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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

VIII. Le conseguenze del vetro.

(al dia siguiente)

Alessandra:

El tiempo es una sustancia pegajosa cuando tienes fiebre. Diez horas pueden sentirse como un siglo de sueños inconexos o como el parpadeo de una bombilla fundida.

Abrí los ojos y lo primero que registré fue la luz grisácea y fría del amanecer filtrándose por los ventanales del salón. No estaba en mi cama. El olor a cuero, cera de madera y ese sutil rastro de desinfectante me recordaron que me había quedado varada en el sofá principal. Me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima, retrocedido y vuelto a pasar, pero el incendio en mi sangre finalmente parecía haberse reducido a unas cenizas templadas.

Intenté mover el brazo izquierdo. El tirón de la cinta adhesiva en mi piel me recordó la vía. El suero estaba casi vacío, apenas una gota colgando en la cámara de goteo.

—*Maldita sea...* —mi voz sonó como si hubiera estado tragando arena durante una semana.

Me incorporé lentamente, sintiendo el crujido de cada vértebra. El mareo seguía ahí, pero ya no veía doble. A mis pies, dormida en una postura que seguramente le destrozaría la espalda, estaba mi madre. Tenía la cabeza apoyada en el borde del sofá y sujetaba una de mis manos como si temiera que me fuera a disolver en el aire.

Bajé la vista a mi muñeca. La pulsera de alambre de oro seguía ahí, firme, con sus piedras verde olivo y grises brillando con una humildad que me partía el alma. Recordé retazos de la noche: el sabor metálico del miedo, el ruido de los gemelos, una patada que le propiné a alguien... ¿Enzo? Sí, probablemente era Enzo. Lo tenía merecido por existir tan ruidosamente.

Me froté la cara con la mano libre, dándome cuenta con horror de que llevaba la camisa de seda puesta al revés. Las costuras exteriores se burlaban de mi dignidad perdida.

—Despertaste —la voz de mi madre fue un susurro aliviado. Se incorporó con un gemido de dolor, estirando el cuello—. Por un momento pensé que tendríamos que llamar a un exorcista en lugar de a un médico. Estabas hablando de huevos, barcos y mariposas, Alessandra.

—Fue la fiebre, *mamma* —respondí, tratando de recuperar mi tono de "General", aunque sonó más bien como un sargento retirado con bronquitis—. No recuerdo nada de eso.

—Mentirosa —sonrió ella, poniéndose de pie con dificultad y revisando el frasco del suero—. Te pasaste media noche protegiendo esa pulsera como si fuera el último cargamento de oro del imperio. ¿Quién es Giulia, Ale? Y no me des la respuesta de los negocios, porque los negocios no te hacen delirar con nudos planos mientras tiemblas de frío.

Me quedé callada, mirando el líquido transparente que quedaba en el tubo. El recuerdo del beso robado en el parque volvió a mí con una nitidez que dolió más que la aguja en mi brazo.

—Es una artesana —dije finalmente, con una honestidad que me sorprendió a mí misma—. Es alguien que no sabe quién soy... y que me retó a hacer una pulsera de cinco euros.

—Cinco euros que te han costado más que cualquier joya de Cartier —Clara me acarició la frente, comprobando la temperatura—. Ya no ardes. El doctor Bianchi vendrá en una hora a quitarte esa vía. Pero escucha bien, Alessandra: si esa chica es la razón por la que bajaste la guardia y terminaste así, o es tu mayor debilidad o es lo único que te mantiene cuerda. Decide rápido cuál de las dos es antes de que tu padre haga preguntas que no quieras responder.

—Lo sé —suspiré, apoyando la espalda en el respaldo del sofá—. Pero ahora mismo... solo quiero un café que no sepa a medicina y que Enzo no vuelva a sentarse sobre mí.

—Eso último no te lo prometo —rió mi madre, caminando hacia la cocina—. Pero el café está en camino. Bienvenida de vuelta al mundo de los vivos, jefa.

Subí las escaleras arrastrando los pies, todavía envuelta en una manta que me hacía parecer más una aparición que una Veraldi. El café de mi madre me había devuelto un poco de alma al cuerpo, pero mi garganta seguía sintiéndose como si hubiera tragado cristales rotos. Cada vez que intentaba respirar profundo, una tos seca y cavernosa me sacudía el pecho.

Al llegar al rellano del segundo piso, los escuché.

—¡Te digo que parecía la niña del Exorcista! —era la voz de Enzo, exageradamente alta—. Solo le faltaba girar la cabeza 360 grados mientras vomitaba sopa de guisantes.

—Y la patada, hermano... —añadió Matteo entre risas—. Tiene la puntería de un francotirador incluso estando en el otro mundo. ¡Casi te deja sin descendencia!

—Yo creo que estaba invocando a algún demonio artesano —remató Lorenzo, y los tres estallaron en una carcajada escandalosa que retumbó en mis sienes como un martillazo.

Me detuve justo detrás de ellos. No me vieron llegar; estaban demasiado ocupados burlándose de su "General" caída. Me aclaré la garganta, o al menos lo intenté, y lo que salió fue un sonido ronco, profundo y tan sepulcral que los tres se quedaron rígidos como estatuas.

—*¿Se puede saber... de qué carajos... se ríen?* —solté.

