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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: La foto

Lía no tocó la puerta del cuarto de Damián. Entró directo.

Él estaba de pie frente al ventanal del living, sin saco, camisa arremangada, las manos en los bolsillos. Con la luz de la mañana se veía más humano y por eso mismo más peligroso: las ojeras, la cicatriz en la muñeca ya cerrada, la forma en que la espalda se tensó cuando escuchó sus pasos.

Lía tiró la polaroid sobre la mesa de vidrio. Rebotó y quedó boca arriba. Elena embarazada, sonriendo. El hombre sin cara detrás.

—Explicámelo.

Damián giró la cabeza apenas. No la miró a ella. Miró la foto.

—Ya lo sabés.

—No. Decilo.

Se acercó a la mesa. Levantó la foto con dos dedos, como si quemara.

—Elena Vargas. 25 años. Cáncer de ovario en etapa tres y cinco meses de embarazo. Mi padre le ofreció un trato: la cura y el parto a cambio de una cláusula. Si el hijo nacía mujer, con sangre compatible, quedaba reservada como ancla para mí cuando llegara el momento.

—¿Ancla?

—Un humano que puede soportar el vínculo sin volverse loco en una semana. Uno entre millones. —Dejó la foto—. Ella aceptó. Vos naciste sana. Ella murió cuatro años después. Accidente de auto. O eso dice el registro.

Lía sintió la garganta cerrarse.

—¿Tu padre la mató?

—No. La dejó morir. Es distinto. —Por fin la miró a los ojos—. Yo tenía prohibido acercarme a la línea de sangre hasta que cumplieras 25. Cuando cumpliste 25 y tu hermano entró en lista de trasplante, moví el contrato. El resto ya lo viviste.

—Me criaron para esto.

—Te criaron para vivir. Lo demás fue mi culpa. —Dejó la foto donde estaba—. No pidas perdón por ella. No lo merezco.

Lía agarró la polaroid. El borde estaba gastado, como si alguien la hubiera tenido en la mano muchas veces.

—¿Por qué la guardaste?

—No la guardé yo. —Señaló con la cabeza hacia el pasillo—. La puerta la dejó. Eso hace cuando el sello se refuerza: devuelve cosas.

—¿Qué sello?

Damián se acercó un paso. El anillo de Lía se calentó apenas, pero no latió. Reconocimiento, no alarma.

—El de anoche. No cerré la herida con el contrato. Lo cerraste vos. Y lo sellaste porque quisiste que no me desangrara, no porque te lo ordenó. —Se tocó la muñeca donde la cicatriz ya era una línea plateada fina—. Eso cambia las reglas.

—¿Cómo?

—Ahora Malphas no puede rastrearte solo por el anillo. Tiene que verte. Y si te ve, yo lo veo a él.

Lía dejó la foto.

—Vos la dejaste morir —repitió, más bajo—. A mi mamá.

—Sí.

—¿Y esperás que te perdone?

—No. —Dio otro paso. Quedaron a medio metro—. Espero que entiendas por qué no te toco aunque el contrato me lo pida cada vez que respirás cerca.

El aire entre los dos se puso denso. No por magia. Por todo lo que no decían.

Lía levantó la mano. No para pegarle. Para tocar la cicatriz de la muñeca. La rozó con la yema de los dedos.

Estaba fría. Y debajo, sintió el latido de él. Lento. Controlado.

Damián no se movió. Pero algo en la mandíbula se le aflojó.

—No hagas eso si no vas en serio —dijo, la voz más ronca.

—¿En serio qué?

—En serio querer saber qué hay debajo de esto. —Se señaló el pecho—. Porque no soy el CEO. No soy Azazel. Eso son títulos. Abajo estoy roto desde que la vi morir y no hice nada.

Lía no retiró la mano.

—Yo no soy Elena.

—Lo sé. —Le cubrió la mano con la suya, sin apretar. Solo para que no se fuera—. Por eso me da miedo.

