Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 17 — ENCIERRO
Pasaron tres días.
Tres días en los que Elysia apenas vio a Aster. El príncipe se había encerrado en su despacho con sus consejeros, preparando los detalles del consejo conjunto, revisando documentos, enviando y recibiendo cartas. Las comidas le llegaban en bandejas que a menudo volvían intactas. Las velas de su torre ardían hasta el amanecer.
Elysia lo sabía porque, aunque no lo viera, preguntaba.
No por preocupación. Al menos, eso se decía a sí misma. Era su deber como comandante saber si su señor estaba comiendo, durmiendo, funcionando. Una herramienta no servía de nada si quien la empuñaba se derrumbaba.
—Otra bandeja que vuelve llena —comentó Lian una mañana, mientras se cruzaban en el pasillo—. El cocinero está ofendido.
—El cocinero siempre está ofendido.
—Sí, pero esta vez es personal. Dice que nadie rechaza su estofado de ciervo.
Elysia resopló. Lian sonrió de medio lado y siguió su camino.
Esa tarde, Elysia decidió que ya era suficiente.
Subió a la torre norte con una bandeja nueva —pan, queso, fruta, nada que necesitara calentarse— y llamó a la puerta del despacho. Nadie respondió. Llamó otra vez. Silencio. Dudó un instante, sopesando si era buena idea interrumpir a Aster sin permiso, y decidió que su deber como comandante incluía evitar que su señor se desmayara de inanición.
Empujó la puerta.
Aster estaba en su escritorio, inclinado sobre un montón de pergaminos. Pero no estaba solo. Sentado en una silla frente a él, con un tablero de ajedrez entre ambos, estaba un hombre mayor que Elysia no había visto nunca.
Era alto, de cabello gris recogido en una cola baja y barba cuidada. Vestía ropas sencillas pero de buena factura, y sus ojos oscuros tenían esa chispa de inteligencia que Elysia había aprendido a reconocer en los estrategas. Sobre el tablero, las piezas negras y blancas estaban en plena batalla.
Ambos la miraron al entrar.
—Comandante —dijo Aster, sin sorpresa—. Llega tarde.
—No sabía que tenía una cita.
—No la tiene. Pero siempre llega cuando la necesito. Es una costumbre que empiezo a apreciar.
Elysia no supo qué responder a eso. Dejó la bandeja en una mesa auxiliar y se quedó de pie, sin saber si debía retirarse o quedarse.
—Lord Valdemar —dijo Aster, señalando al hombre mayor—, le presento a mi comandante, Elysia.
Lord Valdemar inclinó la cabeza.
—He oído hablar de usted, comandante. Buenos informes. El príncipe Aster no suele elogiar a nadie, pero a usted la menciona con frecuencia.
Elysia parpadeó. Miró a Aster. Aster no la miraba. Estaba moviendo una pieza en el tablero.
—Es usted muy amable, lord Valdemar —dijo Elysia, sin saber muy bien qué hacer con la información de que Aster hablaba de ella.
—No soy amable. Soy sincero. La amabilidad es para los diplomáticos. Yo soy estratega.
—Lord Valdemar fue mi tutor cuando era niño —explicó Aster, todavía sin levantar la vista del tablero—. Me enseñó a jugar al ajedrez. Y a perder.
—Sobre todo a perder —añadió Valdemar, con una sonrisa—. Era un niño terrible. Quería ganar siempre. Cuando perdía, tiraba las piezas al suelo.
—Eso no es cierto.
—Es completamente cierto. Una vez me lanzó un peón a la cabeza.
—Tenía siete años.
—Y buena puntería.
Elysia sintió que una sonrisa le asomaba en los labios. Era la primera vez que oía a alguien hablar de Aster como un niño normal. Como un ser humano. No como el villano del mahwa, no como el príncipe frío que todos temían. Como un crío que lanzaba peones cuando perdía.
—¿Juega usted, comandante? —preguntó Valdemar, señalando el tablero.
—No muy bien.
—Eso dicen todos los que luego me ganan. Siéntese. Quiero ver algo.
Elysia dudó. Miró a Aster. Él asintió, casi imperceptiblemente.
Se sentó en una silla cercana. Valdemar recolocó las piezas y le cedió el turno de negras. Elysia estudió el tablero. No era una experta, pero en su vida anterior había jugado algunas partidas con compañeros del gimnasio. Lo suficiente para no hacer el ridículo.
Movió un peón. Valdemar arqueó una ceja. Aster observaba en silencio.
—Interesante —dijo Valdemar—. Una apertura conservadora, pero con potencial agresivo. ¿Sabe lo que significa eso?
