Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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23- Prueba de vestido
🔵DANIEL
Estos dias trate de enfocarme en mi trabajo y asi no pensar en todo lo que me atormenta. Hasta que mi padre me recordo que debia llevar a Elena para la prueba de vestido.
Pasé a buscar a Elena para la prueba de vestido. Orden de Germán. Orden de mi viejo. Orden del infierno.
Suspiro pesado, si esto es dificil para mi, mucho peor debe ser para Elena que no recuerda nada aún.
La vi como bajó por la escalera de la entrada despacio. Vestido celeste, simple. Pelo suelto. Sin joyas. Y con la muñeca derecha vendada, de la palma al codo. Venda blanca, limpia, recién puesta.
Se me cerró el estómago.
—Hola —dijo, bajito. Como si pidiera permiso para existir.
—Hola —abrí la puerta del acompañante—. ¿Qué te pasó en la mano?
Se miró la venda. Dudó. Después se encogió de hombros.
—Nada —contestó—. Me caí. En la biblioteca.
Mentía. Mal. Se le nota cuando miente: se muerde el labio de abajo, igual que hace Camila cuando no quiere decirme que mi vieja la llamó.
No insistí. No podía. No con Camila en mi cabeza, con la ecografía en mi guantera y con el “prometido de Elena Duarte” que me gritó mi viejo ayer en el consultorio.
Arranqué. Silencio. Ella miraba por la ventana. Yo miraba el volante. Los dos mirábamos cualquier lado menos al otro.
Le envie un mensaje a German preguntandole que le paso a Elena y al segundo me respondio una sola palabra "Luciana". Al leer el nombre me cerro todo, su media hermana apareció y la atacó, como lo hizo antes, cuando supo que Elena era la elegida para casarse conmigo y no ella, porque Elena es la hija biológica de Duarte y Luciana no.
A las cinco cuadras Elena no aguantó.
—Decime algo —soltó, de golpe—. De todo esto. Ya sé que es solo por negocios, Daniel. Germán me contó. Tres años o hasta que la empresa suba en la bolsa. No soy tonta. Pero necesito saber la verdad.
Me costó tragar.
—¿Qué verdad? —pregunté, haciéndome el boludo.
—Nahuel —dijo, y el nombre le salió roto—. ¿Se casa? ¿De verdad se casa con Silvina? ¿O es como dijo Germán, que es solo una cena para aparentar?
Apreté el volante. Porque yo sabía. Porque Nahuel me lo dijo ayer en el consultorio, antes de que mi viejo entrara a cagarme la vida: “Mi abuelo ya armó la fiesta. Con prensa y todo. Me quiere casar a la fuerza”.
Iba a contestar. Iba a decirle que sí, que se casa, que Octavio no perdona, que los Ibarra no eligen.
No llegué.
Frené en el semáforo de Casa López, la casa de novias más cara de Formosa. Y ahí estaban. En la vereda. Bajo el toldo.
Nahuel. Con camisa negra, con cara de funeral. Y Silvina. De rojo, colgada de su brazo, con bolsas en la otra mano y con la sonrisa de víbora que usa cuando gana.
El mundo es chico. Y una mierda.
Silvina nos vio primero. Se le iluminaron los ojos. Le dijo algo a Nahuel al oído. Él no contestó. Tenía la vista clavada en el piso.
Estacioné. Porque no me quedaba otra. Porque Elena ya había abierto la puerta.
Bajamos. Los cuatro en la vereda. Dos y dos. Como un duelo.
—Miren quién llegó —cantó Silvina, y se le colgó más a Nahuel—. La mosquita muerta y el doctorcito. ¿Vienen a elegir mortaja?
Elena no contestó. Se quedó al lado mío, con la venda apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
—Silvina —dije yo, seco—. No empieces.
—¡Ay, sí! —se rió, y le pasó una mano por el pecho a Nahuel—. Casi me olvido. Tengo que contarte, Elena. Me caso con Nahuel. El mes que viene. En la estancia. Con trescientos invitados. ¿Te llegó la invitación? Capaz tu “papá” la rompió para que no llores.
Le refregó la alianza que todavía no tenía. Un anillo de oro en el dedo, nuevo, brillando.
—Para mí fuiste un juguete —siguió, y le apuntó con el dedo—. Un entretenimiento de verano para Nahuel. Se aburrió. Ahora vuelve con la dueña. Con la que sí tiene apellido.
Vi cómo Elena se mordía el labio. Cómo se le llenaban los ojos de agua. Cómo aguantaba para no llorar en la vereda.
Se me rompió algo adentro. No por negocios. No por San Rafael. Por ella. Por la piba que me miraba a las tres de la mañana en la clínica cuando no se acordaba ni de su nombre.
Di un paso adelante. Le agarré la mano. La sana. La que no tenía venda. La apreté fuerte.
—Dejá en paz a mi prometida, Silvina —dije, y la voz me salió de algún lugar que no conocía—. Ya tuviste tu show. Andate.
