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ÁMAME SIN MEDIDA.

ÁMAME SIN MEDIDA.

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Triángulo amoroso / Romance
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luna stars

Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.

NovelToon tiene autorización de Luna stars para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

¡¿Qué es lo que no entiendes?!

El estruendo que se escuchó hizo que Fernanda retrocediera quedando pegada  a la pared, y al levantar la vista, lo vio. Su padre había regresado, sabía que Sofía intentaría hacer algún movimiento, pero no esperaba que fuera tan pronto, y que eso lo haría enfurecer tanto.

Fernanda sintió cómo la sangre se le helaba al ver la expresión de su rostro. Comprendía que algo como esto podía pasar si su hermana continuaba provocándolo; lo conocía muy bien, su padre no era del tipo de persona que dejaba todo para después, él no soportaba la desobediencia. Pero nunca imaginó que llegaría tan pronto, sin darles tiempo a nada.

— Padre. — Logró decir, intentando sonar firme. — ¿Por qué estás aquí?

Él avanzó con paso lento, seguro, mientras que en su rostro se dibujaba una sonrisa que solo demostraba desprecio.

— A tu hermana le gusta jugar conmigo. — Respondió con un tono cargado de rabia. — Piensa que mis palabras no son para tener en cuenta. Pero esta vez, me aseguraré de que nunca más vuelva a desobedecerme.

— ¡Ella no te ha hecho nada! — Replicó Fernanda, dando un paso hacia él. No sabía de dónde salía su valentía, pero algo dentro de ella la impulsaba a no retroceder.

Su padre río con cinismo, al ver como su hija hacía el intento por desafiarlo. Lastimosamente él no era un hombre de sentimentalismos.

— Eres igual de ingenua que tu madre. — Alzó la mano y le acarició la mejilla, con una falsa dulzura que la hizo estremecer. — Pero ese coraje no te sirve de nada si estás del lado equivocado.

Antes de que Fernanda pudiera hacer algo, dos hombres vestidos de negro ingresaron al apartamento y la sujetaron por detrás, sin posibilidades de hacer nada. Mientras que otros de los hombres de su padre se dirigieron directamente a las habitaciones.

— ¡No pueden entrar! ¡Esto es propiedad privada! — Gritó con desesperación, tratando de liberarse, pero era imposible.

— Oh, qué tierna. — Musitó su padre, inclinándose hacia ella. — Necesito a tu hermana para conseguir lo que me pertenece. Y si no coopera por las buenas… lo hará por las malas. — Su voz se volvió más fría. — Desgraciadamente, su madre ya no me sirve.

El suelo parecía desvanecerse debajo de los pies de Fernanda al escuchar a su padre. Como podría ser alguien tan cruel simplemente por dinero.

— ¿Qué… Qué dijiste? — Susurró con la voz quebrada.

Su padre no respondió, él simplemente dirigió su mirada al segundo piso donde se escuchó el grito de Sofía desde la habitación. Fernanda intentó liberarse y correr hacia ella, pero no tenía la fuerza suficiente. Sin embargo, en un forcejeo inesperado, logró soltarse a duras penas alcanzando a ver cómo arrastraban a su hermana. Sofía estaba débil, y sin fuerzas para defenderse.

— ¡Suéltenla! — Gritó Fernanda con todas sus fuerzas, tratando de acercarse, pero fue sometida nuevamente.

— Dale esto. — Ordenó su padre, lanzando un pequeño frasco a uno de los hombres que sostenía a Sofía. — Esto la volverá tan frágil como un corderito.

Fernanda continuaba forcejeando con uno de ellos mientras veía cómo obligaban a Sofía a tragar el contenido del frasco. La desesperación la estaba consumiendo por completo sin saber que hacer para poder ayudar a su hermana.

— ¡Malditos! ¡Suéltenla! ¡No le hagan daño!

El grito resonó por todo el apartamento provocando fastidio en su padre, quien ya  cansado de su resistencia, la empujó con fuerza provocando que esta cayera sobre una mesa de vidrio que se hizo añicos bajo su cuerpo. Un dolor agudo recorrió la espalda de Fernanda dejándola completamente aturdida, dejándola sin tiempo de reaccionar porque la oscuridad comenzó a envolverlo todo. Ella solo intentaba ver a su hermana quien estaba tendida en el suelo sin moverse.

Antes de perder el conocimiento, alcanzó a escuchar a lo lejos el sonido de las sirenas, mientras que una figura irrumpía por la puerta corriendo hacia ella con desesperación, mientras pronunciaba su nombre. Al final, solo quedó el silencio.

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El sonido intermitente de las máquinas, y el constante pitido, junto al inconfundible aroma a desinfectante, le confirmó a Sofía que de nuevo se encontraba en el hospital. Su cuerpo reconoció el lugar antes que su propia mente. Esta era una fría sensación que la abrazaba como una sombra conocida; aquel espacio se había transformado en una extensión melancólica de su existencia.

Al abrir sus ojos con lentitud, intentó acostumbrarse a la luz blanca que caía desde el techo. Todo a su alrededor se veía borroso, los tubos, el monitor, la bata médica, y entonces la vio. Fernanda estaba allí, en un pequeño sofá junto a la cama, con el cuerpo encogido y los ojos cerrados por el cansancio. Había permanecido allí, cuidándola, como tantas veces lo había hecho Sofía por ella.

