me hicieron el procedimiento el mismo día. Volví a este departamento, me acosté en esa cama y me quedé mirando el techo tres días sin moverme. —Hizo una pausa—. Andrés fue el que me encontró. Tocó la puerta, nadie abrió, convenció al casero de que le diera la llave. Me encontró deshidratada, sin comer, con los ojos abiertos mirando la mancha de humedad del techo.
—Valentina...
—Él me llevó al hospital. Me pusieron suero. Me mandaron al psiquiatra. Ahí empezó la paroxetina.
El silencio que siguió fue largo y pesado, como una losa que los dos estaban sosteniendo.
—Dos veces —dijo Sebastián—. Los dos eran míos. Y yo no estuve ninguna.
—No podías estar.
—Podía. Si hubiera contestado el teléfono una sola vez...
—No lo habrías sabido. Yo no te habría dicho.
—¿Por qué?
Valentina lo miró. Sus ojos estaban secos —ya no le quedaban lágrimas— pero había algo en ellos que era peor que el llanto: una calma que venía de haber tocado fondo tanto tiempo que el fondo se había convertido en suelo.
—Porque me convencí de que lo merecía. Que perder a los bebés era el castigo por no haber salvado a Lucía. Que si no pude proteger a tu hermana, no merecía traer hijos al mundo.
—Eso no es verdad.
—Ahora lo sé. Pero a los diecinueve, sola, sin padres, sin amigos excepto un chico de la UNAM que me encontró mirando un techo... no lo sabía.
Sebastián se levantó del sofá. Caminó hasta la silla de Valentina. Se arrodilló frente a ella —literalmente, rodillas en el piso, la cara a la altura de la suya— y la miró de una forma que Valentina no olvidaría nunca: como si la estuviera viendo por primera vez.
—Perdóname.
—Sebastián...
—Perdóname por no haber estado. Por no haber llamado. Por haber convertido mi dolor en tu castigo. Perdóname por cada informe que te mandé a rehacer, por cada mirada fría, por cada vez que pasé junto a tu escritorio y fingí que no existías.
Valentina le puso las manos en la cara. Las palmas contra sus mejillas, los pulgares bajo sus ojos, donde las ojeras marcaban surcos profundos. Lo sostuvo así, como se sostiene algo frágil que podría romperse si lo aprietas demasiado.
—Ya te perdoné —dijo—. Te perdoné antes de que me lo pidieras.
Sebastián cerró los ojos. Apoyó la frente contra la de ella. Se quedaron así un momento, frente a frente, con la respiración mezclada y el peso de cinco años aligerándose un gramo a la vez.
Después él se metió la mano al bolsillo del saco y sacó algo. Una cadena fina de oro con un colgante pequeño: un girasol. Los pétalos eran de esmalte amarillo y el centro era una piedra oscura que brillaba bajo la luz de la cocina.
—Esto era de Lucía —dijo Sebastián—. Se lo compré para su cumpleaños número dieciocho. Pero ella nunca se lo puso. Lo guardó en su cajón y escribió en un papelito: "Para Valentina, cuando Sebas se atreva a dárselo."
Valentina miró el collar. Los pétalos del girasol brillaban como pequeños soles.
—Lucía quería que lo tuvieras —continuó Sebastián—. Lo encontré entre sus cosas después del funeral. Lo guardé porque no estaba listo. Ahora... —Le desabrochó el cierre y le pasó la cadena alrededor del cuello—. Ahora estoy listo.
El metal estaba frío contra su piel. Valentina tocó el girasol con la punta de los dedos. Lucía había escrito su nombre en un papelito y lo había guardado junto al collar, esperando el día que nunca llegó. Esperando que su hermano dejara de tener miedo.
—Lucía lo sabía todo —dijo Valentina—. Desde el principio.
—Lucía siempre lo supo todo. Era la persona más inteligente de los tres.
Valentina rio. Un sonido corto, húmedo, que rompió la tensión como una ventana que se abre después de una tormenta.
El celular de Valentina sonó. Lo ignoró. Sonó otra vez.
—Contesta —dijo Sebastián—. Puede ser importante.
Era Lic. Ramírez.
—Señorita Reyes, buenas noticias. Daniela Ríos habló con su esposo. Él sabe todo. Y está con ella. —La voz del abogado temblaba con algo que podría haber sido emoción profesional—. Va a declarar. Tenemos a nuestra testigo.
Valentina cerró los ojos. Apretó el teléfono contra la oreja.
—¿Está seguro?
—Seguro. El esposo incluso quiere testificar sobre el impacto en la vida de Daniela. Vamos a presentar la evidencia la próxima semana. Esto cambia todo, señorita Reyes.
—Gracias, licenciado. Gracias.
Colgó. Miró a Sebastián.
—Daniela va a declarar. Tenemos testigo.
Sebastián asintió. Algo se movió en su expresión que Valentina no supo clasificar: alivio, orgullo, y debajo de todo, algo más oscuro —la certeza de que el caso que iba a reabrir también iba a desenterrar verdades que la familia Montero había sepultado con mucho cuidado.
—Bien —dijo—. Es lo correcto.
Se quedaron un momento más en la cocina. El collar de girasol brillaba en el cuello de Valentina. El té se había enfriado. La ciudad zumbaba afuera con su ruido de siempre.
Sebastián se puso de pie. Se abrochó el saco. Caminó hacia la puerta.
—Esa cadena nunca debió dejar tu cuello —dijo, sin voltear.
Después salió. Pero en el último segundo, antes de que la puerta se cerrara, se detuvo. Volteó. La miró.
Una mirada larga, de esas que dicen más que cualquier frase, que contienen todo lo que no se puede poner en palabras porque las palabras son demasiado pequeñas para ciertos sentimientos.
Luego cerró la puerta.
Valentina se quedó de pie en la cocina con el collar de Lucía contra el pecho y la certeza de que algo se había movido en el universo —una pieza que llevaba años fuera de lugar y que finalmente había encontrado dónde encajar.