Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 9: El punto de quiebre
Javier intentó levantarse, sus instintos de Alfa gritándole que luchara, que devolviera el golpe, que defendiera su dignidad. Pero su cuerpo no respondía. La fiebre lo había dejado sin fuerzas, y el dominio físico del Delta era abrumador. Damián lo inmovilizó contra las sábanas antes de que pudiera recuperarse.
—No te resistas —gruñó Damián al oído de Javier, una orden cargada de un desprecio que rozaba lo inhumano—. Has firmado para ser mío. Eres el pago por la deuda de tu padre, y voy a usar cada centavo de ese pago.
Lo que siguió fue una pesadilla de sombras y violencia. No hubo piedad, ni una pizca de la humanidad que un ser vivo debe a otro. Damián no veía a Javier; veía el obstáculo que lo separaba de su felicidad.
Lo violó con una brusquedad y con una mirada llena frialdad, ignorando las quejas de dolor o los intentos desesperados de Javier por apartarlo. Cada movimiento de Damián era un castigo, una forma de decir que, en ese mundo de lobos, Javier Müller ya no era más que un objeto.
Javier cerró los ojos, apretando los dientes hasta que sintió que se romperían. En algún momento, dejó de luchar. Su mente se desconectó de su cuerpo, refugiándose en un rincón oscuro donde el dolor no podía alcanzarlo. En ese vacío, recordó las palabras de su padre: "Los Müller sacrifican lo necesario". Se preguntó si su padre sabía que el sacrificio incluía la destrucción total de su alma.
Cuando Damián terminó, se levantó con la misma indiferencia con la que un soldado limpia su arma tras la batalla. Se arregló la ropa frente al espejo, observando su propio reflejo sin un ápice de remordimiento. Javier permanecía inmóvil en la cama, como una muñeca rota, mirando fijamente hacia el techo dorado de la habitación.
—Mañana —dijo Damián, su voz recuperando esa cadencia de mando absoluta— saldremos a navegar por el lago. Habrá fotógrafos en la distancia. Te pondrás un traje caro, ocultarás esa marca de tu cara con maquillaje y sonreirás. Si vuelves a darme problemas, lo de hoy será solo el comienzo.
Damián salió de la habitación, cerrando la puerta con llave desde fuera. El sonido del cerrojo fue la sentencia final.
Javier se quedó solo en la oscuridad. El dolor físico era intenso, pero el vacío emocional era insoportable. Se arrastró hacia el borde de la cama, sus dedos temblorosos tocando el suelo frío. Se sentía sucio, roto, humillado. Pero en medio de esa ruina, algo comenzó a cambiar.
Ya no había lágrimas. Las lágrimas eran para los que aún esperaban piedad. Javier entendió que en esa mansión, en esa familia, y bajo ese apellido, la piedad no existía. Si Damián Moretti quería un objeto, le daría una estatua de hielo. Si quería un contrato, le daría una guerra legal y psicológica que no vería venir.
Se levantó con una lentitud agónica y caminó hacia el baño. Se miró en el espejo. El lado izquierdo de su rostro estaba inflamado, un moretón púrpura empezaba a florecer bajo su ojo.
Su mirada, sin embargo, ya no era la de aquel joven Alfa que observaba Frankfurt desde el edificio Müller. Sus ojos grises se habían vuelto opacos, metálicos. El "invierno" que había imaginado en sus delirios febriles finalmente se había instalado en su pecho.
Se lavó la cara con agua helada, sin inmutarse por el dolor de la herida abierta en su labio.
—Me has roto, Damián —susurró Javier para sí mismo, su voz sonando extraña en el silencio del baño—. Pero los cristales rotos son los que más cortan.
Mientras tanto, en París, en una cena privada iluminada por velas, Ángel Blanca levantaba su copa de cristal frente a Adriano Moretti.
—Por el éxito de nuestra misión —dijo Ángel, sus ojos brillando con una luz maliciosa.
—Por la caída del heredero —respondió Adriano.
Ninguno de ellos sabía que, en la Villa del Lago de Como, el hombre que consideraban la pieza más débil del tablero acababa de morir por dentro para dejar paso a algo mucho más peligroso. Javier no buscaba ya amor, ni respeto, ni siquiera libertad. Ahora, en el fondo de su ser, comenzaba a germinar una semilla negra y poderosa.
Venganza.
Damián creía que había dominado a un Alfa. No entendía que lo que había hecho era despertar a un monstruo que ya no tenía nada que perder. Y en el mundo del crimen y el poder, un hombre que no teme a la pérdida es el único que puede ganarlo todo.
La noche continuó, silenciosa y eterna, sobre las aguas del Lago de Como. Pero bajo la superficie, las corrientes estaban cambiando. El contrato firmado con sangre empezaba a exigir su pago, y Javier Müller se encargaría de que Damián Moretti pagara cada gota, con intereses que ni siquiera el Imperio Moretti podría costear.
Continuará…
🔥 Adriano Moretti
Edad: 26 años
Subgénero: Alfa dominante.
Primo de Damián Moretti.
Amante secreto de Ángel Blanca.
Y la herida abierta del apellido Moretti.
Adriano nació dentro del imperio… pero fuera de la línea de sucesión.
Desde niño entendió que jamás sería el heredero.
No importaba su talento.
No importaba su fuerza.
No importaba su ambición.
El apellido lo llevaba.
Pero la fortuna no le pertenecía.
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.