Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 3
Mi historia con Verónica es una mezcla indescriptible.
La conocí el mismo día que a Cristopher; éramos compañeros de la universidad y quedaba cerca del café donde Verónica estudiaba. Amábamos el lugar porque sus panecitos eran deliciosos. En el momento que se acercó a la mesa todos quedamos cautivados: Verónica tenía una belleza singular. Sin embargo, sus ojos se posaron en Cris. Así, todos nos hicimos a un lado.
Después comenzamos a frecuentar el lugar. Cristopher se sentaba horas a observarla hasta que por fin decidió declararle sus sentimientos, y ella lo aceptó. Era extraño verlo tan interesado en alguien, pero no presté atención a lo obvio. Yo me hice amigo de Vero; ella era una caja de sorpresas. Era torpe frente a Cris, pero ante los demás era ágil, hacía comentarios que nos dejaban hechizados.
错 No voy a negar que tuve pensamientos lujuriosos con Verónica. Y vamos, ella era sinigual. Pero era novia de Cris, un gran amigo. No mi mejor amigo, pero era un gran amigo.
Pero comenzamos a notar comportamientos extraños. Cuando íbamos con Cris, la vista de Verónica no se levantaba del piso. Él nos hacía comentarios como de no mirarla, que era su novia y que nosotros la deseábamos. Y así, nos fuimos alejando de él y de ella.
Pero uno nunca deja de ser terco. Yo quería a Verónica, y mucho; era una gran amiga. Sus consejos, la forma en la que veía la vida... Supimos que Cristopher dejó de frecuentar la cafetería. Sin embargo, nosotros íbamos. Vamos, nos gustaban los panes, y hablar con Vero siempre era entretenido.
A meses de terminar el semestre, Cris desapareció. Y fue cuando supimos la verdad. Los medios explotaron con un nuevo compromiso: las familias más influyentes unían a sus hijos en un matrimonio. Y allí estaba Cris.
Me alejé de la cafetería. No quería ver a Vero; sabía que estaría triste. Pero un día tomé valor y la visité. La habían despedido varios días atrás. Según me dijo una de sus compañeras, la noticia de la boda le había causado muchos problemas. Así que, como buen amigo, la visité en su casa. Una casa que conocíamos muy bien porque habíamos ido allí en muchas ocasiones; aquí Cristopher se olvidaba de que era de la alta sociedad y se mostraba como un joven más, un hombre que disfrutaba de las cosas sencillas de la vida. Pero esta vez la casa no se veía como la conocía.
Su padre me recibió en la puerta.
—Le ruego que me diga, ¿qué pasó con ese muchacho? ¿Por qué dejó a mi niña? —su padre estaba enojado; estoy más que seguro de que me golpearía con tal de saber la verdad.
—No sé, señor, son cosas que pasan. No puedo decirle por qué no ha venido a dar explicaciones, ¡cuando ni yo mismo sé por qué! —me sinceré.
—Ya sabemos que todos ustedes son iguales. Se aprovechan de jovencitas como mi hija y después las dejan para irse con las que de verdad les interesan —y tenía razón; muchos de los jóvenes de la alta sociedad enamoraban a chicas como Vero, se aprovechaban de ellas y las dejaban.
—Solo he venido a ver cómo está Verónica. Me enteré de la noticia hace poco y sé que no está bien. ¿Me permite verla? Le prometo que puedo ayudarla a subir su ánimo. Permítame.
Su padre me miró con cara de pocos amigos, pero aceptó.
La Vero que encontré no era la misma chica llena de vida. Con sus hermosos ojos grandes achicados de tanto llorar, estaba envuelta en una sábana y juraría que llevaba días sin darse un baño. Pero logré sacarla de allí.
—Vamos al parque para que tomes un poco de aire —Verónica asintió—. Tienes días sin bañarte, ¿verdad? —Siempre había sido sincero; no iba a cambiar mi forma de ser ahora.
Ella lo negó.
—Me bañé esta mañana —bajó la cabeza y, cuando volvió a mirarme, sus ojos brillaron—. ¿Crees que soy una cochina que no se baña? Tengo el corazón roto, pero no haría eso —yo solo me eché a reír. Había logrado que al menos lanzara sus comentarios.
—Invítame a una cerveza y pasaré tu falta de respeto —dijo.
—No creo que una cerveza sea lo que necesites. Un helado; el helado sube el ánimo.
—Sí, pero yo no quiero algo dulce. Quiero algo amargo que me quite esto que siento, Mark. ¿Cómo hizo algo así conmigo? —y comenzó a llorar. Suspiré. Sabía que era una locura, pero acepté llevarla por unas cervezas.
Cuando llegamos, Verónica sonrió.
—Nunca había venido aquí, gracias —y la seguí. Al entrar al lugar, se acercó a la barra.
Cuando iba por unas cinco cervezas le dije que era suficiente, que era momento de volver, pero ella me ignoró. Pidió música y comenzó a bailar. Yo le había prometido que la dejaría hacer lo que quisiera, pero ya había tomado mucho.
—Vero, es hora de volver a casa, vamos.
—No, no... a casa no. Llévame a otro lugar; si mis padres me ven así, mi papá me matará —decía entre hipos y llanto.
La había escuchado llorar por Cris, maldecirlo, decir que lo odiaba, que jamás amaría de nuevo. Bailé con ella, canté con ella, pero era hora de descansar. No quería que tuviera problemas con sus padres, así que un taxi nos llevó a un hotel. Era una locura, pero no la llevaría a la casa de mis padres, me matarían; así que un hotel era la mejor opción.
Verónica estaba tan mal que se quedó dormida en el baño. La tomé en mis brazos y comenzó a llorar; sabía que el alcohol estaba removiendo lo que trataba de ocultar. La acosté en la cama y ella tomó mi mano.
—No me dejes sola —lloró—. Por favor... duerme conmigo, ¿sí?
Estaba a punto de cometer el peor error de mi vida y, sin embargo, no me negué.
—Claro que sí, Vero. Ya me acuesto contigo, pero duerme, ¿sí? Tus padres me van a matar.
Me recosté con Verónica. Ella me abrazó y se quedó dormida por un momento. Pero, entrada la noche, el efecto del alcohol, la mezcla del calor corporal y el aroma de Verónica comenzaron a impregnarse en el lugar. Ella empezó a acariciar mi pecho y yo comencé a acariciar su espalda; nuestros labios se encontraron y todo se detonó. Una noche torpe al comienzo, desenfrenada al final. Cuando despertamos, estábamos desnudos y enredados el uno sobre el otro.
Un mes después nos enteramos de su embarazo. Todo fue una locura; ideas iban y venían, unas más locas que otras. Hasta que al final, con el apoyo de mis padres y los suyos, terminamos mudándonos de ciudad: yo a terminar mi carrera y Vero a analizar qué haría con su vida. Así comenzamos nuestra aventura que, con altos y bajos, nos ha mantenido unidos.
Ahora estamos aquí, frente al amor de su vida, quien mira a mis hijas con interés y a mí con odio. Pero si cree que le dejaré las cosas fáciles, está equivocado. Esta es mi familia, mis princesas y mi reina. Y no va a venir ningún usurpador a quitarme mi lugar.