—No.
—Significa que es usted una persona que prefiere observar antes de atacar. Pero cuando ataca, lo hace con decisión.
—¿Eso dice un movimiento de peón?
—Dice más de lo que usted cree.
Siguieron jugando. Elysia perdía, era evidente, pero se defendía. Valdemar comentaba cada movimiento con observaciones que parecían sacadas de un manual de psicología. Aster no decía nada, pero Elysia sentía su mirada sobre ella, evaluándola, como siempre.
—Jaque mate —anunció Valdemar al cabo de unos minutos.
—Era inevitable.
—Inevitable, sí. Pero ha durado más de lo que esperaba. —Se giró hacia Aster—. Me gusta. Es rápida. No se rinde. Y no tiene miedo de perder.
—Nunca lo ha tenido —dijo Aster, y Elysia notó algo en su tono. Algo que no era un cumplido, pero tampoco una crítica.
Valdemar se levantó con un leve crujido de huesos.
—Me retiro. Estos viejos huesos necesitan descanso. Comandante, ha sido un placer. Alteza, no olvide comer algo o tendré que decírselo a su madre.
—Mi madre está muerta.
—Precisamente. Imagínese lo que le diría si pudiera.
Valdemar salió del despacho con una sonrisa. La puerta se cerró tras él, dejando a Elysia y Aster solos.
—No sabía que tenías un tutor —dijo Elysia.
—Todo el mundo tiene un pasado, comandante. Incluso yo.
Se quedaron en silencio. Aster se levantó y fue hacia la ventana, su lugar favorito. La luz del atardecer le daba en el rostro, suavizando las líneas duras de su mandíbula.
—Valdemar me enseñó casi todo lo que sé —dijo, con una voz más baja de lo habitual—. Estrategia. Política. Cómo leer a las personas. Cómo saber cuándo atacar y cuándo retirarse.
—Y a jugar al ajedrez.
—Eso también. —Hizo una pausa—. Me enseñó que un rey no vale nada sin sus piezas. Que la reina es la más poderosa, pero también la más expuesta. Que los peones parecen insignificantes, pero pueden decidir una partida.
—¿Y qué soy yo? —preguntó Elysia, sin saber por qué lo hacía—. ¿Un peón?
Aster se giró. Sus ojos grises la miraron con una intensidad que le erizó la piel.
—No. Tú no eres un peón.
—¿Entonces?
—Eres la pieza que no esperaba. La que no encaja en ninguna casilla. La que no sé dónde colocar.
Elysia sintió que el corazón le daba un vuelco. No era una declaración. No era romántico. Pero era... algo. Algo que Aster nunca había dicho. Algo que quizá ni él mismo entendía.
—No sé si eso es bueno o malo —dijo ella.
—Yo tampoco. —Aster se apartó de la ventana—. Pero Valdemar me enseñó otra cosa: las piezas que no encajan son las que suelen cambiar el juego.
Se acercó a la mesa y tomó un trozo de pan de la bandeja que Elysia había traído. Dio un mordisco. Luego otro.
—El estofado estaba mejor —comentó, con la boca llena.
—Es lo que hay. La próxima vez baja al comedor como una persona normal.
—No soy una persona normal.
—Lo sé.
Se miraron. Y por un instante, Elysia vio algo en los ojos grises de Aster. No era frío. No era cálculo. Era cansancio. Un cansancio antiguo, que venía de lejos, de antes de que ella llegara a ese mundo.
—Debería dormir —dijo Elysia.
—Debería. —Aster dio otro mordisco al pan—. Pero no lo haré. El consejo está cerca. Mi hermano está cerca. Athena está cerca. No puedo permitirme dormir.
—No puede permitirse desmayarse en medio de una reunión.
—Eso también.
Elysia se levantó. No sabía qué más decir. No sabía cómo consolar a alguien como Aster, si es que alguien como Aster necesitaba consuelo.
—Si necesita algo... —empezó.
—Te llamaré.
—No. —Negó con la cabeza—. Si necesita algo, dilo. No me llame. No me envíe un mensajero. Dígamelo. A la cara. Como hace siempre.
Aster la miró. Y por un segundo, solo un segundo, la comisura de sus labios se movió. Ese casi-gesto que Elysia había aprendido a interpretar como una sonrisa.
—Lo tendré en cuenta.
Elysia asintió y salió del despacho. En el pasillo, se apoyó contra la pared y respiró hondo.
No era un peón. Era la pieza que no encajaba.
Y por primera vez, sintió que eso no era algo malo.