Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 2: La Boda
Capítulo 2: La boda
La boda fue al día siguiente. No hubo flores. No hubo invitados. No hubo música. Solo un juez de paz en la biblioteca de la mansión, dos testigos que eran empleados de Sebastián, y un silencio tan pesado que casi podía tocarse.
Yo vestí un traje blanco que él mandó a comprar esa mañana. Me quedaba perfecto. Como si me hubieran tomado las medidas años atrás. Eso me inquietó más de lo que debería.
— ¿Lista? —preguntó Sebastián sin mirarme.
Estaba a mi lado, frente al juez. También vestía de blanco. También estaba tenso. Pero no era la tensión de un novio feliz. Era la tensión de un hombre que está a punto de firmar una sentencia.
—No tengo opción —respondí.
—Ninguno de los dos.
El juez leyó las formalidades. Pronunciamos frases vacías. "Sí, acepto". "Sí, quiero". Mentiras envueltas en seda.
Cuando me puso el anillo, sus dedos rozaron los míos. Fue un segundo nada más, pero sentí un escalofrío que recorrió mi espalda hasta los pies. Él también lo sintió porque lo vi en sus ojos, pero no dijo nada.
—Puede besar a la novia —anunció el juez.
Sebastián dudó, por un instante vi algo humano en su rostro. No sé si era incomodidad. Quizás era miedo. Pero duró menos de un suspiro. Se inclinó y sus labios tocaron los míos. Fue un beso seco. Frío. Sin emoción. Sin embargo, algo en mí se quebró. Separó su rostro del mío, y me miró como si yo fuera un mueble más de su mansión.
—Bien —dijo—. Ya está hecho.
Ya está hecho. Tres palabras que lo cambiaban todo. Llegamos a la mansión al atardecer. La cena familiar estaba preparada en el comedor principal. Una mesa larga de caoba, cubierta con manteles blancos y vajilla de plata.
Sobre la mesa había seis copas de cristal y varias velas encendidas. También estaba ella. Elena Montes, madre de Sebastián. La mujer que más odiaba a mi hermana antes de que muriera. La mujer que me miró como si fuera basura, apenas crucé la puerta de la mansión.
—Así que usted es la nueva señora Montes —dijo, sin levantarse de la mesa—. La gemela de esa... bueno, no termino la frase por respeto a los presentes.
—Mamá —la interrumpió Sebastián con voz de advertencia.
— ¿Qué? Solo digo la verdad. Rebeca nos mintió a todos. Y ahora llega esta... señorita... con su carita de inocente a ocupar su lugar.
Me quedé de pie, sin saber qué responder. Mi vestido blanco ahora me parecía un disfraz. Mis manos sudaban. Mi corazón latía con fuerza.
—No vine a ocupar ningún lugar —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Vine a cumplir un contrato.
Elena soltó una risa amarga.
— ¿Contrato? ¿Eso le dijo mi hijo? Qué romántico.
Sebastián me tomó del brazo. No con cariño, sino con un gesto posesivo. Como si yo fuera un trofeo que le perteneciera.
—Siéntate —me ordenó.
Obedecí. La cena fue un suplicio. Elena no dejaba de hacer comentarios hirientes. Comparaba mi forma de comer con la de "mujeres decentes". Preguntaba por mi familia con un desprecio disimulado.
— ¿Y su madre? —Preguntó en un momento—. ¿Sigue viva o también ella... desapareció?
Sebastián golpeó la mesa con su copa.
—Suficiente.
Elena sonrió. Había logrado lo que quería: verme sufrir.
—Solo bromeaba, querido. Qué susceptible te has vuelto desde que te casaste, con la gemela de tu ex prometida muerta.
Esa noche después de la cena, subí a mi habitación. Era enorme. Una cama King sise, un balcón con vista al Jardín, un baño de mármol. Todo perfecto y todo falso. Me senté en la cama y por primera vez en todo el día dejé caer las lágrimas.
Pensé en mi madre. En su cama de hospital. En los cables que la mantienen con vida. Pensé en Nico. En su risa. En la promesa que le hice: "Mami vuelve pronto". Pensé en Rebeca. En la última vez que la vi. En su promesa: "Voy a destruir a los Montes, Camila. Y tú vas a ayudarme".
Y ahora estaba aquí, casada con el enemigo. Viviendo en la jaula dorada que mi hermana construyó para mí.
Un golpe en la puerta me sobresaltó.
— ¿Quién es?
Nadie respondió. La puerta se abrió lentamente y Sebastián entró. Cerró con llave.
—El contrato dice sin sexo —dijo, acercándose a mí con paso lento, firme, y peligroso—. Pero no dice nada sobre besos.
Me levanté de la cama. Mi espalda chocó contra la pared y él seguía acercándose.
—Sebastián... esto no es parte del acuerdo.
—Ya lo sé.
—Entonces...
—Entonces nada —susurró, tan cerca que sentí su aliento en mi mejilla—. Esta noche no hay contrato, Camila. Esta noche eres mi esposa de verdad.
Su mano tocó mi rostro con suavidad. Con una ternura que no esperaba. Y entonces me besó. No como en la boda. No como en el juzgado. Me besó como si me hubiera esperado toda la vida. Y yo, maldita sea, le correspondí.
__ Dale Like si sentiste el escalofrío cuando él le puso el anillo.
__ ¿Crees que esta boda puede convertirse en algo real?
__¿Qué opinas de Elena? Yo la odio.