El silencio fue de un segundo. Pero pesó una tonelada.
Silvina abrió la boca. Después los ojos. Después se rió. Como una hiena.
—¿Prometida? —escupió—. ¿En serio, Daniel? ¿Te conformás con cosas de segunda mano? ¿Con la que usó Nahuel y tiró? Porque Elena fue usada, por si no te avisaron. Por él —señaló a Nahuel—, por Jerardo, por Germán. Por todos. Menos por vos. Vos sos el último orejón del tarro.
Me midió de arriba abajo. Con asco.
—Y vos no tenés grandes expectativas, doctorcito —siguió—. Hijo de San Rafael, sí. Pero sos un cagón. Un titere de tu viejo. ¿Qué podés ofrecerle? ¿Guardias de hospital? ¿Un sueldo?
La sangre me subió a la cara. Pero no por mí. Por Elena, que tenía la mano helada en la mía. Por Camila, que estaba en mi casa con ocho semanas de embarazo. Por Nahuel, que no decía nada.
—Si yo no tengo grandes expectativas —le contesté, y sonreí sin ganas—, ¿qué le queda a Nahuel al tenerte a vos? Si a vos te llaman ojota en todo Formosa, Silvina. Porque te ponen parada y te agarran de atrás. ¿O te olvidaste de Resistencia? ¿De Posadas? ¿De los boliches?
Le pegué donde más le duele. En el orgullo. En la fama.
Se puso blanca. Después roja. Después morada.
Nahuel por fin reaccionó. Se veía incómodo desde que llegamos. Ahora apretaba los puños. Con los nudillos blancos. Con la mandíbula trabada.
—¡Basta, Silvina! —gritó, y la agarró del brazo—. ¡La terminás ya! ¡Me tenés podrido!
Ella lo miró. Y en un segundo pasó de víbora a víctima. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Falsas. Ensayadas. Las que usa con Octavio.
—Nahuel… —sollozó, y se le colgó del cuello—. Me está insultando. A tu futura esposa. ¿Vas a dejar que me trate así?
Nahuel la sacó de encima. Con asco. Con rabia.
—No —dijo, y me miró a mí. No a Elena. A mí—. No voy a dejar que nadie te trate así, Daniel. Ni a vos, ni a…
No terminó. No dijo “Elena”. No pudo. O no quiso.
Dio media vuelta. Se metió en Casa López dando un portazo. Vidrio y todo.
—¡Nahuel! —gritó Silvina, corriendo atrás—. ¡ Vas a elegír el vestido! ¡Nahuel!
La puerta se cerró. Nos dejaron afuera. A los dos. Uno escapando, la otra corriendo atrás.
Y Elena se quedó al lado mío. Con la mano todavía en la mía. Con los ojos en la puerta por donde se fue Nahuel. Triste. Rota. Porque él no la defendió. Porque él no dijo su nombre. Porque él gritó para callar a Silvina, no para defenderla a ella.
—Vámonos —susurró—. No quiero el vestido. No quiero nada.
La miré. Se veia joven, bella. Me reproche por mirarla. Es la mina que ama mi mejor amigo. Es la mina que ama a Nahuel. Y yo viendola bella, aunque no se podia impedir, Elena es realmente bella asi como es sin adornos, ni maquillaje. Y mas me reprobaba por mirarla porque ahora ella carga con el mundo encima. Con una media hermana que le pegó, con un ADN que dice 0%, con un prometido que no eligió y con el pibe que ama casándose con otra.
—Elena —empecé.
—No —me soltó la mano—. No digas nada, Daniel. Ya entendí. Todo es por negocios. Vos, yo, Nahuel, Silvina. Todos somos contratos. Con piernas.
Se fue caminando sola hasta el auto. Se subió. Cerró la puerta.
Yo me quedé en la vereda. Con 28 años, con dos minas en la cabeza y con mi mejor amigo odiándome.
Adentro del local, se escuchaban los gritos de Silvina. Y el silencio de Nahuel.
Arranqué el auto. No fuimos a la prueba de vestido. La llevé a la casa. En silencio. Todo el camino.
Cuando bajó, no me miró.
—Gracias por defenderme —dijo, con la mano en la puerta—. Aunque sea mentira.
—Elena…
—Es mentira, ¿no? —me cortó—. Lo de prometida. Lo de cuidarme. Es por tu viejo. Por la bolsa. Por San Rafael.
No contesté. Porque si decía que sí, era un hijo de puta. Si decía que no, le mentía a Camila. Y yo ya estaba harto de mentir.
Cerró la puerta. No esperó respuesta.
Me quedé ahí. Con el motor prendido. Con la ecografía en la guantera. Con el apellido San Rafael en la espalda.
Y con la certeza de que hoy perdí a tres personas en una vereda: a Camila, cuando no la defendí con mi viejo. A Nahuel, cuando no le dije que Elena era mía por contrato. Y a Elena, cuando no le dije que, contrato o no, no quería que llorara más.