Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 12
Camila
Al llegar, Tamara nos esperaba.
—Señora Camila, señor Nicolás. Regresaron. El bebé está dormido —nos dijo—. Todo tranquilo.
—Gracias, Tamara —respondí.
Ella tomó su bolso.
—Bien. Ya me voy, o perderé el autobús.
—No —dije de inmediato—. Ya es tarde, y es fin de semana. No me gusta que vayas sola.
Nicolás asintió.
—Yo te llevo —agregó—. Es lo mejor.
Tamara dudó un segundo, pero aceptó.
Me quedé sola en la sala. Me quité los zapatos y los dejé a un lado.
Apoyé los pies descalzos sobre la alfombra y cerré los ojos un momento.
No estaba agotada. Estaba… drenada.
Cuando Nicolás volvió, fue hacia la cocina y trajo dos copas de vino.
—Pensé que te vendría bien —dijo, tendiéndome una.
—Gracias.
Se sentó frente a mí, dejó su copa en la mesa baja y me tomó los pies.
—Te duelen —afirmó.
—No hace falta que…
—Déjame —me interrumpió con suavidad—. Déjame cuidarte un poco.
No insistí más.
Sus manos comenzaron a masajearme con paciencia. Siempre había sido bueno en eso. Preciso. Atento. Sentí cómo el cuerpo empezaba a aflojarse, cómo el peso del día se me iba de a poco.
—Así está bien —murmuré.
Sus manos subieron apenas por mis gemelos. Yo me moví, incómoda, no del todo preparada.
—Tranquila —dijo—. Solo relájate.
Y con un poco de esfuerzo... lo hice.
El ambiente se volvió más íntimo, más silencioso. El contacto dejó de ser solo un gesto de cuidado y se transformó en algo más. Algo inevitable.
No fue como antes. No fue un desborde. Fue distinto.
No sentí rechazo. Tampoco plenitud.
Sentí extrañeza.
Después de tanto tiempo, estar así con mi esposo se sentía nuevo y ajeno a la vez. Mi cuerpo respondía, pero mi mente iba más lenta, tratando de alcanzarlo.
Aun así, no me alejé.
Me dejé estar. Después de tanto tiempo volvimos a tener intimidad.
Nicolás se quedó dormido, a mi lado.
El sillón era lo suficientemente grande como para que ambos estuviéramos recostados, mi espalda desnuda apoyada contra su pecho, su brazo rodeándome con una naturalidad que ya no me sorprendía. Su respiración se volvió profunda, regular. Tranquila.
Yo, en cambio, seguía despierta.
Con cuidado, me moví apenas. Deslicé su brazo con lentitud, como si temiera romper algo frágil. No se despertó. Tomé mis zapatos, mi vestido, y me puse de pie en silencio.
Subí las escaleras sin hacer ruido.
En la habitación, dejé la ropa sobre un mueble y entré al baño. Cerré la puerta y abrí la ducha. El sonido del agua cayendo fue inmediato, envolvente. Me metí debajo sin regular la temperatura, dejándola correr sobre mi cuerpo como si pudiera llevarse algo más que el cansancio.
Y entonces volvió.
La culpa.
Ese peso sordo en el pecho.
Ese dolor que no se ve, pero insiste.
Apoyé la frente contra la pared y cerré los ojos. El vapor me rodeaba, pero no lograba ahogarlo.
Alejo apareció sin ser llamado.
Su voz. Sus promesas. La forma en que yo era entonces. Sentí un nudo en la garganta.
No era que no quisiera estar con Nicolás. No era rechazo. No era desprecio. Era peor.
Quería corresponderle. Quería pertenecerle. Quería entregarme sin reservas.
Y no podía.
Eso era lo que más dolía.
Lloré en silencio, dejando que el agua ocultara las lágrimas. No me sentía una víctima. Tampoco una villana. Me sentía rota en un lugar que no sabía cómo reparar.
Cuando salí de la ducha, me envolví en una toalla, pero las lágrimas seguían allí, agazapadas, esperando el menor descuido.
Salí del baño y caminé directo a la habitación de mi hijo.
Me arrodillé frente a la cuna.
Alvarito dormía profundamente, ajeno a todo. Su respiración era suave, regular. Lo observé durante largos segundos, como si necesitara memorizarlo otra vez.
—Tú eres lo único bueno de este matrimonio… —susurré—. Lo único a lo que puedo corresponder de forma real.
Mi voz tembló.