Pero lo que le heló la sangre no fue verla dormida, sino las vendas que cubrían sus brazos. Una punzada de angustia le atravesó el pecho. Pequeños fragmentos de lo sucedido llegaron a su mente. Fernanda luchando contra su padre para poder llegar hasta ella, la mirada fría de su padre diciéndole que este era su fin, la noticia de la muerte de su madre. Todo había terminado. Sin embargo, ¿cómo era que habían llegado hasta el hospital?

Sin pensar en nada más, Sofía se incorporó con brusquedad, intentando bajarse de la cama, pero el suelo parecía moverse bajo sus pies. Un fuerte mareo la obligó a aferrarse a la sábana. Todo comenzó a girar a su alrededor sintiendo un peso en la cabeza, como si el mundo quisiera obligarla a quedarse quieta.

El ruido del monitor alterado despertó a Fernanda de inmediato. Abrió los ojos, confundida, y al ver a su hermana intentando bajar de la camilla, corrió hacia ella. La rodeó con los brazos, abrazándola con fuerza, como si temiera que se desvaneciera de nuevo.

— Por Dios, Sofía. — Susurró con voz temblorosa. — Qué bueno que despertaste. Estaba tan preocupada… pasaron días y no reaccionabas.

Sofía respiró comenzó a respirar con dificultad. Su garganta ardía, y apenas si podía sostenerle la mirada a su hermana.

— Estoy bien… — Murmuró con debilidad, volviendo a recostarse. — No debes preocuparte por mí.

Fernanda la observó con una mezcla de alivio y tristeza. Aquella frase, dicha con tanta calma, la golpeó más fuerte que cualquier grito. Se sentó al borde de la cama, intentando encontrar el momento adecuado para hablar con calma y así poder decirle a su hermana que ya todo estaba bien.

— ¿Cómo te sientes? — Preguntó finalmente.

— Cansada. — Respondió Sofía sin abrir los ojos. — Pero dime, ¿cómo estás tú?

Fernanda bajó la mirada. Las vendas en sus brazos parecían arder por leves momentos, pero lo que más le dolía no era el dolor físico, sino lo que representaban.

— Estoy bien… no tienes que preocuparte por mí. — Repitió, casi en un susurro.

Sofía giró el rostro hacia ella, con una expresión seria, cargada de decisión.

— Fernanda… — Dijo tras un largo silencio. — Quiero que recojas tus cosas y te vayas fuera del país.

Las palabras flotaron en el aire como una sentencia. Fernanda se quedó inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar. La tristeza le tiñó el rostro al instante. Sabía que no era una orden cruel, sino una súplica desesperada de protección. Sofía solo quería mantenerla a salvo. Pero aun así, dolía; dolía profundamente.

— Sofía… — Intentó hablar con suavidad. — Ya no tienes que preocuparte por nada. Todo terminó. Él no volverá a hacernos daño.

— ¡¿Qué es lo que no entiendes?! — Exclamó Sofía con una furia contenida que brotó de lo más hondo de su alma. — ¡No quiero que estés más cerca de mí! ¡No quiero que nadie más salga lastimado por mi culpa!

El grito resonó por la habitación, seco y desgarrador. Fernanda la miró con los ojos humedecidos, sin intentar moverse. Sabía que detrás de esas palabras no había rechazo, sino miedo.

— Por favor… — Dijo con voz quebrada. — ¿Al menos podrías escucharme?

Sofía apartó la mirada. La respiración le temblaba. Sentía que cada palabra que pronunciaba le arrancaba un pedazo del alma. Había perdido demasiado; a su madre, casi a su hermana, su estabilidad, su paz. Todo lo que amaba parecía desvanecerse, como si la vida se empeñara en arrebatarle lo poco que le quedaba.

No podía seguir viendo cómo las personas que amaba pagaban el precio de su desgracia. Y si debía quedarse sola para protegerlas, lo haría sin dudar.

— ¡Pues no! — Habló Fernanda con fuerza. — Estoy cansada de que siempre las cosas se tienen que hacer como tu dices sin poder dar mi opinión. No soy un títere a quien puedes mover y hacer lo que quieras.

Sofía se quedó sorprendida ante las palabras de su hermana. Sobre todo porque ella lo que menos ha querido es oprimir, sino más bien protegerla.

— Siempre impones tu voluntad, sin escuchar a los demás. Tu no tienes la última palabra para todo, porque los demás también sentimos y pensamos. Si continúas así, terminarás quedándote sola sin nadie que te soporte. Volveré cuando estés más calmada y puedas tener la disponibilidad de escuchar.

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Maria Elena Martinez Lazaro
hay no, que rabia me da que cada vez que van a decir algo importante alguien tiene que abrir la puerta e interrumpir, no puede ser yo también quiero saber que paso con el desalmado de su papá
Maria Elena Martinez Lazaro
Dios mío que incertidumbre quien será esa persona que entró así y a quien llamó Fernanda
Maria Elena Martinez Lazaro
Que bien por Sofía y Maximiliano 👏👏👏que bueno que salió a defender el honor de su furia esposa 🤭🤭. Por favor querida autora Luna no te demores mucho en subir capitulos quedé perdida y me tocó volver a leer de nuevo para poder cogerle el hilo
Maria Elena Martinez Lazaro: gracias y bendiciones
total 1 replies
Maria Elena Martinez Lazaro
Excelente la historieta
Margalenis
la verdad es q no he entendido es nada esto está enredado
Lucenid Perez Quintero
espero nuevos capítulos 🤭🤭
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