Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XIll
Al día siguiente.
El desayuno transcurrió con una calma extraña. El salón estaba lleno de murmullos suaves, vajilla fina y la luz clara de la mañana entrando por los ventanales. Rubí comió lo justo y necesario, sin prisa, pero tampoco con disfrute. Evans, a su lado, bebía su té en silencio, atento a los gestos de la emperatriz más que al sabor de las hierbas.
Ambos sabían que el día no sería sencillo.
Cuando abandonaron el comedor, el palacio aún despertaba. Guardias cambiando turnos, eruditos cruzando pasillos con pergaminos bajo el brazo, sirvientes que se detenían a saludar con respeto. Evans y Rubí avanzaron juntos hacia el templo, el lugar donde ejecutarían la primera labor importante desde su coronación conjunta.
Durante varios pasos caminaron sin hablar. No era incomodidad; era esa clase de silencio que solo existe cuando dos personas están pensando exactamente lo mismo.
—No confío en él —dijeron al mismo tiempo.
Se detuvieron de golpe y se miraron, sorprendidos. Evans fue el primero en soltar una risa breve, sincera, sin rastro de ironía. Rubí chasqueó la lengua, pero una chispa de diversión se le escapó en los ojos.
—Bien —dijo ella—. Al menos coincidimos.
Evans hizo un gesto con la mano, invitándola a continuar. Sabía que Rubí no hablaba sin motivo, y menos cuando algo le incomodaba de verdad. Aun así, ambos eran conscientes de que el pasillo no estaba completamente vacío. Las paredes tenían oídos, y hablar abiertamente de un invitado extranjero no era prudente.
—Llamémoslo Petra —propuso Rubí, con naturalidad—. Así no levantamos sospechas.
—De acuerdo —aceptó Evans, divertido por la elección—. Petra entonces.
—No me da confianza —continuó ella—. Pocos nobles y el sumo sacerdote sabían de mi don exactamente.
—Quizas... Sus acompañantes tengan algo que ver sobre esto.
—¿A qué te refieres exactamente?
Evans dudó. No por falta de respuesta, sino porque no sabía hasta dónde debía decir. Al final, decidió soltarlo a mitad del pasillo, sin rodeos.
—Petra no vino solo. Está acompañado de su general. Kain. Quien ha tenido contacto con un marques de nuestra corte.
Rubí se detuvo en seco.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No quise alarmarte antes de tiempo —respondió Evans con honestidad—. Además, Klaus me dijo que estabas ocupada, y preferí esperar.
Rubí lo observó unos segundos. No parecía molesta, pero sí analizando su rostro.
—La próxima vez, no esperes —dijo—. Prefiero preocuparme a ciegas.
Iban a reanudar la caminata cuando una figura apareció frente a ellos, como si los hubiera estado esperando. Arnold. O Petra, como habían decidido llamarlo. Su expresión era abierta, casi jovial, y avanzó con una reverencia corta, demasiado confiada.
—Majestades —saludó—. Qué coincidencia encontrarlos tan temprano.
Sin darles tiempo a responder, estiró la mano hacia Rubí, con una rapidez calculada, como si el gesto estuviera ensayado. Evans reaccionó antes de que ella pudiera hacerlo. Con un movimiento preciso, casi imperceptible para cualquiera que no dominara la magia, cambió de posición con Rubí.
Arnold tomó la mano equivocada.
Y la besó.
El silencio que siguió fue breve, pero denso.
—Embajador —dijo Evans con una sonrisa suave, peligrosa—. No sabía que en Blossom era costumbre besar la mano de los hombres. ¿Es una tradición que desconozco?
Arnold se apartó de inmediato, como si se hubiera quemado. Su rostro pasó por varias expresiones antes de fijarse en una sonrisa incómoda.
—Yo… lo siento. Debió ser una confusión. Mis disculpas, su majestad.
Rubí cruzó los brazos, observándolo con calma, sin disimular su evaluación.
—¿Y su acompañante? —preguntó Evans.
Antes de que Arnold pudiera responder, un joven erudito apareció casi corriendo desde el fondo del pasillo, respirando agitado.
—Perdón, majestades —dijo con una reverencia apresurada—. El embajador se me adelantó unos pasos.
—Ya veo que le gusta desviarse de la vista del palacio —comentó Rubí, con voz tranquila pero cortante—. Me enteré que ayer se perdió, hoy se le escapó al erudito. Parece un niño travieso, Lord Arnold.
Arnold rió, una risa breve, controlada, que no ocultaba del todo su molestia.
—Solo quería encontrarme con ustedes —respondió—. Me dijeron que hoy irían al templo para arreglar la naturaleza de mi reino. ¿Puedo acompañarlos? El erudito mencionó algo sobre un mapa geográfico especial en el santuario. Me pareció fascinante.
Evans sonrió.
—No.
—¿Perdón?
—No podrá acompañarnos —repitió Evans, sin cambiar el tono.
Arnold frunció el ceño apenas.
—¿Puedo saber por qué?
—Porque así lo decidimos —intervino Rubí—. El santuario es un lugar privado. Solo los emperadores y el personal autorizado pueden ingresar. Le prometimos solucionar el problema de Blossom, no convertirlo en un espectáculo. Confíe en que haremos nuestro trabajo.
Arnold la observó con atención. Rubí no dejaba ver nada de lo que pensaba, y eso le resultaba incómodo. Al final, asintió con una sonrisa pequeña, controlada.
—Comprendo. Entonces no los molestaré más.
Se apartó para dejarles paso, pero mientras Evans y Rubí se alejaban, un pensamiento se le clavó en lo más profundo.
“Al parecer mi curiosidad le incomoda. Ambos son muy desconfiado. No es bueno para una soberanía"
Evans, sin decir palabra, ofreció su brazo. Rubí lo tomó sin dudar. Caminaron juntos, sincronizados, como una sola figura. Evans miró de reojo a Arnold, con una seriedad ambigua.
—Erudito —dijo Arnold, girándose—. Ve a buscar a mi general. Parece que se pierde con más facilidad que yo.
—No hace falta —respondió una voz grave detrás de él—. Ya estoy aquí.
Un hombre joven avanzó hacia ellos. Tenía una cicatriz marcada en la comisura de los labios, y una mirada dura, entrenada para la guerra.
—Kain —dijo Arnold—. No te vi ayer en la reunión. Solo Tomás me acompañó.
—Estaba discutiendo con unos guardias —respondió él—. Nada importante.
Arnold chasqueó la lengua.
—No nos busques problemas —advirtió—. Ahora que tenemos un convenio que renovar, seamos… amigables.
Kain hizo una mueca, sin responder.