Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Sueño 1
Ella había ahorrado durante años para ese viaje. Ahorrado y, sobre todo, se había endeudado sin pudor ni culpa, convenciéndose de que la vida también se vivía a crédito cuando el sueño lo valía. El sudeste asiático era su recompensa.. templos bañados por el sol, mercados imposibles de colores, playas que parecían inventadas y esa sensación constante de estar lejos de todo lo que la había cansado.
Había caminado sin rumbo por calles húmedas de calor, probado frutas con nombres que no podía pronunciar y aprendido a sonreír incluso cuando no entendía una sola palabra. Estaba feliz. Cansada, sí, pero feliz de esa manera plena que solo se alcanza cuando uno siente que, al menos por unos días, le pertenece al mundo.
Esa noche eligió un restaurante hermoso. Luces cálidas, madera oscura, el murmullo de otros viajeros mezclado con el idioma local que le resultaba musical y ajeno. Se sentó sola, con la satisfacción íntima de quien se permite un lujo, y abrió el menú como si fuera un mapa del tesoro.
Pidió varios platillos. Señaló, sonrió, intentó pronunciar. Y, como siempre hacía, preguntó varias veces si la comida tenía nuez. Su alergia era seria, peligrosa, algo que había aprendido a respetar desde niña. Lo repitió con cuidado, despacio, mezclando palabras en inglés con gestos, llevándose la mano al pecho, negando con la cabeza.
El mesero asintió con entusiasmo.
Demasiado entusiasmo.
Ella no lo supo, pero en ese cruce torpe de idiomas y sonrisas, él entendió exactamente lo contrario.. doble cantidad de nuez. Un detalle especial. Un toque generoso.
Cuando la comida llegó, el aroma era intenso, envolvente. Había tantas especias, tantas texturas nuevas, que no notó nada extraño al primer bocado. Ni al segundo. Pensó que así sabía la cocina local.. compleja, atrevida, desconocida. Se permitió disfrutar, convencida de que estaba ampliando su mundo.
Hasta que el mundo empezó a cerrarse.
Primero fue una presión leve en el pecho. Luego, un calor incómodo que subía por el cuello. Intentó respirar hondo y no pudo. El aire se volvió escaso, como si alguien hubiera decidido racionarlo solo para ella. El murmullo del restaurante se distorsionó, los sonidos se alejaron, y el rostro del mesero apareció borroso frente a sus ojos abiertos de miedo.
Se llevó una mano a la garganta.
El cuerpo le pesaba.
Las luces se estiraron en hilos largos.
Y entonces se desmayó.
Mientras caía, en ese segundo suspendido entre la conciencia y la oscuridad, tuvo un pensamiento absurdo, casi tierno, que la hizo sonreír por dentro..
[Por lo menos… no tendré que pagar por la comida.]
Después, todo fue negro.
Más tarde, cuando su cuerpo ya descansaba en una quietud forzada y la respiración había vuelto a encontrar su ritmo, el sueño llegó sin pedir permiso.
No fue un sueño confuso ni caótico. Al contrario, tenía una claridad inquietante, como si no estuviera imaginando, sino recordando algo que nunca había vivido.
Se vio observando a una mujer joven, de una belleza serena y triste. Llevaba un vestido celeste, largo, de una tela suave que se movía apenas con cada paso. Caminaba despacio, con la cabeza baja, los hombros ligeramente encogidos, como si cargara un peso invisible. No lloraba, pero en su silencio había una pena profunda, densa, que se sentía incluso sin palabras.
Detrás de ella, la figura de un hombre mayor rompía esa calma con gritos ásperos. Su voz era dura, autoritaria, cargada de reproches. Tenía el aspecto de alguien acostumbrado a ser obedecido, y aunque el sueño no se lo decía explícitamente, ella supo que parecía ser su padre. No hacía falta entender las palabras.. la intención era clara. Regañaba, imponía, humillaba con cada frase lanzada al aire.
