TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 19
Aethon los observó un momento con ternura…
Pero entonces su expresión se volvió ligeramente nerviosa.
Me miró otra vez.
—Espérenme aquí un momento —dijo.
Antes de que pudiera preguntar nada, se adentró más en la amplia abertura del tronco.
Mientras avanzaba, las ramas que obstruían el paso se apartaban lentamente, como si reconocieran su presencia.
Incluso algunos pequeños ojos luminosos que observaban desde la corteza se cerraban o desaparecían al paso del heredero de la naturaleza.
El camino frente a él se despejaba por sí solo.
Y en cuestión de segundos…
Aethon desapareció más profundamente dentro del corazón del Árbol del Mundo.
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Del otro lado de la abertura, el interior del Árbol del Mundo se extendía como una catedral viva hecha de madera antigua, luz y estrellas.
Las raíces gigantes formaban muros curvos que parecían sostener el cielo mismo. La corteza no era oscura ni áspera como la de un árbol común; en su lugar estaba surcada por venas de luz azulada y dorada, como si la savia que recorría su interior fuera pura magia viva fluyendo lentamente por todo el tronco.
Entre aquellas raíces colosales y las ramas que se entrelazaban en lo alto, colgaban decenas de capullos luminosos.
Cada uno estaba suspendido por delicados hilos de energía nacidos de las ramas superiores, balanceándose suavemente como si flotaran en un océano invisible.
Los capullos tenían forma ovalada, parecidos a huevos de cristal formados de pura luz.
La mayoría brillaba en tonos azules y plateados, translúcidos como gotas de agua iluminadas por la luna. Dentro de ellos podían verse pequeños fetos dormidos… diminutos cuerpos élficos, acurrucados en posición fetal, con delicadas orejas puntiagudas y rasgos suaves, como si el propio árbol estuviera gestando nuevas vidas destinadas a nacer en el mundo.
Pero entre todos ellos…
Había algunos diferentes.
Más brillantes.
Más cálidos.
Cinco capullos dorados.
Su luz no era suave como la de los otros.
Era profunda y poderosa, como luz de amanecer atrapada dentro del cristal. Sus superficies resplandecían con un brillo cálido que parecía latir lentamente, como si cada uno guardara el pulso de un pequeño sol.
Dentro de aquellos capullos dorados también dormían pequeños fetos.
Diminutos cuerpos élficos, envueltos en una luz dorada protectora. Sus pequeñas manos descansaban cerca de su pecho, sus rostros serenos, dormidos en una calma absoluta mientras la energía del Árbol del Mundo los mecía suavemente.
Cuando Aethon Sylvariel llegó al lugar…
Se detuvo en seco.
Sus ojos verdes se abrieron con profunda sorpresa.
Varias emociones cruzaron su rostro al mismo tiempo.
Asombro.
Incredulidad.
Y entonces…
una felicidad inmensa.
Su respiración se volvió más profunda mientras contemplaba aquellos capullos dorados balanceándose suavemente entre las ramas antiguas.
Porque Aethon sabía perfectamente lo que significaban.
Esos cinco capullos dorados…
son sus hijos.
Los hijos que había concebido junto a Aelina Moonveil.
Una sonrisa llena de emoción apareció lentamente en su rostro. Sus ojos brillaron intensamente, humedeciéndose un poco mientras observaba aquellas pequeñas vidas dormidas.
Cinco.
Cinco nuevas vidas de la familia real.
Cinco pequeños seres que algún día abrirían los ojos y caminarían por el mundo.
Aethon levantó una mano lentamente, como si temiera perturbar el sueño de aquellos diminutos cuerpos élficos.
Su mirada estaba llena de orgullo, amor y emoción.
En ese momento su corazón latía con una certeza absoluta.
No había duda alguna.
Aquellos capullos dorados... Eran la prueba viva del amor entre él y Aelina.
Y al verlos…
Aethon Sylvariel nunca se había sentido tan profundamente feliz.
Aethon permaneció unos segundos más contemplando los cinco capullos dorados, con el corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho.
Entonces, incapaz de contener su emoción por más tiempo, se dio la vuelta y salió rápidamente por el pasillo del árbol.
Mientras tanto, afuera…
Yo seguía esperando con los niños.
Los pequeños lobitos corrían y jugaban cerca de mí, rodando entre las raíces del gigantesco árbol mientras movían sus colitas con energía.
De pronto, Aethon apareció de nuevo.
Sus pasos eran rápidos, casi apresurados.
Sus ojos brillaban de una manera que nunca había visto antes.
—¡Amor! —gritó lleno de emoción.
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la cintura y me levantó del suelo, girando conmigo entre sus brazos.
—¡Tendremos cinco hijos! —exclamó con una felicidad desbordante.
Me dio varias vueltas mientras reía como si el mundo entero se hubiera llenado de luz.
Pero para mí…
Fue como si mi alma hubiera abandonado mi cuerpo por un momento.
Mi mente quedó completamente en blanco.
Cinco.
Cinco hijos.
Las palabras comenzaron a repetirse lentamente dentro de mi cabeza mientras él seguía girándome con entusiasmo.
¿Voy a… "parir" cinco hijos de un solo parto?
La idea apareció en mi mente como un rayo.
Y cuanto más lo pensaba…
Más clara se volvía la imagen.
Cinco bebés.
Al mismo tiempo.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
Uno frío.
Muy frío.
Mi rostro se quedó completamente pálido mientras Aethon seguía feliz, ajeno al torbellino de pensamientos que se desataba en mi mente.
Porque mientras él celebraba el milagro…
Yo solo podía pensar en una cosa aterradora.
—Cinco… —murmuré apenas en un hilo de voz.
Y de pronto…
no estaba segura de si debía alegrarme… o entrar en pánico.
Los dos pequeños cachorros levantaron las orejas en cuanto escucharon las palabras de Aethon.
—¡Tendremos cinco hermanos!
Sus colitas comenzaron a moverse frenéticamente.
En sus pequeñas mentes solo existía una idea muy simple y maravillosa: más hermanos para jugar.
Los dos cachorros comenzaron a brincar de emoción alrededor de nosotros.
Naevira daba pequeños saltos sobre sus patas delanteras mientras Fenrael corría en círculos soltando pequeños aullidos felices.
Mientras tanto, Aethon seguía irradiando felicidad.
Entonces, sin previo aviso, me levantó nuevamente en sus brazos.
—Vengan conmigo —les dijo a los niños con una sonrisa llena de emoción—. Síganme.
Los dos cachorros corrieron detrás de nosotros de inmediato.
Aethon avanzó hacia el pasillo del Árbol del Mundo y entró nuevamente en su interior.
Cuando cruzamos al otro lado…
No podía creer lo que veía.
Ante nosotros se extendía el corazón interior del árbol.