Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 21: El día después de la tormenta
La mansión De Castro nunca había parecido tan silenciosa.
No era el silencio tenso de las amenazas.
Ni el silencio incómodo de los secretos.
Era un silencio diferente.
Uno que llegaba después de la batalla.
Después del miedo.
Después de la tormenta.
Y, sin embargo, para Fabián aquel silencio resultaba más difícil de soportar que cualquier enfrentamiento.
Porque ahora que Valeria estaba bajo custodia y el peligro parecía haber terminado, no tenía ninguna excusa para seguir escondiéndose detrás de su frialdad.
Ahora debía enfrentarse a algo mucho más complicado.
Sus propios sentimientos.
Débora despertó temprano aquella mañana.
Por primera vez en semanas no había pesadillas.
No había sobresaltos.
No había miedo.
Cuando abrió los ojos, la luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas.
Permaneció acostada unos minutos observando el techo.
Pensando.
Recordando.
Todo había cambiado tan rápido.
Meses atrás era una joven profesora que soñaba con comenzar una nueva vida.
Luego había descubierto que su hermano había destruido la herencia de sus padres.
Después había sido entregada como garantía de una deuda.
Y finalmente...
Había terminado enamorada del hombre que al principio creyó que sería su peor desgracia.
La vida tenía formas extrañas de escribir las historias.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
Y entonces alguien llamó a la puerta.
—¿Puedo pasar?
La voz de Fabián atravesó la madera.
Débora se incorporó inmediatamente.
—Sí.
La puerta se abrió.
Y por un instante ambos se quedaron observándose.
Todavía les ocurría.
Todavía existían momentos donde ninguno sabía exactamente qué decir.
Fabián fue el primero en romper el silencio.
—Matilde está preparando el desayuno.
—Eso suena normal.
—Es una novedad para esta casa.
Débora soltó una pequeña risa.
Y aquella simple risa hizo que algo se relajara dentro de Fabián.
Porque durante la noche anterior apenas había podido dormir.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba la habitación vacía.
La nota sobre la cama.
La posibilidad de no volver a verla jamás.
Y el simple recuerdo le revolvía el estómago.
—¿Qué pasa? —preguntó Débora.
Fabián tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Ella arqueó una ceja.
—Mentiroso.
Aquello provocó una sonrisa involuntaria en él.
Pequeña.
Pero real.
—Todavía estoy procesando algunas cosas.
—Yo también.
Silencio.
Débora bajó lentamente de la cama.
Y se acercó.
Lo suficiente para quedar frente a él.
—Ya terminó.
La frase era sencilla.
Pero ambos sabían que no hablaba solamente de Valeria.
Hablaba de todo.
De la deuda.
De la apuesta.
De las amenazas.
Del miedo.
Fabián la observó en silencio.
Luego levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de su rostro.
Un gesto simple.
Cariñoso.
Natural.
—Sí —respondió finalmente—. Ya terminó.
Pero en el fondo sabía que no era del todo cierto.
Porque aún quedaba algo pendiente.
Algo importante.
Más tarde, durante el desayuno, la mansión parecía otra.
Los empleados sonreían más.
Matilde iba y venía feliz por los pasillos.
Incluso el ambiente parecía más ligero.
—Señorita Débora, debería comer más.
—Estoy comiendo.
—Eso no cuenta.
—Matilde...
—Está demasiado flaca.
Débora soltó una carcajada.
Y por primera vez en mucho tiempo, Fabián observó aquella escena sin sentir el peso de ninguna preocupación.
Era extraña aquella sensación.
La tranquilidad.
Porque él había vivido tantos años rodeado de conflictos que ya casi había olvidado cómo se sentía la paz.
Hasta que Débora apareció.
Después del desayuno, ella decidió salir a caminar por los jardines.
Necesitaba pensar.
Necesitaba respirar.
Y sobre todo...
Necesitaba ordenar todo lo que había ocurrido.
Los rosales estaban floreciendo.
El viento era suave.
Y por primera vez desde que llegó a la mansión, aquel lugar ya no parecía una jaula.
Parecía un hogar.
—Pensativa.
Débora giró.
Fabián estaba detrás de ella.
—Un poco.
—¿Puedo saber por qué?
Ella sonrió.
—Estaba recordando la primera vez que llegué aquí.
Fabián hizo una mueca.
—No fue precisamente un buen comienzo.
—No.
Ella soltó una risa.
—Pensé que eras el hombre más arrogante del mundo.
—¿Pensaste?
—Lo sigo pensando algunas veces.
Fabián negó con la cabeza.
Y ambos comenzaron a caminar lentamente.
—Yo también tenía una opinión equivocada sobre ti.
—¿Ah sí?
—Sí.
Débora lo miró con curiosidad.
—Pensé que durarías una semana aquí.
—Qué amable.
—Intenté ser optimista.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
Y ambos terminaron riendo.
Aquella risa compartida duró apenas unos segundos.
Pero fue suficiente para que los dos comprendieran cuánto habían cambiado.
Porque meses atrás ninguno habría imaginado una escena así.
Ninguno.
Llegaron hasta el viejo mirador de la propiedad.
Un lugar desde donde podía verse casi toda la ciudad.
Y allí el silencio volvió.
Pero esta vez no era incómodo.
Era íntimo.
Débora apoyó los brazos sobre la barandilla.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que nunca te odié realmente.
Fabián giró la cabeza.
—¿No?
Ella negó.
—Lo intenté.
Aquello provocó una sonrisa en él.
—Yo tampoco.
Débora lo observó sorprendida.
—Eso es imposible.
—No.
Pausa.
—Lo intenté varias veces.
Ella soltó una carcajada.
—Y fracasaste.
—Terriblemente.
Sus miradas se encontraron.
Y durante varios segundos ninguno apartó los ojos.
Porque ahora ya no existían barreras.
Ni orgullo.
Ni miedo.
Solo ellos.
Y el amor que había nacido cuando ninguno estaba prestando atención.
—Débora.
La forma en que dijo su nombre hizo que el corazón de ella se acelerara.
—¿Sí?
Fabián guardó silencio unos segundos.
Como si estuviera reuniendo valor.
Algo extraño en un hombre como él.
—Hay algo que quiero hacer.
—¿Qué cosa?
Él sonrió apenas.
—Todavía no.
—Eso fue cruel.
—Lo sé.
Ella lo observó con sospecha.
—Estás planeando algo.
—Quizás.
—Fabián...
—Confía en mí.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Y Débora sintió que algo importante estaba por ocurrir.
No sabía qué.
Pero podía sentirlo.
Porque después de todo lo que habían vivido...
Después de la deuda.
Después de la traición.
Después de las balas.
Después de la venganza.
Después del miedo.
Finalmente había llegado el momento de pensar en el futuro.
Un futuro que ya no estaba marcado por las decisiones de otros.
Ni por apuestas.
Ni por obligaciones.
Un futuro construido por ellos mismos.
Y mientras el viento movía suavemente el cabello de Débora, Fabián la observó en silencio.
Guardando para sí las palabras que llevaba días preparando.
Las palabras que cambiarían sus vidas para siempre.
Porque por primera vez en muchos años...
Fabián de Castro estaba a punto de apostar algo más valioso que su fortuna.
Su corazón.