A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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11. Los secretos amenazan
Kimmy subió las escaleras casi saltando los últimos peldaños. Había reconocido la voz de su “madre” desde el pasillo. Siempre podía distinguirla, incluso cuando hablaba bajo.
La pequeña empujó la puerta sin tocar. Elizabeth estaba sentada frente al espejo de tres cuerpos, quitándose un collar de diamantes, un regalo de cumpleaños de Sergio D’Angelo.
- “¡Mami!”, exclamó la niña, lanzándose a abrazarla por la espalda, con una gran emoción.
Elizabeth se tensó, no necesitaba lidiar con esa sensación que la acompaña cuando ve a la pequeña.
- “Suéltame, Kimmy”, pidió Elizabeth con sequedad, apartando las pequeñas manos de su cuello. “¿No ves que estoy ocupada?”, añadió con molestia.
Kimmy retrocedió un paso. Sus ojos se llenaron de confusión.
- “Mami… yo solo te quiero”, dijo la pequeña. Elizabeth suspiró, sin mirarla.
- “Ya lo sé, ya lo sé. Solo estoy ocupada. Anda a tus clases, los profesores deben estar esperando”, expresó Elizabeth.
La niña bajó la cabeza. Sus zapatos brillantes parecían demasiado grandes para su tristeza, muy pocas veces la mujer que creía su madre era afectiva, mayormente solo lo era cuando su abuelo y su tío estaban presentes.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Thiago entró con paso tranquilo, ajustándose a los gemelos de la camisa.
- “Papá… yo no quería molestar a mamá”, murmuró Kimmy.
Thiago le acarició el cabello con una sonrisa perfectamente dibujada.
- “Mamá está cansada. Anda a estudiar, tu hermano Liam te está esperando, ¿sí?”, dijo Thiago, con una voz menos severa a la de Elizabeth, pero que tampoco llegaba a ser amorosa.
Su voz era menos severa, pero igual de calculada.
- “Está bien, papá”, expresó la pequeña resignada.
Kimmy salió sin volver a mirar atrás. Thiago cerró la puerta con suavidad.
Elizabeth continuó quitándose las joyas una por una. Las dejó caer sobre el tocador. Thiago se colocó detrás de ella. Sus manos descansaron en el respaldo de la silla.
- “Tal vez don Sergio sea severo con la educación de los niños, pero no es idiota. Su forma de amarlos es severa, pero está genuinamente preocupado por ellos, si no los tratas con un mínimo de cariño, podría sospechar”, manifestó Thiago.
Elizabeth lo miró a través del espejo.
- “Se parecen demasiado a ella… a tu amante”, replicó Elizabeth.
- “Vuelves con lo mismo”, respondió Thiago con paciencia. “Era necesario tener los hijos que Sergio D'Angelo exigía para cumplir con la familia”.
Elizabeth giró la silla hacia él.
- “Podríamos haber usado un vientre de alquiler”, se quejó Elizabeth. Thiago soltó una risa breve, sin humor.
- “¿Y dejar rastros en alguna clínica? ¿Que las mujeres que los tuvieran nos chantajeen? ¿Más testigos, más pagos, más peligros? Además, querida… tú no tienes óvulos. Igual no iban a ser tuyos”, respondió Thiago.
Elizabeth apretó los labios, las afirmaciones fueron dolorosas, el recordatorio de lo que ella jamás podía dar.
- “Pero te acostaste con ella por años. Y tuve que soportarlo. Ahora veo su rostro en esos niños. No me digas que no disfrutaste estar con ella”, expresó Elizabeth con dolor.
Thiago inclinó la cabeza, como si analizara la mejor respuesta.
- “Yo te amo a ti. Solamente a ti. Si me acosté con alguien más fue porque era necesario”, dijo Thiago.
Elizabeth soltó una risa amarga, porque todas esas palabras eran mentiras.
- “¿Me crees idiota? Eres capaz de acostarte con cualquiera. Con hombres, con mujeres… Te acostaste con Leonardo como te acostaste con esa mujercita. Y yo…”, manifestó Elizabeth, pero no pudo terminar la frase.
Thiago avanzó un paso. Su expresión se volvió fría.
- “Tú me necesitas”, dijo Thiago.
Su mano se deslizó hacia el cuello de Elizabeth, apretándole apenas lo suficiente para cortar el aire, no la voz.
- “Nos necesitamos. ¿O quieres ir a la cárcel por lo que hiciste en la India?”, cuestionó Thiago.
Elizabeth lo miró fijamente. No había miedo en sus ojos. Solo rabia contenida. Thiago apretó un poco más.
- “Solo te pido que trates mejor a los niños. Después de todo, son nuestro seguro ante Sergio D'Angelo. No creo que quieras perder todo lo que tienes… gracias a lo que yo he hecho”, expresó Thiago y la soltó.
Elizabeth se frotó el cuello sin dejar de mirarlo. Ambos sabían la verdad, no era amor lo que los mantenía juntos, era complicidad, era culpa compartida y para ella sobre todo era miedo.
Thiago se acercó nuevamente al espejo, tomó una de las joyas y la levantó frente a la luz.
- “Sergio aprecia la imagen de familia perfecta. Hijos educados, con un matrimonio sólido. Cree mucho en la tradición. Si sospecha algo, no dudará en destruirnos”, expresó Thiago.
- “No permitiré que me quite lo que es mío”, dijo Elizabeth en voz baja.
- “Nada de esto es tuyo, es prestado, mientras seamos la familia perfecta”, respondió Thiago con suavidad y mirada amenazante.
Desde el piso inferior se escucharon risas infantiles. La voz de Liam explicándole algo a su hermana. El sonido de una vida que no entendía el juego en el que estaban atrapados.
Elizabeth cerró los ojos un segundo. En el fondo sabía que Kimmy no tenía la culpa de parecerse a aquella mujer, pero cada vez que la miraba, veía la traición, veía la humillación, veía el sacrificio que había hecho.
Thiago se acercó a la puerta.
- “Recuerda sin mí, tú caes. Y si tú caes… Yo me llevo todo conmigo”, dijo Thiago antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Elizabeth quedó sola frente al espejo. Se observó detenidamente; Lucía perfecta e impecable, pero por dentro se sentía muy vulnerable, y lo odió, odió una vez más a Thiago y todo lo que había hecho por él.
Abajo, Kimmy intentaba concentrarse en sus lecciones. Pero una parte de ella seguía preguntándose por qué abrazar a su madre parecía siempre un error.
En esa casa nadie gritaba, ni rompía cosas, ni perdía el control, todo en apariencia era tan elegante y tan correcto, pero nadie era feliz; los niños no sabían aún que su verdadera madre pronto vendría a su rescate.