—Todo es por ti, mi amor.
Me quedé allí, con la frente apoyada en el borde de la cuna, hasta que escuché pasos.
Nicolás estaba subiendo.
Me puse de pie de inmediato y regresé a nuestra habitación. Me acosté de mi lado de la cama y cerré los ojos, fingiendo dormir.
Escuché cómo entraba. Cómo abría el vestidor. Cómo dejaba algo sobre una superficie. Luego, el sonido del agua: también se estaba duchando.
Esperé.
Cuando regresó, se metió en la cama con cuidado. Sentí el colchón moverse apenas. Pero no se acercó. No buscó mi cuerpo. No me rodeó con sus brazos.
Se quedó de su lado.
Y esa distancia me provocó dos sensaciones opuestas al mismo tiempo.
Un alivio inmediato, casi culpable.
Y una tristeza amarga que me apretó el pecho.
Porque si me hubiera tocado, no sabía qué habría hecho.
Y porque, al no hacerlo, confirmé que algo entre nosotros también estaba cansado.
Me quedé quieta, escuchando su respiración, con los ojos cerrados y el corazón despierto. Deseando querer como debía. Deseando sentir como se esperaba. Deseando no tener que fingir ni huir de mí misma.
Pero, una vez más, no pude.
Desperté con una sensación extraña.
La cama estaba vacía a mi lado. Fría.
Me quedé unos segundos mirando el techo, intentando ordenar mis pensamientos. La noche anterior parecía lejana y demasiado cercana al mismo tiempo.
Me levanté despacio y bajé las escaleras aún en pijama, con el cabello suelto, sin preocuparme por nada más.
Desde la cocina llegaban ruidos suaves. Platos. Cubiertos. El sonido inconfundible de algo friéndose.
Cuando entré, lo vi.
Nicolás estaba de espaldas, traía una playera negra de algodón, unos pantalones de chándal y un delantal de cocina puesto, moviéndose por la cocina con una soltura que no le conocía. Tarareaba algo en voz baja.
Al darse vuelta y verme, su rostro se iluminó de inmediato.
—Buenos días —dijo, sonriendo de una forma distinta—. Ya iba a subir a despertarte.
Me quedé quieta, observándolo.
Había algo en él que no estaba allí antes. Una ligereza. Una alegría contenida que parecía empujarle el pecho hacia afuera.
—Buenos días —respondí.
Se acercó y besó mi mejilla con naturalidad.
—Espero que tengas hambre —añadió—. Me levanté temprano.
—¿Y Tamara? —pregunté, mirando alrededor.
—La llamé —explicó—. Le pedí que viniera más tarde. Quería que desayunáramos solos. En familia.
Asentí, aunque algo dentro de mí se encogió apenas.
—Ya cambié a Alvarito —continuó—. Está en su cuna, despierto. Jugando.
—¿Lo cambiaste tú?
—Sí —sonrió—. Protestó un poco, pero logré sobrevivir
No pude evitar sonreír levemente.
Subí las escaleras y entré a la habitación de mi hijo. Alvarito estaba despierto, moviendo las piernas, balbuceando sonidos que parecían palabras inventadas solo para él. Cuando me vio, abrió los ojos con entusiasmo.
—Hola, amor —susurré.
Lo tomé en brazos y sentí su peso tibio contra mi pecho. Bajé con él y lo senté en su sillita, cerca de la mesa.
El desayuno estaba servido. Todo cuidado. Todo pensado.
Nicolás se sentó frente a mí, observándonos con orgullo.
—Me gusta esto —dijo—. Me gusta vernos así.
No supe qué responder.
Comimos. Hablamos de cosas pequeñas. De lo rápido que estaba creciendo el niño. De lo que haríamos ese día. Nicolás reía más de lo habitual. Me miraba con frecuencia, como si buscara confirmar algo en mi rostro.
Yo sonreía. Respondía. Estaba allí.
Pero no del todo.
Había una plenitud que no llegaba. Un hueco que no se llenaba, por más armonía que hubiera en la escena.
Miré a Nicolás, tan ilusionado, tan convencido de que algo había cambiado.
Y me dolió.
Porque yo también quería creerlo.
Porque deseaba sentir lo mismo que él.
Porque no había nada malo… y aun así, algo faltaba.
Desayunamos los tres, como una familia perfecta.
Y yo, una vez más, supe que las apariencias podían ser cálidas.
Pero no siempre suficientes.