Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 10 EL LUNES OTRA VEZ
El lunes volvió. Como siempre.
Pero nada era igual.
*7:58 AM. Piso 48.*
Ana entró primero.
Sacó gris. Rodete. Lentes.
La armadura. Pero esta vez ella eligió ponérsela.
Dmitri llegó 8:02 AM.
Traje azul marino. Afeitado. Ojos menos cansados.
Pasó a su lado.
—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo. Voz normal. Profesional.
—Buenos días, señor Volkov —dijo ella. Sin bajar la vista.
Nadie notó nada.
Irina sí. Les pasó el café a los dos y arqueó una ceja. Ana le sostuvo la mirada. No negó. No confirmó.
*11:30 AM. Intercom.*
—Asistente B. Mi oficina.
Entró.
Él estaba de pie. Puerta cerrada.
—Cierra —dijo.
Clic.
Se quedaron mirando. Tres metros. Como el jueves en el archivo.
—Estuve toda la noche pensando —dijo él—. No podemos escondernos. Y tampoco podemos hacerlo aquí.
Ana asintió. —Lo sé.
—Entonces —Dmitri caminó hasta ella—. Cenamos. Hoy. Fuera de esto. Sin trajes. Sin empresa. Solo nosotros.
—Señor... Dmitri —se corrigió ella—. Tengo miedo.
—Yo también —dijo honesto—. Pero tengo más miedo de no intentarlo.
Le tomó la mano. Por encima del escritorio. Un segundo.
—A las ocho. Te paso a buscar. Dime tu dirección otra vez.
—Vas a despedirme —dijo ella, medio en broma, medio en serio.
—No —dijo él—. Te voy a besar. Y después vemos qué hacemos con la empresa.
Ana se rió. Bajito. Nerviosa.
—Entendido, señor.
*8:03 PM. Frente a su edificio.*
Dmitri en auto negro. Sin chofer. Jeans. Camisa negra. Sin corbata.
Ana bajó.
Jeans. Suéter gris grande. Pelo suelto. Lentes puestos. Balerinas.
Normal. Ella.
Él se quedó mirando desde el auto.
Bajó la ventanilla.
—Te ves... —no terminó.
—¿Invisible? —dijo ella.
—No —dijo él—. Te ves tú.
Abrió la puerta.
*10:40 PM. Un bar chico. Lejos del centro.*
Sin velas. Sin mozos que los conocen. Solo cerveza y ruido bajo.
Hablaron. De verdad.
Él le contó de su padre. De por qué no confía en nadie.
Ella le contó de Masha. De por qué se esconde detrás de los lentes.
—Porque cuando no te ven —dijo ella—. No te pueden romper.
Dmitri le tomó la mano sobre la mesa. Sin soltarla.
—Yo te veo —dijo—. Y no pienso romperte.
Se quedaron así. Mucho tiempo.
*11:59 PM. Frente a su edificio otra vez.*
Él apagó el motor.
No se besaron. Todavía no.
—El lunes —dijo él—. Vuelves al piso 48. No al archivo.
—Lo sé —dijo ella.
—Y yo voy a ser tu jefe ocho horas al día —dijo—. Y después de las ocho... soy Dmitri.
Ana asintió. Se inclinó. Y le dio un beso. Corto. En la mejilla.
—Buenas noches, Dmitri.
Subió.
Él se quedó en el auto. Mirando su ventana encenderse en el tercer piso.
Y por primera vez en años, no volvió solo a una casa vacía.
*Martes. 8:00 AM. Piso 48.*
Todo igual. Todo distinto.
Él: —El informe Orlov. Para las diez.
Ella: —Sí, señor.
Y cuando pasó a dejarle los papeles, sus dedos se rozaron.
Nadie lo vio.
Pero los dos lo sintieron.
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