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¿Alguna Vez Me Enamore?

¿Alguna Vez Me Enamore?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Escuela / Completas
Popularitas:547
Nilai: 5
nombre de autor: JESSE_SDV

Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.

NovelToon tiene autorización de JESSE_SDV para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 23

El sol de la mañana no se sentía igual que otros días. No era más cálido ni más brillante, pero para Mey, todo parecía haber cambiado. Caminaba por la vereda de tierra que llevaba al colegio con el estómago apretado. Cada paso se sentía pesado y liviano al mismo tiempo. Su mente repasaba una y otra vez lo que había pasado la noche anterior: el cielo estrellado, las palabras de Elian, la estrella fugaz… el beso.

“¿Y si hoy me mira raro? ¿Y si finge que nada pasó?”, se preguntaba mientras avanzaba, mirando al suelo. Se había peinado dos veces, cambiado de blusa otras tantas, e incluso revisó si tenía algo en los dientes antes de salir. No sabía por qué, pero quería verse… bien. Por si acaso.

Al llegar a la entrada del colegio, se cruzó con Dana, que la estaba esperando con una empanada a medio comer.

—¡Por fin! Pensé que te habías quedado dormida —dijo ella sin darse cuenta del nerviosismo en los ojos de su amiga.

Mey sonrió con disimulo, aunque sentía que el corazón le retumbaba. Sus ojos se movieron de inmediato por el patio buscando… y ahí estaba. Elian, apoyado contra una pared, con su mochila colgando de un hombro, hablando con Guillermo y los demás del grupo. Pero por un momento, sus ojos se cruzaron.

Fue rápido. Un segundo, tal vez menos. Pero ambos se miraron.

Elian bajó la mirada, y Mey sintió que el aire se le cortaba un poco. Dana seguía hablando sobre el examen de historia, pero su voz sonaba lejana.

—¿Estás bien? —le preguntó su amiga.

—Sí… solo dormí poco —respondió Mey.

La primera clase fue como una batalla de pensamientos silenciosos. Mey no se atrevía a mirar hacia donde estaba Elian, aunque sabía que él estaba a tres asientos a su derecha. En varios momentos sintió su mirada sobre ella, pero no volteó. Quería hacerlo, pero también le daba miedo. ¿Y si él se arrepentía? ¿Y si pensaba que había sido un error?

En el recreo, Elian se quedó en el pasillo, distraído, pateando piedritas con el pie. Estaba más callado que de costumbre. Guillermo lo empujó con el hombro.

—¿Y ahora qué te pasa? ¿No dormiste o qué?

—Nada… estoy cansado —dijo él, sin convencer ni a sí mismo.

—¿O estás enamorado? —bromeó otro del grupo, riendo con picardía.

Elian no respondió. Solo se encogió de hombros. No quería contarle a nadie. Sentía que el beso era algo que solo ellos dos entendían. Y no quería que lo convirtieran en chisme.

Al sonar el timbre de cambio de clase, Mey salió del aula a tomar agua. En el pasillo, sin esperarlo, se encontró cara a cara con Elian. Se detuvieron a un metro el uno del otro. Él fue el primero en hablar.

—Hola.

—Hola —respondió ella, bajando un poco la mirada.

—¿Dormiste bien? —preguntó él, nervioso, con una sonrisa forzada.

—Más o menos… —dijo ella—. ¿Tú?

—Yo… tampoco.

Hubo una pausa. Nadie más pasaba por el pasillo en ese momento. Solo ellos. El sonido de pasos en otras aulas parecía apagado, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Sobre lo de anoche… —comenzó Elian, pero Mey lo interrumpió con una leve sacudida de cabeza.

—No tienes que decir nada —murmuró, pero sus ojos brillaban con algo indefinible.

—Pero quiero —insistió él—. No fue un error, si eso estás pensando. Lo hice porque… me nacía. No planeaba que pasara, pero… me gustas, Mey.

Sus palabras cayeron como piedras suaves en el corazón de ella. No sabía si sonreír, correr o desaparecer.

—Yo tampoco lo esperaba —dijo, finalmente—. Pero… me gustó.

Elian sonrió. Fue una de esas sonrisas que no necesitan sonido. Una que se queda guardada.

—¿Podemos hablar después de clases? Sin estrellas, sin pretextos. Solo tú y yo —preguntó él.

—Sí —respondió ella.

Y luego se separaron, como si nada. Como si la conversación no hubiera ocurrido. Pero en el aire quedó ese hilo invisible que los mantenía conectados.

Durante el almuerzo, Dana se sentó frente a Mey como cada día, pero esta vez la observó con los ojos entrecerrados.

—Tú traes cara de algo… raro. ¿Estás escondiéndome algo?

Mey tragó un bocado de arroz y negó con la cabeza. Pero sonrió de forma involuntaria. Y Dana alzó las cejas.

—¡Ajá! ¿Qué pasó? ¿Con quién estuviste anoche?

—No pasó nada… —dijo Mey, pero no pudo evitar que el rubor le subiera por las mejillas.

—¡No me mientas! —dijo su amiga, escandalizada en broma—. ¡Con razón querías salir anoche! ¿Viste estrellas con alguien?

—Ya… después te cuento —susurró Mey, y ambas rieron bajito.

Las últimas horas del día pasaron lento. Mey miraba el reloj cada cinco minutos. Sabía que al salir, Elian la esperaría. No sabía qué dirían. No sabía si caminarían, si se sentarían en la plaza o si simplemente guardarían silencio. Pero sabía que lo esperaba.

Y así fue. Al salir del colegio, Elian estaba apoyado en la puerta, con las manos en los bolsillos. Al verla, caminó hacia ella con esa torpeza que lo hacía ver más real.

—¿Vamos? —dijo él.

—Vamos.

Caminaron sin decir mucho. La plaza estaba casi vacía. Se sentaron en una de las bancas de madera. El viento era suave, y el sol se filtraba entre las ramas.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —dijo Elian, mirando al frente—. Que no tratas de gustar. No te haces la interesante, no dices lo que todos esperan. Solo… eres tú.

Mey lo miró con sorpresa. Nadie le había dicho eso nunca.

—Yo pensaba que te caía mal —confesó—. Al principio no eras muy… amable.

—Estaba confundido. Nunca había sentido algo así —dijo él.

Hubo una pausa larga, tranquila. Ella jugaba con la cuerda de su mochila. Él miraba sus manos. No necesitaban más palabras.

—¿Y ahora qué somos? —preguntó Mey, en voz muy bajita.

Elian se giró hacia ella, tomándola de la mano por primera vez.

—Lo que tú quieras que seamos. Pero yo… quiero estar cerca de ti.

Mey sonrió. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola.

Esa noche, en su diario, Mey escribió:

“Hoy no hubo estrellas, pero igual sentí que el cielo estaba de nuestro lado.”

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