Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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Burla del destino
Para el segundo mes, el dolor que antes era un volcán en erupción se había cristalizado en una frialdad quirúrgica. Regresé a la constructora, pero el hombre que cruzó esas puertas de cristal no era el arquitecto que soñaba con museos, espacios abiertos y luz natural. Ese hombre había muerto entre los hierros retorcidos del auto de Miranda. El que quedaba era una máquina de demolición, un ser oscuro que ya no buscaba construir estructuras, sino destruir existencias.
Mi oficina, que antes estaba llena de planos y maquetas, se convirtió en un centro de guerra. Usé cada recurso legal e ilegal, cada contacto político y cada centavo de mi fortuna personal para asfixiar las empresas de Arturo Valer. Quería que sintieran el miedo que yo sentía cada noche al despertar en una cama vacía. Quería que supieran que cada respiro que su hija daba en ese coma, conectada a máquinas de última generación, tenía un precio que sus cuentas bancarias no podrían pagar. Empecé a comprar sus deudas, a presionar a sus proveedores y a sembrar dudas entre sus inversionistas. Cada golpe financiero que le propinaba a los Valer era una ofrenda a la memoria de mi esposa.
Visitaba la clínica todas las semanas. No por compasión, ni por un rastro de humanidad, sino para vigilar a mi presa. Me sentaba en el pasillo, justo frente a la suite de lujo donde ella dormía el sueño de los injustos, y me dedicaba a observar a Arturo Valer. Lo veía entrar y salir con el rostro desencajado, envejeciendo diez años en sesenta días. Disfrutaba su sufrimiento con una intensidad sádica. Cada cana nueva en su cabeza, cada vez que lo veía sollozar en un rincón creyéndose solo, era una pequeña victoria para mi luto.
—Señor Villegas, no puede estar aquí. Está incomodando a los familiares y al personal —me decía el jefe de seguridad de la clínica, un hombre que evitaba mirarme a los ojos.
—Solo estoy esperando a que despierte —respondía yo, sin apartar la vista de la puerta de Ámbar, con una sonrisa fría que los hacía retroceder por puro instinto—. Porque el día que esa niña abra los ojos, se encontrará conmigo. Y juro por Dios que deseará no haberlo hecho nunca.
Llegó el tercer mes, y con él, el clímax de mi cacería. La desesperación de Arturo Valer llegó a su límite cuando logré bloquear, mediante una red de influencias en el extranjero, uno de sus préstamos internacionales más importantes para la cadena de hoteles. El hombre estaba contra las cuerdas, intentando salvar un imperio que se desmoronaba mientras su hija seguía suspendida en la nada, ajena al caos que su imprudencia había desatado.
Y entonces, una tarde de lluvia gris, recibí la llamada de mi contacto infiltrado en el hospital:
"Ámbar Valer ha despertado".
Sentí una descarga eléctrica de pura rabia recorriendo mi espina dorsal. No hubo alivio, solo una sed de confrontación que me quemaba las entrañas. Conduje hasta la clínica como si el mismísimo diablo me persiguiera, quemando neumáticos, con la imagen de Miranda grabada en mi mente. Cuando irrumpí en esa habitación y la vi... Dios, el impulso de matarla fue casi incontrolable.
Ver ese rostro joven, esa piel de porcelana sin un solo rasguño permanente, esa mirada que parecía perdida en una confusión fingida, me recordó todo lo que Miranda ya no tenía. Miranda, cuyo cuerpo tuve que identificar en la morgue, cuya piel estaba lacerada por cristales, cuyo brillo se había apagado para siempre por el capricho de esta chiquilla. Ámbar estaba allí, viva, respirando el aire que le pertenecía a mi esposa.
—Vaya... —dije, y mi propia voz me sonó extraña, ajena, cargada de una sed de sangre que no sabía que poseía—. Al final resultó que tienes siete vidas, maldita perra.
La vi temblar. Vi cómo el terror se filtraba en sus ojos color miel y sentí un placer amargo. Quería que tuviera miedo. Quería que sintiera que el aire que llenaba sus pulmones no le pertenecía, que cada latido de su corazón era un robo a la tumba de Miranda. La llamé Ámbar, la llamé asesina, la humillé con cada palabra hiriente que la Miranda real —la dulce y justa Miranda— nunca me habría permitido decir. Pero ella no estaba allí para detenerme; estaba bajo tres metros de tierra por culpa de la niña que ahora lloraba frente a mí.
—Ojalá te hubieras quedado en ese asfalto junto con la mujer que realmente importaba —le espeté, disfrutando del brillo de las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos.
No me importaba su llanto. No me importaba que pareciera una niña asustada o que su voz sonara quebrada. Para mí, ella no era un ser humano; era el receptáculo de todo mi dolor, la personificación de mi tragedia. Al salir de esa habitación, después de jurarle que dedicaría cada minuto de mi existencia a destruirla, sentí que mi propósito finalmente estaba claro.
No iba a descansar hasta verla en la miseria más absoluta. Iba a arrebatarle el apellido, la fortuna de su padre y, eventualmente, su libertad. Iba a convertir su vida en un desierto de soledad y desprecio, tal como ella había hecho con la mía al quitarme a Miranda.
—Ya casi terminamos, mi amor —pensé mientras subía a mi auto y apretaba el volante con una furia que me hacía doler los nudillos—. Ella despertó solo para que yo pueda enseñarle lo que es el verdadero infierno. Un infierno donde yo soy el juez y el verdugo.
Lo que no sabía, mientras aceleraba bajo la lluvia, era que el destino se estaba burlando de mi odio. No sabía que la mujer que lloraba en esa cama, la que me miraba con un terror infinito y una súplica silenciosa, no era la niña rica que yo despreciaba. Era mi esposa, mi única razón de vivir, mi Miranda, gritando mi nombre desde una garganta extraña que yo mismo estaba intentando degollar. El castigo no era solo para ella; el universo me estaba preparando la trampa más cruel de todas: obligarme a odiar a la única persona que todavía amaba.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