Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
NovelToon tiene autorización de Lily Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
22- La Media hermana
🔴ELENA
Siento la boca seca, camino en mi habitación de un lado a otro, miro esa invitación y la estrujo en mi mano. Cierro los ojos como si al abrirlos desapareciera.
Me siento usada, de formas que ningún ser humano debería ser usado.
"Nahuel y Silvina".
No me cabe en la cabeza.
Tantas promesas, tantas palabras dulces. Gasto saliva Nahuel, gasto tiempo.
Pero reflexionando, si ya estuvo con cientos de mujeres, podría ser que es un vil experto en seducir y caí en su red de la manera más idiota.
Me agarro vulnerable, se aprovechó de mi situación y de seguro ya sabia quien era, o eso creía.
"Es un maldito millonario que solo piensa en su beneficio económico" Pienso molesta, aunque en el fondo de mi corazón aun lo sigo eligiendo.
Miro las paredes cubiertas de un empapelado en tonos crema que hacen juego con las cortinas y la manta que cubre la cama, hasta la alfombra sobre la que camino descalza, ni observando a detalle logro recordar si esto a mí me gustaba.

Si solo pudiera recordar. Una señal. Una luz en el fondo del túnel. Solo eso pido.
No podía respirar. Me senté en la cama con la cartulina dorada entre los dedos.
“Compromiso de Nahuel Ibarra con la señorita Silvina Montenegro”.
La leí diez veces. Como si en la once fuera a decir otra cosa. Como si en la once dijera “mentira”.
Nahuel se casa. Con Silvina. El chico que me llevó al río. El que me agarró la mano y me dijo que se acordaba de mi helado de limón. El que me miró como si yo no fuera una NN, como si fuera Elena a secas.
Me lo repetía para adentro: se casa, se casa, se casa. Y cada vez me dolía más. Como si me clavaran un cuchillo y lo giraran.
Cerré los ojos. Traté de no pensar. De no sentir. De ser la mosquita muerta que dijo Silvina. La que no grita, la que no jode, la que acepta.
No pude. Porque soy humana. Aunque no tenga nombre. Aunque el ADN diga 0%.
Estaba tan metida en mi pelea mental que no escuché los pasos. Solo el portazo.
La puerta se abrió de un golpe contra la pared. El sonido me asusto. Me paré de un salto, con el corazón en la boca.
La puerta dos veces choco de manera brusca contra la pared y aparece la figura de una chica rubia con ojos verdes desorvitados y puños cerrados.
Sus ojos verdes inyectados de sangre, de rabia, de veneno. Vestido caro, roto en el ruedo. Barro en los zapatos. Pelo enredado.
—¡Maldita arpía! —gritó, y la voz me raspó los tímpanos—. ¡Debías morir! ¡Yo debo casarme con Daniel, no vos!
Se me vino encima. Con las manos como garras, con las uñas largas, directo a la cara. Por reflejo me cubrí. Me agachó la cabeza. Me tiró el pelo.
—¡Pará! —grité—. ¿Quién sos?
Se rió. Loca. Desquiciada.
—¿No me conocés, no? ¡Claro que no! ¡Te borraron la memoria no para que te quedaras con todo! ¡Con mi casa, con mi papá, con mi novio! ¡Sino para que desaparezcas de la faz de la tierra!
Y ahí entendí. La cara. Los ojos verdes. Los mismos de la foto que hay en el escritorio de papá, la que da vuelta cuando entro. La misma boca de la que me habló Rosita una vez, bajito: “La señorita… La otra… La que se fue cuando el patrón entró en coma”.
—Vos… —susurré—. Vos sos… Mi media hermana.
Se frenó un segundo. Sorprendida de que la nombrara. Después volvió a gritar.
—¡Soy Luciana Duarte! ¡La hija de verdad! ¡Y vos me robaste todo!
Se me volvió a tirar encima. Esta vez le atajé las manos. Tenía fuerza. Fuerza de loca, de desesperada, de cinco meses viviendo quién sabe dónde.
—¡Ustedes abandonaron a papá! —le grité, y no sé de dónde me salió la voz—. ¡Vos y tu mamá! ¡Lo dejaron en coma y se fueron! ¡No volvieron nunca!
Luciana forcejeó. Me arañó la muñeca. Me salió sangre.
—¡Mentira! —chilló—. ¡Nos fuimos porque nos amenazaron! ¡Porque si no nos íbamos, nos mataban!
—¡¿A quién? !—grité, empujándola—. ¿Quién las amenazó?
—¡Yo debo casarme con Daniel! —siguió, como si no me escuchara, como si tuviera un disco rayado—. ¡Ese era mi casamiento! ¡Mi empresa! ¡Mi vida! ¡Y vos apareciste de la nada y me la robaste!
Me empujó contra el ropero. El golpe me sacó el aire. Me agarró del cuello. No para ahorcarme. Para sacudirme.
—¡Debías morir en ese auto! —gritó—. ¡En la ruta! ¡Como mamá quería!
Y ahí pasó. El grito. La presión en el cuello. El olor a perfume caro mezclado con nafta.
Flashback
Estoy en un auto. De noche. Atrás. Alguien maneja. Una mujer. Rubia. La madrastra. Adelante, Luciana. Gritando. La misma cara. Los mismos ojos verdes inyectados.
