Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Nido de serpientes
Mi madre se había encargado de la preparación para la cena de esta noche, pues no dejaría nada al azar. Daniela nunca se imaginaría la sorpresa que le teníamos preparada; una emboscada envuelta en seda y cristalería fina. En esta casa, las celebraciones nunca son lo que parecen; son tableros donde cada copa de vino es un movimiento y cada sonrisa es una estocada.
Los invitados estaban por llegar. Alan estaba encerrado en el despacho de mi padre, seguramente hablando de negocios, herencias y de cómo arrebatarle el control de la farmacéutica a su primo. Alan es útil, sí, y su apellido es la Llave que necesito, pero a veces su torpeza me irrita. Mientras él conspiraba entre paredes de madera y olor a tabaco, yo terminaba de arreglar mi atuendo en mi habitación, frente al espejo de cuerpo entero. Elegí un vestido rojo carmesí, ajustado como una segunda piel, diseñado para gritar poder y sensualidad. Necesitaba verme hermosa, perfecta, lista para opacar a Daniela como lo hacía siempre. Ella siempre fue el lienzo gris sobre el que yo pintaba mi resplandor.
Pero esta noche, mi motivación era distinta. No se trataba solo de dinero. Desde el momento en que vi a Arturo entrar por la puerta principal de esta casa el día que vino a pedir a la tonta de Daniela en matrimonio, sentí una atracción eléctrica y oscura por él. Su porte, esa frialdad de cirujano que parece analizarte hasta el alma, y la forma en que domina cada habitación en la que entra... En ese momento, me arrepentí amargamente de no haber aceptado ser yo quien se casara con él. Fui tonta al pensar que Alan sería más fácil de manejar; debí haber reclamado al lobo alfa, no al que se conforma con las sobras.
—Mírate, Erika —susurró mi madre, entrando en la habitación y ajustando uno de mis pendientes de diamantes—. Estás radiante. Daniela parecerá una sirvienta a tu lado.
—Daniela siempre parece una sirvienta, mamá —respondí, retocando mi labial—. Lo que me molesta es que ella tenga el derecho de dormir en la misma cama que Arturo Villegas. Ese hombre es demasiado para una mujer tan insignificante.
Mi madre sonrió con esa mueca depredadora que tanto nos caracterizaba.
—No te preocupes por eso. Esta noche, Arturo verá la diferencia entre una verdadera reina y una impostora. Si ese embarazo es real, nos encargaremos de que no llegue a término. Y si es mentira... bueno, Arturo se sentirá tan humillado que buscará consuelo en cualquier lugar. Y tú estarás allí para dárselo.
El sonido de un auto deteniéndose frente a la mansión interrumpió nuestra charla. Caminé hacia la ventana y corrí la cortina lo suficiente para ver el sedán negro de Arturo. Él bajó primero, impecable en su traje oscuro, y luego le abrió la puerta a ella. Verlo tratarla con esa caballerosidad me produjo un nudo de envidia en la garganta que casi me hace perder la compostura. Él le tendió la mano y ella la aceptó, luciendo un vestido verde esmeralda que, aunque elegante, no podía ocultar su aura de víctima.
—Ya llegaron —anuncié, sintiendo cómo la adrenalina corría por mis venas—. Bajemos, mamá. Es hora de que empiece el espectáculo.
Bajamos las escaleras con la seguridad de quien sabe que tiene todas las de ganar. En el gran salón, mi padre y Alan ya estaban esperando. Cuando Arturo y Daniela cruzaron el umbral, el aire pareció succionarse de la habitación. Arturo mantenía a Daniela pegada a su costado, una mano posesiva sobre su cintura que me hizo apretar los dientes.
—¡Bienvenidos! —exclamó mi padre, abriendo los brazos con una falsedad que incluso a mí me pareció excesiva—. ¡Los futuros padres de la familia Villegas-Stevens!
Caminé hacia ellos con mi mejor sonrisa de "hermana cariñosa". Me acerqué a Daniela y la abracé, sintiendo cómo se ponía rígida bajo mi contacto. Me deleité en su miedo.
—Estás preciosa, hermanita —le susurré al oído, lo suficientemente bajo para que solo ella me escuchara—. Disfruta de la atención mientras puedas. Las sorpresas de papá y mi madre suelen ser... inolvidables.
Luego, me giré hacia Arturo. Le dediqué mi mirada más intensa, una que Alan nunca recibiría, y le estreché la mano, dejando que mis dedos rozaran su palma un segundo más de lo necesario.
—Arturo, te ves impecable como siempre —dije, bajando el tono de voz—. Me alegra que hayas traído a Daniela. En esta casa siempre hace falta un poco de drama para animar las cenas.
Arturo me sostuvo la mirada con esa frialdad de acero que tanto me excitaba. No se inmutó. No cedió. Pero yo sabía que, bajo esa superficie de hielo, él era un hombre de carne y hueso, y yo estaba decidida a ser el fuego que lo consumiera, incluso si tenía que pasar por encima del cadáver de mi propia hermana para lograrlo.
La cena comenzó, y mientras los criados servían el primer plato, vi a mi padre hacerle una señal al abogado de la familia, que esperaba discretamente en una esquina. La trampa estaba lista. La "sorpresa" de Guillermo Stevens no era un regalo para el bebé, sino un documento que cambiaría el destino de todos en esa mesa, y yo no podía esperar para ver la cara de Daniela cuando se diera cuenta de que su "protección" tenía un precio que no podía pagar.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades