"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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El despertar de la difunta
El pasillo del ala psiquiátrica de alta seguridad del "Monte Sinaí" olía a desinfectante barato y a esperanzas muertas. Eran las nueve de la noche, la hora en que la conciencia se apagaba por decreto médico.
La enfermera Marta, una mujer de facciones endurecidas por años de indiferencia, se detuvo frente a la pesada puerta de hierro de la habitación 402. A través de la mirilla, observó la figura delgada y pálida que permanecía sentada en el borde de la cama, mirando hacia la nada con ojos vacíos.
—Hora de la medicina, Valeria —dijo Marta mientras la cerradura chirriaba.
La mujer en la cama no se movió. Parecía una muñeca de porcelana rota. Solo cuando la enfermera le puso la cuchara metálica frente a los labios, Valeria abrió la boca con una sumisión mecánica que no despertaba sospecha alguna. La pastilla blanca se posó sobre su lengua. Tras el trago de agua obligatorio y la revisión de rutina, la enfermera se retiró, satisfecha de haber cumplido con su tarea.
Pero en cuanto el eco de los pasos desapareció, la transformación comenzó.
Los ojos de Valeria, que antes parecían cristales sin brillo, se encendieron con una lucidez aterradora. Con un movimiento experto, expulsó la pastilla que había escondido bajo la lengua y la aplastó con el talón de su pie descalzo. Llevaba seis meses haciendo lo mismo. Seis meses fingiendo ser la idiota sedada que su esposo quería que fuera, mientras su mente reconstruía, pieza por pieza, el rompecabezas de su traición.
Valeria se acercó a la pequeña ventana con barrotes. A través del cristal, el reflejo le devolvía el rostro de un fantasma. Había perdido peso y su piel era traslúcida, pero detrás de esa apariencia frágil latía un odio que le daba más fuerza que cualquier alimento.
—Cinco años, Adrián —susurró hacia la oscuridad—. Cinco años creyendo que habías ganado.
Mientras ella se pudría en el anonimato de esa celda, Adrián Montero disfrutaba de la fortuna de los Estrada, posando como el "viudo ejemplar" junto a Isabella Peña, la mujer que solía ser su mejor amiga y que ahora ocupaba su lugar en su cama y frente a sus hijos, Lucas y Mía. El pensamiento de sus hijos fue como una descarga eléctrica; Valeria apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en las palmas. No podía quebrarse ahora. El plan estaba en marcha.
Unos golpes rítmicos en la pared de piedra la sacaron de su trance. Era la señal de sus únicos aliados en aquel infierno. Valeria se arrodilló junto al conducto de ventilación.
—Las cámaras estarán en bucle a partir de las tres de la mañana —la voz de Marcus llegó desde el otro lado, cargada de una vibración nerviosa pero técnica—. He logrado hackear el servidor local desde la terminal de la biblioteca. Tenemos una ventana de diez minutos antes de que el sistema central detecte la anomalía.
Marcus, un genio de la informática que alguna vez fue la mano derecha de un magnate antes de ser incriminado y desechado, era el cerebro tecnológico que Valeria necesitaba. A su lado, en la misma celda, estaba Lucía, una mujer mayor de cabello cano y manos cálidas que había perdido a toda su familia.
—Todo está listo, hija —intervino la voz suave de Lucía—. He guardado las sábanas extra para el fuego en la lavandería. Mañana, Valeria Estrada dejará de sufrir. Mañana, serás libre.
—Gracias, Lucía —respondió Valeria con el corazón latiendo con fuerza—. Mañana la "difunta" despertará.
Esa noche, Valeria no durmió. Imaginó la mansión Montero en la distancia, viendo a Adrián brindar con Isabella, celebrando algún nuevo éxito financiero construido sobre sus ruinas. Él creía que le había robado el nombre, el dinero y el futuro, pero se había olvidado de algo fundamental: no se puede matar a quien ya ha estado en el infierno y ha aprendido a gobernar las llamas.
Se miró una vez más en el espejo roto escondido bajo su colchón. Su rostro pálido se dividía en dos por la sombra de la habitación. Una mitad representaba el dolor de la mujer traicionada; la otra, la frialdad de la mujer que estaba por nacer: Elena Rose.
Adrián Montero le había robado la vida, de eso no había duda. Pero él no sabía que ella estaba por cobrar cada deuda con intereses.
—Él me robó la vida —sentenció para sí misma mientras el primer rayo de luna iluminaba su celda—, pero yo... yo le quitaré el alma.