—¡Callate de una vez, estúpida! —grita Luciana, y se da vuelta para pegarme—. ¡Por tu culpa papá no me dio el vestido! ¡Por tu culpa Daniel no me mira!
—¡Basta, Luciana! —grita la madrastra desde el volante—. ¡La vamos a llevar al internado y listo! ¡Conozco a uno que trabaja en el psiquiátrico! ¡La declaramos loca y se acabó! ¡Nadie le va a creer a una loquita sin memoria!
Pelean. La madrastra me mira por el espejo. Yo grito. Luciana me tira del pelo. El auto se va. Luces. Bocina. Golpe.
Fin del Flashback
Volví. De golpe. A mi cuarto. Con las manos de Luciana en mi cuello y con la memoria sangrando.
—¡Ramiro! —grité, sin querer—. ¡Era Ramiro!
Luciana se frenó. Por un segundo. Confundida.
—¿Qué?
—Ramiro —repetí, y las piezas encajaron como un rompecabezas de mierda—. El enfermero. El que me daba las pastillas. El que me decía “tranquila, nena, esto es para que no te duela la cabeza”. Él trabajaba en el psiquiátrico. Tu mamá lo conocía. Por eso sabía qué darme. Para que olvidara. Para que no hablara. Para mantenerme tranquila hasta que me declararan loca.
Luciana me soltó. Dio un paso atrás. Con miedo. No de mí. De lo que dije.
—No… No sé de qué hablás —tartamudeó.
—¡Sí sabés! —me le fui encima ahora yo—. ¡Vos estabas ahí! ¡En el auto! ¡Vos me pegaste! ¡Vos querías que desapareciera para casarte con Daniel! ¡Para quedarte con todo!
Me levantó la mano. Para pegarme otra vez. No llegó.
La puerta se abrió de nuevo. Sin golpe. Pero con fuerza.
Germán.
Miro con sorpresa, con cara de no haber dormido, con una llave inglesa en la mano. La que usan para arreglar la caldera. La que usó mi abuelo una vez contra Octavio.
—¡Separen! —rugió, y se metió en el medio.
Nos agarró a las dos. A mí del brazo, suave. A ella del pelo, sin suavidad. Nos despegó.
—¡Soltame! —gritó Luciana, y en un segundo cambió. La cara de loca se le fue. Puso cara de nena. De víctima. De las que usaba para que papá le comprara carteras—. ¡Tío, tío, por favor! ¡Ella me atacó! ¡Yo solo vine a ver a papá!
Se largó a llorar. Lágrimas grandes, falsas, ensayadas. Se dejó caer al piso. Temblando.
—El señor Octavio… —Le dio hipó, y se abrazó sola—. El señor Octavio encerró a mi mamá en un manicomio. Dijo que estaba loca. Que si hablaba, la mataba. A mí me tuvo lejos, en el campo. En la estancia de los Montenegro, encerrada. Apenas logré escapar hoy. Vine caminando. Por la ruta. Para avisarle a papá. Para salvarlo.
Me quedé dura. Mirando. Porque actuaba bien. Tan bien que por un segundo dudé de mi memoria. De la escena del auto. De Ramiro.
—Fue don Octavio —siguió, entre sollozos, mirando a Germán con ojos de perrito mojado—. Él nos obligó a irnos cuando papá entró en coma. Dijo que si no nos íbamos, nos mataba. Que la empresa era de él ahora. Que no podíamos hacer nada. Yo quise volver, tío. Te juro. Pero me tenían vigilada. Hoy me escapé. Por papá. Por ustedes.
Germán no dijo nada. La miraba. A ella. Después a mí. A mi muñeca sangrando. A mi pelo tirado en el piso.
—¿Es verdad eso? —me preguntó a mí. Bajito—. ¿Lo del auto? ¿Lo de Ramiro?
Asentí. No hablé. Porque si hablaba, vomitaba.
Germán cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, no miraba a Luciana. Me miraba a mí.
—Andá con tu papá —me dijo—. Ya. Cerrá la puerta con llave. No abras hasta que yo vaya.
—¿Y ella? —pregunté, señalando el bulto llorando en el piso.
—De ella me encargo yo —dijo, y la voz le salió de hielo—. Octavio la encerró, dice. Vamos a ver si es verdad. O si se encerró sola después de intentar matarte.
Salí. Corriendo. Con el corazón en la boca y con la memoria abierta, sangrando recuerdos.
Cerré la puerta de papá. Con llave. Dos vueltas.
Él estaba en la cama, con el camisón, leyendo. Levantó la vista. Me vio la muñeca. El pelo. La cara.
—¿Qué pasó? —se paró de golpe.
—Volvió —dije, y se me quebró la voz—. Luciana volvió, papá. Y me acuerdo. Me acuerdo del auto. De la madrastra. De Ramiro. Me quisieron declarar loca.
Papá no dijo nada. Me abrazó. Fuerte. Como no me abrazó en cinco meses.
—Ya está —susurró—. Ya estás en casa, Elena. Y de acá no te saca nadie. Ni tu hermana. Ni Octavio. Ni Dios.
Afuera, se escuchaban los gritos de Luciana. Y la voz de Germán, fría, cortante:
“A mí no me mentís, nena. Yo te cambié los pañales. Yo sé cuándo estás actuando”.
Me apreté contra papá. A pesar de mi edad y con un nombre que todavía no era mío. Pero con una memoria que empezaba a volver.
Y con una guerra que acababa de empezar. Otra vez.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