Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 16
Adriano
Los hombres estaban frente a mí.
Golpeados.
Rotos.
Pero aún útiles.
Lucca los miró con el rostro pálido.
—¿Cuántos faltan?
—Esos —respondí sin emoción, señalando al fondo.
Soltó una risa nerviosa.
—Mierda… me voy a quedar sin estómago.
Lo ignoré.
Seguí comiendo con tranquilidad.
—¿Cómo puedes comer y dormir en medio de esto? —insistió.
Le di otro bocado al sándwich.
—Disciplina.
Silencio.
—Vamos, Lucca. ¿Quieres un descanso?
—Sí.
Asentí.
—Bien.
Una hora después…
lo desperté.
—Ya tenemos ubicación.
Se incorporó de golpe.
—¿Dónde?
—A una hora en avión.
Le lancé las fotografías.
Instalaciones.
Rutas.
Entradas.
Salidas.
—Tus hombres trabajan rápido —murmuró.
—Así debe ser.
Lucio apareció.
—Señor Vassari, el equipo está listo.
—Bien. Nos vamos.
Me giré hacia Lucca.
—Tú te quedas.
—No. Voy contigo.
Lo miré.
Fijo.
—No.
—¡Papá está allá!
—Y tu madre aquí —respondí con frialdad—. Ve con ella.
Apretó la mandíbula.
—Cuídala.
Silencio.
—Está bien… —cedió finalmente.
—Lucio, sácalo de aquí.
—Sí, señor.
No volví a mirarlo.
Salí.
El aire frío de la madrugada me golpeó el rostro.
Pero mi mente…
estaba completamente clara.
Me entregaron más fotos.
Y entonces lo vi.
Manolo Branch.
El mismo.
El hombre que me tuvo quince días encerrado.
Quince días…
que nunca le conté a nadie.
Apreté la mandíbula.
—Debemos actuar rápido —dije, sin elevar la voz—. No quiero errores.
Todos me miraron.
Atentos.
Firmes.
—Cada parte del plan se ejecuta exactamente como se diseñó.
Di un paso al frente.
—Quiero a mi padre y a Alina vivos.
Pausa.
Fría.
—Los demás…
Los miré uno por uno.
—Mueren.
Sin excepción.
—Sí, señor.
Subimos a los helicópteros.
El sonido de las hélices cortaba el aire.
Pero en mi cabeza…
solo había silencio.
No íbamos a aterrizar directamente.
Eso sería un error.
Manolo no era estúpido.
Le gustaba jugar.
Dejar pistas.
Hacerte creer que tenías ventaja.
Pero yo ya conocía su juego.
Y esta vez…
yo tenía el control.
Aterrizamos a varios kilómetros.
Zona oscura.
Sin iluminación.
Perfecta.
Nos armamos.
Revisamos mapas.
Rutas alternas.
Puntos de escape.
Posibles emboscadas.
—Recuerden —dije en voz baja—, no somos visibles.
Señalé el mapa.
—Ellos deben creer que aún no sabemos dónde están.
Uno de los hombres asintió.
—¿Y si intentan moverlos?
Lo miré.
—No lo harán.
—¿Por qué?
Sonreí apenas.
—Porque Manolo quiere que llegue.
Silencio.
—Le gusta verme jugar.
Pero esta vez…
no iba a ser un juego.
Apreté el arma en mi mano.
Alina.
Su rostro apareció en mi mente.
Su voz.
Su forma de mirarme.
Y algo dentro de mí…
se volvió más oscuro.
—Jefe —dijo uno de los hombres—, estamos listos para avanzar.
Asentí.
—Nos movemos en grupos pequeños.
Señalé las rutas.
—Silencio absoluto. Eliminación limpia. Sin rastros.
Levanté la mirada.
—Si alguien falla…
No terminé la frase.
No era necesario.
—Entendido.
Comenzamos a avanzar.
El terreno era irregular.
Oscuro.
Húmedo.
Perfecto para desaparecer.
Cada paso era calculado.
Cada movimiento…
preciso.
Uno de los hombres hizo una señal.
Alto.
Tres guardias.
A lo lejos.
Levanté la mano.
Esperé.
Observé patrones.
Ritmo.
Respiración.
—Ahora.
Tres disparos.
Silenciados.
Simultáneos.
Tres cuerpos al suelo.
Sin ruido.
Sin error.
Seguimos avanzando.
Cada metro…
más cerca.
Cada segundo…
más peligroso.
Y en mi cabeza…
solo una idea se repetía.
Si alguien la había tocado…
Apreté los dientes.
No iba a morir rápido.
La estructura apareció entre la oscuridad.
Grande.
Fría.
Aislada.
Ahí estaban.
Lo sabía.
Levanté la mano.
Todos se detuvieron.
Respiré profundo.
Una vez.
—Entramos en tres minutos.
Mis ojos se clavaron en el edificio.
Y por primera vez en toda la noche…
sentí algo más que control.
Sentí…
furia.
Pura.
—Alina…