Ella comienza a tener sueños de otra vida.. y cuando reencarna, se da cuenta, que al parecer, esos sueños son ahora su propia vida.. así que decide cambiar su destino..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Atrapada
El carruaje de los Farrel ya esperaba afuera cuando Adele terminó de colocarse los guantes blancos.
Las doncellas caminaban de un lado a otro acomodando los últimos detalles mientras el ambiente de la mansión Roberts permanecía extrañamente silencioso.
Como si todos supieran que aquella despedida no era feliz.
Adele tomó aire lentamente antes de salir de la habitación.
El vestido rozaba suavemente el suelo a cada paso y el velo caía detrás de ella como una nube blanca.
Cuando llegó al salon principal encontró a su abuelo esperando.
El anciano levantó la vista apenas la vio.
Y por un momento…
Simplemente guardó silencio.
Porque Adele se veía exactamente como una noble destinada a convertirse en duquesa.
Hermosa.
Elegante.
Demasiado joven.
Y quizá por primera vez, el abuelo Roberts pareció entender realmente lo que había hecho.
Su expresión cambió lentamente.
Había orgullo.
Pero también culpa.
Mucha culpa.
—Estás hermosa… —murmuró finalmente.
Adele sostuvo su mirada sin responder de inmediato.
El anciano se acercó unos pasos más.
Y su voz se volvió más baja.
Más cansada.
—Adele… yo…
Se detuvo un momento antes de continuar..
—Perdóname por todo.
El salón quedó completamente en silencio.
Las doncellas bajaron discretamente la mirada.
Y Adele sintió algo extraño en el pecho.
Porque durante días había estado tan ocupada sobreviviendo que apenas había pensado realmente en el dolor de la antigua Adele.
Pero ahora…
Vestida de novia.
A punto de abandonar esa casa.
Lo entendía perfectamente.
La verdadera Adele probablemente había esperado toda su vida escuchar algo así.
Una disculpa.
Un arrepentimiento.
Aunque llegara demasiado tarde.
Adele observó al anciano en silencio durante unos segundos.
Y finalmente habló con honestidad.
—Si no hubiera tenido esas deudas… quizá yo habría podido escoger con quién casarme.
Las palabras golpearon al abuelo Roberts con más fuerza que cualquier grito.
Porque eran ciertas.
Dolorosamente ciertas.
El anciano bajó lentamente la mirada.
Y por primera vez desde que Adele despertó en ese mundo…
Pareció un hombre viejo de verdad.
Cansado.
Arrepentido.
Derrotado.
—Lo sé —dijo apenas.
Adele sintió un pequeño nudo en la garganta.
Porque odiaba lo que él había hecho.
Muchísimo.
Pero también entendía algo incómodo.
El abuelo no era un villano elegante como Irvin.
Era simplemente un hombre débil.
Un hombre egoísta que tomó decisiones horribles intentando salvarse.
Y esas personas a veces causaban incluso más daño.
Ella respiró lentamente.
—No sé si podré perdonarlo completamente.
El anciano cerró los ojos un instante.
—No te pediré eso.
El silencio volvió a llenar el vestíbulo.
Luego Adele acomodó suavemente el velo sobre sus hombros.
Y habló con calma.
—Pero voy a sobrevivir.
El abuelo levantó la vista nuevamente.
Y Adele sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Firme.
—Así que al menos intente vivir suficiente para sentir culpa muchos años más.
Por un segundo el anciano pareció sorprendido.
Y después…
Se rió.
Una risa cansada y triste.
—Definitivamente cambiaste, Adele.
Ella pensó inmediatamente..
[Si supieras cuánto.]
Pero no lo dijo.
Porque el sonido del carruaje esperando afuera le recordó algo importante.
Ya era hora.
Hora de ir a casarse con el duque inconsciente.
Definitivamente su vida seguía siendo absurda.
El carruaje avanzaba lentamente por los caminos de Sunderland mientras Adele permanecía sentada en silencio junto a la ventana.
El sonido de las ruedas sobre la piedra llenaba el interior del vehículo.
Monótono.
Pesado.
Adele observaba el paisaje pasar sin verlo realmente.
Los árboles.
Las calles.
Las enormes propiedades nobles a la distancia.
Todo parecía borroso.
Porque cuanto más se alejaba de la mansión Roberts…
Más real se volvía todo.
Sus manos descansaban sobre la falda blanca del vestido, apretando apenas la tela para intentar mantenerse tranquila.
Pero por dentro sentía un dolor extraño.
Uno profundo.
Silencioso.
Y de pronto pensó algo que la hizo sentir miserable.
[Realmente fui vendida.]
La idea apareció tan claramente en su mente que casi le costó respirar.
Porque no importaba cuánto intentara disfrazarlo.
No importaban los títulos nobles.
Ni el vestido hermoso.
Ni el carruaje elegante.
La realidad era sencilla y cruel.
Habían pagado dinero por ella.
La habían entregado para salvar deudas.
Y ahora iba camino a otra casa como parte de un acuerdo entre familias.
Adele tragó saliva con fuerza.
Sus ojos comenzaron a arder.
Quería llorar.
Muchísimo.
Quería dejar de actuar fuerte aunque fuera un momento.
Porque estaba cansada.
Cansada de tener miedo.
Cansada de fingir tranquilidad.
Cansada de tener que pensar constantemente cómo sobrevivir.
Y por un instante sintió una enorme tristeza por la antigua Adele.
Porque probablemente ella también había llorado durante este mismo trayecto.
Probablemente también se había sentido sola.
Adele giró lentamente el rostro hacia la ventana para que nadie pudiera verla bien.
El reflejo del vidrio le devolvió la imagen de una novia perfecta.
Hermosa.
Elegante.
Pero con los ojos brillando peligrosamente.
Apretó los labios.
[No.]
No iba a llorar.
No allí.
No frente a los Farrel.
No pensaba llegar destruida frente a la familia que literalmente la había comprado por su capacidad de tener hijos mágicos.
Respiró profundamente una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Intentando controlar el nudo en la garganta.
Porque aunque estuviera asustada…
Aunque se sintiera atrapada…
Todavía conservaba algo importante.
Su orgullo.
Y no permitiría que la vieran rota desde el primer día.
Adele cerró lentamente los ojos.
[Todo estará bien. O al menos… sobreviviré.]
Cuando volvió a abrirlos, la tristeza seguía ahí.
Pero ahora estaba más contenida.
Más ordenada.
Se acomodó cuidadosamente el velo y limpió discretamente la humedad que comenzaba a acumularse en sus ojos antes de que pudiera caer.
Entonces enderezó la espalda.
Como una verdadera noble.
Como una mujer que se negaba a derrumbarse.
Y justo en ese momento el carruaje comenzó a disminuir la velocidad.
Adele sintió cómo el corazón volvía a acelerarse.
Porque a través de la ventana ya podía verse a lo lejos la enorme mansión ducal Farrel.
Su nuevo hogar.
O su futura desgracia.
Todavía era demasiado pronto para saberlo.