La mujer del vestido celeste no respondía. Seguía caminando, con la mirada fija en el suelo, aceptando los gritos como si fueran parte de su destino.
Entonces apareció otro hombre.
Era más joven, de cabello castaño, muy parecido al de ella misma, como si compartieran algo más que el color.. una misma esencia. Sus gestos eran firmes pero amables. Se acercó a la mujer, se colocó a su lado, y sin enfrentar directamente al hombre mayor, la protegió de algún modo. Le habló en voz baja, le tendió la mano, la sostuvo. No la salvaba de todo, pero le ofrecía apoyo, compañía, una salida silenciosa del dolor.
Ella, la soñante, observaba la escena sin comprender del todo. Sentía que ese momento era importante, que escondía un significado profundo, pero el sentido se le escapaba como agua entre los dedos. Era un sueño fragmentado, cargado de emoción más que de lógica.
El lugar donde todo ocurría era una habitación amplia, elegante y sobria. Techos altos, muebles antiguos, cortinas pesadas, colores apagados. Una mansión de otra época, donde cada objeto parecía tener historia y cada pared guardaba secretos. No había lujo ostentoso, sino una riqueza silenciosa, severa, casi fría.
Mientras el sueño avanzaba, la sensación persistía.. aquello no era solo una fantasía nocturna. Era un eco. Un recuerdo ajeno. Una vida que rozaba la suya sin explicarse.
Cuando abrió los ojos, lo primero que percibió fue el silencio. No el silencio habitual de un hospital moderno, lleno de pitidos lejanos y pasos apresurados, sino uno más espeso, casi solemne, como si el aire mismo respetara el lugar.
Parpadeó varias veces, aún aturdida, y recorrió la habitación con la mirada. La cama era amplia, demasiado elegante para ser una camilla. Las sábanas eran claras, suaves, perfectamente extendidas. No había cables conectados a su cuerpo ni monitores marcando su pulso. Aun así, su primer pensamiento fue automático, casi práctico:
[Este hospital debe costar una fortuna.]
Intentó moverse un poco y sintió el cuerpo pesado, lento, como si cada gesto tuviera que atravesar una capa invisible de cansancio. Giró la cabeza y entonces comenzó a notar los detalles que no encajaban con su suposición inicial. Las paredes no eran blancas ni lisas, sino revestidas con madera oscura, tallada con un gusto antiguo. Había una lámpara de pie con una pantalla de tela, no luces frías en el techo. Junto a la cama, una mesa pequeña sostenía una jarra de cerámica y un vaso de cristal grueso, nada de plástico ni acero.
El corazón le dio un salto lento, confuso.
Miró mejor.
La habitación no solo era elegante, era antigua. Demasiado. Cada mueble parecía sacado de otra época, sobrio y pesado, como los que había visto en museos o en viejas mansiones restauradas. Las cortinas, gruesas y largas, dejaban pasar una luz suave que no provenía de focos artificiales, sino de alguna ventana alta, invisible desde la cama.
Entonces lo entendió.
Era la misma habitación de su sueño.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Negó suavemente con la cabeza, como si ese gesto pudiera ordenar la realidad. Trató de convencerse de que no tenía sentido, de que su mente simplemente estaba jugando con ella. Recordó el desmayo, la falta de aire, los rostros borrosos. L
[os medicamentos.. Algún sedante fuerte. Alucinaciones vívidas, nada más.]
—Claro… —murmuró para sí, con la voz apenas audible—. Son los medicamentos.
Esa explicación le pareció suficiente. Reconfortante, incluso. No tenía fuerzas para cuestionar más. El cansancio volvió a caer sobre ella como una manta pesada, y sus párpados comenzaron a cerrarse sin que pudiera oponerse.
Mientras el mundo se volvía difuso otra vez, alcanzó a pensar, con una inquietud leve pero persistente, que aquel lugar se sentía demasiado real para ser una simple alucinación.
Minutos después, se quedó dormida de nuevo, envuelta en la quietud de la habitación antigua, sin saber que al despertar, la realidad ya no sería tan fácil de explicar.