Mi voz no era la mía. Era un susurro oscuro, una vibración que parecía venir del fondo de una tumba. Los tres se giraron lentamente, con las caras pálidas.

—¡Mierda! —gritó Lorenzo, retrocediendo un paso—. ¡Ha vuelto de entre los muertos!

—*Silencio* —ordené, y el tono fue tan demoníaco que Enzo se tapó la boca—. *He pasado una noche en el infierno... y lo que más me molestó no fue la fiebre... fueron sus estúpidas voces.*

Antes de que pudieran reaccionar o soltar otra broma estúpida, moví mis manos con la velocidad residual que me quedaba. *¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!*

Repartí tres golpes secos y precisos en la parte trasera de sus cabezas. No fueron caricias; fueron recordatorios de quién seguía mandando en esta casa, con o sin suero en el brazo.

—¡Ay! ¡Ale, que todavía estás enferma! —se quejó Matteo, frotándose la nuca.

—*Para darles lo suyo... nunca estoy lo suficientemente enferma* —dije, antes de que una ráfaga de tos seca me obligara a doblarme un poco—. *Fuera de aquí. Si escucho una risa más... los mando a limpiar los establos de la finca... a mano.*

Los gemelos y Lorenzo no esperaron una segunda advertencia. Se dispersaron por el pasillo como ratas asustadas, murmurando entre dientes pero sin atreverse a mirar atrás. Me quedé sola en el pasillo, apoyada contra la pared, tratando de recuperar el aliento. Mi mano izquierda, la de la pulsera, me dolía un poco por el esfuerzo, pero valía la pena.

Miré la joya de oro y piedras. Giulia se reiría si me viera así, con voz de ultratumba y golpeando a mis hermanos por pura irritación. Me metí en mi habitación y cerré la puerta con llave. Necesitaba dormir de verdad, sin delirios y sin gemelos, para poder volver a ese parque lo antes posible.

Porque si algo me había enseñado esta gripe, es que la vida es demasiado corta para quedarse con las ganas de un beso que te esquivaron por ser "demasiado lenta".

Me desplomé sobre el colchón con un golpe seco que me sacudió hasta los huesos. El impacto hizo que soltara un gruñido sordo, una mezcla de dolor físico y agotamiento mental que resonó en la habitación vacía. Me sentía como si mis músculos fueran de cristal y alguien les hubiera dado con un martillo.

Me quedé boca arriba, mirando el techo, mientras la mano izquierda —esa que pesaba más que la otra por el valor de lo que cargaba— descansaba sobre mi abdomen. La pulsera de Giulia seguía ahí, un recordatorio metálico de que el mundo real seguía girando fuera de estas paredes de mármol.

—*Basta di debolezze* (Basta de debilidades) —mascullé con esa voz de ultratumba que todavía me raspaba la garganta.

Estiré el brazo hacia la mesa de noche, ignorando el pinchazo de la zona donde estuvo la vía, y tomé mi teléfono. No podía esperar a que Bianchi me diera el alta oficial. Necesitaba moverme. Necesitaba una certeza.

Busqué en mis contactos y marqué el número de **Valentina**, mi secretaria de confianza, la única persona que sabía filtrar mis prioridades entre el caos de los negocios familiares. El tono de llamada sonó tres veces antes de que su voz profesional y eficiente me respondiera.

—¿Señorita Veraldi? —había un rastro de sorpresa en su voz—. Me informaron que estaba bajo cuidados médicos. ¿Sucedió algo con la entrega de los puertos?

—*No es nada de eso, Valentina* —respondí, y mi propia voz ronca me hizo sonar como un capo de los años cuarenta—. *Necesito un favor personal. Y necesito que sea discreto. Absolutamente fuera de los registros de la familia.*

Hubo una pausa breve al otro lado de la línea. Ella sabía que cuando yo bajaba el tono de esa manera, las reglas cambiaban.

—Dígame.

—*Quiero que busques a alguien* —dije, cerrando los ojos para visualizar a la chica del parque—. *Se llama Giulia Tagliaferro. Es estudiante de segundo año de Restauración de Bienes Culturales aquí en Milán. Suele vender bijouterie artesanal en el parque cerca del distrito universitario.*

—¿Giulia Tagliaferro? —repitió ella, anotando el nombre—. ¿Alguna sospecha de seguridad o...?

—*No. Solo quiero su número de teléfono* —la interrumpí con brusquedad para ocultar mi impaciencia—. *Y hazlo rápido. No quiero un historial de crédito ni su árbol genealógico, solo el número. Y Valentina... si mi padre o mi madre preguntan por qué estás husmeando en los archivos universitarios, diles que es una verificación para un nuevo contrato de mantenimiento de arte en la finca.*

—Entendido, señorita. Tendrá el contacto en menos de una hora. ¿Algo más?

—*Nada más. Solo... no menciones mi apellido si tienes que llamar a algún registro* —añadí, antes de colgar sin esperar despedida.

Dejé el teléfono a un lado y me cubrí los ojos con el antebrazo. Era una locura. Estaba usando recursos de inteligencia para localizar a una chica que hacía pulseras de cinco euros, pero en mi pecho, la idea de no volver a escuchar su risa triunfante me quemaba más que la gripe.

—*Hai ganado esta ronda, Giulia* —susurré hacia la oscuridad de la habitación—. *Pero ahora es mi turno de jugar.*

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