Se quedaron así. Sin beso. Sin contrato empujando. Solo dos personas con las marcas encendidas a baja intensidad, como brasas que no quieren apagarse.

Lía fue la que se acercó.

No cerró los ojos. Lo miró todo el tiempo. Cuando sus labios tocaron los de él, el anillo no ardió. Se quedó tibio. Constante.

Damián tardó un segundo en responder. Y cuando lo hizo, no fue con desesperación. Fue con cuidado. Le puso la otra mano en la nuca, el pulgar en la línea de la mandíbula, y la besó como si memorizara. No como si tomara.

Lía sintió el sello en la muñeca de él vibrar una vez y apagarse. No porque se rompiera. Porque aceptó.

No hubo visiones. No hubo recuerdos ajenos. Solo calor. Y por primera vez desde que firmó, el contrato no habló.

Se separaron porque necesitaban aire, no porque quisieran.

Damián apoyó la frente contra la de ella. Los ojos cerrados.

—Eso no fue por el contrato —dijo Lía.

—No. —Abrió los ojos. Negros completos, sin rojo—. Por eso va a doler más cuando Malphas venga a cobrarlo.

Lía le puso la mano en el pecho, sobre el corazón. Latía rápido. Igual que el de ella.

—¿Y si no lo dejamos?

—Entonces dejamos de ser piezas y empezamos a ser problema. —Sonrió apenas, torcido—. Me gusta esa idea.

Un ruido los separó: el ascensor.

Lilith entró sin tocar, con una tablet en la mano y cara de pocos amigos.

—Se acabó el recreo, tortolitos. Malphas acaba de registrar una empresa en Buenos Aires. “M&P Inversiones”. —Giró la tablet—. Adivinen quién es la socia mayoritaria.

En la pantalla, la foto de Ruiz. El abogado. Sonriendo con el diente faltante.

Lía sintió el estómago caerse.

—Estuvo en mi departamento. Desde el principio.

—Desde antes —dijo Damián, y la voz volvió a ser la del CEO—. Ruiz no existe. Es un cascarón viejo. Malphas lo usa desde que tu mamá firmó.

Lilith guardó la tablet.

—Tenemos cuarenta y ocho horas antes de que pida la primera reunión “de cortesía”. Y va a pedir que vayas vos, Lía. Sin mí. Sin él. Solo la esposa.

—¿Por qué?

—Porque si te toca y el sello no lo quema, significa que el contrato me está fallando. Y si me está fallando… —Damián no terminó la frase.

Lía miró su mano. El anillo brillaba muy poco bajo la luz.

—¿Y qué hacemos?

—Entrenamos. —Damián se puso el saco—. Hoy aprendés a mentir como demonio.

—¿Y eso cómo se hace?

—Besándome cuando no querés y diciendo “te quiero” cuando me odiás. Hasta que ni vos sepas cuál es verdad.

Lía lo miró fijo.

—Eso ya lo hago.

Damián se quedó quieto. Después asintió, una vez.

—Entonces vas a sobrevivir.

Lilith resopló.

—Dios. Son insoportables. —Señaló el pasillo—. Andá a cambiarte. Ruiz mandó invitación oficial para mañana. Cena en Puerto Madero. Código: rojo.

Cuando Lía pasó al lado de Damián para irse, él le rozó los nudillos con los suyos. Apenas. Sin que Lilith lo viera.

No fue por el contrato. El anillo ni se movió.

En su cuarto, Lía abrió el cajón y guardó la polaroid debajo de las remeras. No la tiró. No podía.

Y por primera vez desde que todo empezó, no soñó con fuego ni con cuernos ni con contratos.

Soñó con Damián, humano, en una cocina chica, riéndose porque quemó el café. Sin trono. Sin marcas. Solo él.

Se despertó con el anillo tibio y la certeza de que si Malphas quería romperlos, iba a tener que matarlos a los dos juntos.

Porque ya no eran ancla y príncipe.

Eran problema.

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