📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
NovelToon tiene autorización de rosse 345 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: El peso del sueño y un bolsillo que quema
El estruendo de la fábrica hoy me taladra los oídos. El taca-taca-taca rítmico de las máquinas de coser suena más fuerte que nunca, y mis párpados pesan como si estuvieran hechos de plomo. Apenas he dormido tres horas, y cada vez que parpadeo, la imagen de la nota de cuadros aparece grabada en el reverso de mis ojos.
«Concéntrate, Emma. Una mala costura y arruinas el lote completo», me repito mentalmente mientras guío el cuero bajo la aguja. Pero es inútil. Mi mente es un disco rayado que solo reproduce una imagen: una pantalla de Instagram y un nombre que empieza por J.
«De verdad pareces tonta, Emma», me regaño en silencio, sintiendo un nudo de frustración en la garganta. «Ida en tus pensamientos por un fantasma del pasado mientras tienes el trabajo acumulado. Madura de una vez».
De repente, siento una vibración contra mi muslo. Bzzzz. Bzzzz.
El teléfono en mi bolsillo parece haber cobrado vida propia. El corazón me da un vuelco tan violento que pierdo el ritmo del pedal por un segundo. Sé que es él. Tiene que ser él. Mi mano derecha se mueve por puro instinto hacia el bolsillo, ansiosa por leer aunque sea una palabra, pero me detengo en seco al ver la sombra de Doña Marta. La supervisora camina por el pasillo central con su tabla de notas, vigilando cada movimiento como un halcón.
Si me ve con el celular, el regaño será monumental y, lo que es peor, todas las miradas se posarán sobre mí. Aquí el tiempo es dinero y las distracciones no se perdonan. Aprieto los labios, obligándome a clavar la vista en la suela del zapato que tengo entre las manos. La curiosidad me está matando, me quema la piel a través del pantalón, pero el miedo a ser el centro de atención es todavía más grande que mis ganas de saber.
Las horas se arrastran como si el reloj estuviera sumergido en melaza. Cada minuto de silencio por mi parte se siente como una traición hacia Julián. Finalmente, la sirena del almuerzo suena, rompiendo la densa tensión del ambiente.
Normalmente, soy la última en levantarme. Me gusta esperar a que el tumulto de gente pase para no chocar con nadie, para no tener que pedir permiso o cruzar miradas incómodas. Pero hoy es diferente. Antes de que el eco de la sirena termine de desvanecerse, ya tengo mis cosas listas. Soy la primera en cruzar la puerta del taller, casi corriendo hacia el área de descanso.
—¡Vaya, Emma! —exclama Lucía, una de mis compañeras, mientras intenta alcanzarme en el pasillo—. Sí que tienes hambre hoy, ¿no? Sales disparada como si te regalaran la comida. Nunca te había visto con tanta prisa.
Me detengo un segundo, sintiendo que mis mejillas se calientan de inmediato. El cansancio me hace más difícil fingir normalidad. No sé qué decir. No puedo explicarle que lo que tengo no es hambre de comida, sino una sed de respuestas que no me deja respirar. Solo fuerzo una pequeña sonrisa, esa mueca rápida y ensayada que uso para que dejen de preguntarme cosas, y sigo mi camino sin decir una palabra.
Logro refugiarme en el rincón más alejado del comedor, detrás de una columna ancha donde nadie suele sentarse. Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, saco el teléfono. Mis dedos están tan torpes por el sueño que casi dejo caer el aparato al suelo.
Desbloqueo la pantalla. Hay tres mensajes nuevos de J_Castillo94.
El primero dice: "¿Sigues ahí?".
El segundo: "Perdona, no quise asustarte con lo de la nota. Es solo que me emocioné al encontrarte".
Y el tercero, enviado hace apenas diez minutos, hace que se me escape un pequeño suspiro que llevaba horas contenido...