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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Humos, cedro y la adrenalina de la verdad

Conseguir la orden de registro para la casa de los Méndez fue una batalla legal de tres días. Sandra tuvo que pelear cada milímetro frente al juez, usando la inconsistencia de la sombra en la foto (gracias al ojo de Diego) y el nuevo testimonio de Lucía. Finalmente, a las 8:00 a. m. del jueves, Galvis le entregó el documento firmado.

—Tienes cuatro horas, Bautista —dijo Galvis, ajustándose los lentes—. Ve con García. Y si encuentran algo, no toquen nada sin que llegue la policía científica.

Sandra asintió, con el corazón latiéndole en la garganta. Julián la esperaba en el estacionamiento. Cuando subió al auto, él le pasó un vaso de su café de especialidad.

—Para la abogada que acaba de mover montañas —dijo él, con una sonrisa que le llegaba a los ojos.

El viaje a las Lomas fue en un silencio cómodo, cargado de una anticipación eléctrica. La casa de los Méndez era una mansión moderna de concreto y cristal, ahora precintada con cintas amarillas de la policía. Al entrar, el aire estaba viciado, oliendo a polvo y a un perfume caro y rancio que impregnaba las cortinas.

—El estudio está al fondo del pasillo —dijo Sandra, consultando los planos que Lucía le había dibujado en la prisión.

Caminaron por el pasillo de mármol. Sus pasos resonaban en el vacío. Al entrar al estudio, Sandra sintió un escalofrío. Era una habitación oscura, con estanterías de madera oscura y un escritorio enorme. En una esquina, sobre una mesa auxiliar, estaba el humidor de cedro.

Julián se acercó, poniéndose unos guantes de látex que había traído. —¿Este es?

—Sí —dijo Sandra, acercándose. Su mano temblaba un poco. Julián lo notó.

Él no le quitó el guante ni la empujó. Simplemente se paró a su lado, su hombro rozando el de ella, transmitiéndole una calma sólida. —Tú ábrelo, Sandra. Es tu caso.

Sandra respiró hondo. Levantó la tapa de cristal del humidor. El olor a cedro y tabaco la golpeó. Dentro había varios paquetes de puros caros. Sandra miró el fondo. El fondo falso, había dicho Lucía.

Sandra presionó las esquinas de la base de madera. Nada. Presionó el centro. Nada. Frunció el ceño, frustrada. —No... no se mueve.

Julián se inclinó. Su rostro quedó a centímetros del de ella. Sandra pudo sentir su respiración, el calor de su cuerpo. —Prueba deslizando la base hacia la izquierda —susurró él, su voz grave vibrando en el silencio de la habitación—. A veces los mecanismos de fricción...

Sandra deslizó la base de madera hacia la izquierda. Se escuchó un clic suave. El fondo se levantó, revelando un compartimento oculto.

Dentro había una libreta de cuero negra, un teléfono celular viejo (un "burner phone") y un sobre manila.

Sandra soltó un jadeo. —Dios mío. Lo encontramos.

Julián sonrió y, en la excitación del momento, su mano buscó la de Sandra. Sus dedos se entrelazaron sobre la madera del humidor. El contacto fue eléctrico. Sandra levantó la vista. Julián la miraba con una intensidad que le quitó el aliento. No era la mirada del jefe. Era la mirada de un hombre que estaba profundamente orgulloso de la mujer que tenía enfrente.

—Lo hiciste, Sandra —murmuró él, apretando suavemente su mano—. Eres brillante.

Sandra sintió que el mundo se detenía. El olor a cedro, el silencio de la casa, el calor de la mano de Julián. Por un segundo, su cerebro de inseguridad intentó activarse: No es para ti, es la adrenalina del caso. Pero Julián le sostuvo la mirada, como si pudiera leer sus pensamientos, y le dijo sin palabras: Sí eres para mí.

Sandra tragó saliva, retirando su mano suavemente, aunque su piel seguía ardiendo. —Tenemos... tenemos que llamar a la policía científica.

—Claro —dijo Julián, soltándola y sacando su teléfono, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo normal.

Tres horas después, Sandra llegó al departamento en la colonia Roma. Estaba exhausta, con el cabello rojo cayendo en mechones sobre su rostro y el blazer arrugado.

Al abrir la puerta, el olor a sopa de fideo y pan tostado la envolvió. Diego estaba en la cocina, con su delantal ridículo, moviendo una olla. Al verla, sonrió, pero sus ojos oscuros se clavaron en ella con una intensidad analítica.

—Llegas tarde —dijo él, apagando la estufa—. ¿Encontraron algo en la casa del muerto?

Sandra se dejó caer en la barra de la cocina, suspirando. —Sí. Un humidor con fondo falso. Había una libreta y un teléfono. La policía científica ya los tiene. Diego, creo que vamos a ganar. Creo que voy a sacar a Lucía de ahí.

Diego le sirvió un plato de sopa y se sentó frente a ella. —Lo sabía. Eres imparable, San.

Sandra tomó la cuchara, mirando a Diego. Pensó en la mano de Julián sobre la suya en el estudio. Pensó en la adrenalina, en la validación intelectual, en la forma en que Julián la hacía sentir que podía conquistar el mundo. Era embriagador. Era nuevo.

Pero luego miró a Diego. Miró sus manos, que sabían exactamente cómo cortarle la pasta. Miró su cabello despeinado, su camiseta gris, la forma en que le había preparado sopa de fideo porque sabía que a ella le reconfortaba el estómago cuando estaba estresada.

Con Julián, Sandra sentía que volaba. Pero al llegar a casa y ver a Diego, se dio cuenta de que volar era agotador. Y que, a veces, solo quería aterrizar.

—Gracias, Diego —murmuró ella, tomando un sorbo de la sopa. Estaba perfecta.

—¿Por qué? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—Por la sopa. Por esperarme. Por... estar aquí.

Diego la miró en silencio. Sus ojos se suavizaron y, por un segundo, la máscara de "mejor amigo" cayó, dejando ver al hombre que la amaba en silencio. —Siempre voy a estar aquí, San. Siempre.

Sandra bajó la mirada a su plato, con el corazón apretado. Siempre, pensó. ¿Pero a qué costo, Diego? ¿A qué costo para ti?

Más tarde, ya en la soledad de su habitación, Sandra se dejó caer sobre la cama, todavía con el sabor del cedro y el perfume de Julián en la piel. Su teléfono vibró en la mesita de noche. Era un mensaje de Julián.

"Hoy fue un gran día, Sandra. Descansa. Mañana seguimos cambiando el mundo. - J"

Ella sonrió, sintiendo ese cosquilleo de la ambición y el romance incipiente. Pero al levantar la vista, vio su puerta entreabierta y escuchó el suave sonido de Diego lavando los platos en la cocina, cuidando de no hacer ruido para no despertarla.

Julián le había dado alas, sí. Le había enseñado a volar alto y a tocar el cielo. Pero mientras escuchaba el tintineo de la vajilla y el agua corriendo, Sandra se dio cuenta de una verdad absoluta: las alas no servían de nada si no tenías un lugar seguro donde aterrizar. Y su lugar seguro, con sus manos callosas, su cabello despeinado y su corazón gigante, estaba justo al otro lado de la pared.

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