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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.5k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 14: No fue suicidio.

El sueño vino a las cuatro de la mañana.

Cassidy llevaba horas mirando el techo con los ojos abiertos y el teléfono apretado contra el pecho como si fuera un arma cargada. Las fotos de los correos le quemaban a través de la pantalla. Cada vez que cerraba los ojos veía las palabras de Andrea: «Si no despierta, mejor.» Tres palabras. Seis sílabas. Una sentencia de muerte escrita con la misma naturalidad con la que se escribe una lista del supermercado.

En algún momento el cansancio le ganó a la rabia y se quedó dormida.

Y el sueño la arrastró.

No soñó con esta vida. Soñó con la otra.

El camino de Arizona. El polvo rojo. El sol cayéndole encima como un castigo de Dios. La diligencia apareciendo por la curva, los caballos levantando tierra, el cochero con las riendas en las manos y la escopeta cruzada en el regazo.

Cassidy estaba en posición. Detrás de una roca, con el pañuelo cubriéndole la cara y el revólver listo. El plan era simple: ella se encargaba del cochero, Roy cubría el flanco derecho. Limpio. Rápido. Como siempre.

Pero Roy no estaba en posición.

Roy estaba veinte metros atrás, peleando con el nuevo por un reloj de oro. Gritando. Empujándose. Como dos perros peleando por un hueso mientras la presa se les escapaba.

Cassidy le silbó. Roy no la oyó. Le gritó. Roy no la oyó. La diligencia se acercaba y el flanco derecho estaba descubierto.

Roy, maldita sea, el flanco.

El guardia la vio primero. Estaba escondido entre los baúles del techo, donde nadie lo revisó porque Roy estaba demasiado ocupado peleando por su maldita baratija. El cañón del rifle apuntó a su espalda. Cassidy sintió el frío antes de sentir el plomo. Ese instante en el que sabes que te van a matar y no puedes hacer nada.

La bala entró limpia. Entre los omóplatos. Como un puñetazo de Dios.

Cassidy cayó del caballo. La cara contra la tierra. El sabor a hierro y polvo. Los gritos de Roy llegándole de lejos, como si los escuchara desde el fondo de un pozo.

Y lo último que pensó antes de morirse fue: Me mataron por la espalda. Por culpa de alguien en quien confié.

Se despertó de golpe.

Sentada en la cama, con el pelo pegado a la cara y el corazón desbocado. El cuarto estaba oscuro. La mansión en silencio. El reloj del teléfono marcaba las cuatro y cuarenta y tres de la mañana.

Le temblaban las manos.

No del sueño. De la conexión.

Porque ahí estaba. Clarito. Como si alguien le hubiera encendido una lámpara dentro del cráneo.

Roy la traicionó. No a propósito, no con malicia, no con un plan elaborado. La traicionó por idiota, por descuidado, por egoísta. Se distrajo con su ambición de mierda y la dejó sin cobertura. Y ella murió por eso.

Andrea la traicionó. A propósito, con malicia, con un plan elaborado. Le puso veneno en el té a través de Dorotea, con el visto bueno de Sebastián, para quedarse con todo. Y Emilia casi murió por eso.

La historia se repetía. Distinto siglo, distinta ropa, distinto cuerpo. Pero la misma mierda de siempre: alguien en quien confías te apuñala por la espalda mientras tú miras al frente.

Cassidy se levantó de la cama. Caminó al baño. Se echó agua en la cara. Se miró en el espejo.

Los recuerdos de Emilia le llegaron como oleadas. La taza de té. Dorotea entrando al cuarto de servicio con la bandeja. «Tome, señora, para que descanse.» El sabor amargo. Emilia pensando que era normal, que Dorotea siempre hacía el té cargado. El primer mareo. Las piernas fallan. El piso se acerca. La oscuridad.

Y después, nada.

Emilia no dejó una nota. No lloró antes de hacerlo. No le dijo adiós a nadie. Porque no lo hizo. No eligió morirse. Se fue a dormir con un té y no despertó hasta una semana después con otra alma adentro.

No fue suicidio. Te asesinaron, Emilia. Te asesinaron y el mundo entero creyó que habías sido tú. Que estabas tan rota, tan triste, tan gorda y tan patética que decidiste matarte. Y los tres hijos de puta que lo hicieron se quedaron parados al lado de tu cama esperando a que te murieras para repartirse lo tuyo.

Cassidy apretó el borde del lavabo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

La rabia era inmensa. Más grande que cualquier cosa que hubiera sentido en esta vida o en la anterior. Más grande que la bala en la espalda, más grande que la traición de Roy, más grande que morirse en un camino de tierra con la cara en el polvo. Porque Roy era un imbécil, pero no un asesino. Roy no planeó matarla. Estos tres sí. Estos tres se sentaron a calcularlo, a organizarlo, a decidir qué veneno, en qué momento, quién lo ponía. Lo planearon como se planea un negocio. Fríos. Metódicos. Sin un gramo de duda.

Y Sebastián duerme abajo. En mi casa. Con una orden de un juez comprado. A veinte metros de donde estoy.

Podía bajar ahora mismo. Podía agarrar el palo de la fogata del jardín —todavía estaba ahí, apoyado contra la maceta— y partirle la cabeza mientras dormía. Nadie la detendría. Lucía no estaba, el chofer dormía en la cochera, la casa estaba vacía.

Pero Cassidy Boone no había sobrevivido veinticinco años en el Oeste disparando a lo idiota. Había sobrevivido porque sabía cuándo apretar el gatillo y cuándo esperar. Y este era momento de esperar.

Si lo mato, voy presa. Si voy presa, Andrea gana. Si Andrea gana, Emilia murió para nada.

Se lavó la cara otra vez. Respiró. Una vez. Dos. Tres.

No voy a matarte, Sebastián. Voy a destruirte. Que es peor.

Pero necesitaba sacarse la rabia de encima o iba a explotar. Necesitaba hablar con alguien. No con Lucía, que era leal pero joven y se asustaría. No con Castillo, que era abogado y todo lo convertiría en procedimiento legal. No con Valentina, que apenas la conocía.

Agarró el teléfono. Lo desbloqueó. Buscó el número de Daniel.

Lo había bloqueado. Lo desbloqueó.

Escribió con un dedo, despacio:

«¿Estás despierto?»

La respuesta llegó en treinta segundos. Las cinco de la mañana y el tipo contestó en treinta segundos.

«Ahora sí. ¿Estás bien?»

«No. ¿Puedes venir?»

«Salgo en dos minutos.»

No preguntó qué pasaba. No preguntó por qué a las cinco de la mañana. No preguntó si era para sexo, para hablar, para llorar. Solo dijo que iba.

Este hombre es un idiota, pensó Cassidy. Un idiota que contesta a las cinco de la mañana sin hacer preguntas.

Y ese pensamiento, en lugar de molestarla, le aflojó algo en el pecho.

Daniel apareció diez minutos después. Tocó la puerta trasera, la del jardín, porque Cassidy le mandó un mensaje diciéndole que no entrara por la principal. Sebastián dormía abajo y lo último que necesitaba era un escándalo a las cinco de la mañana.

Cassidy le abrió. Daniel estaba en pijama. Pantalón de cuadros, camiseta arrugada, pelo parado en tres direcciones, los ojos hinchados de sueño y las llaves del carro en la mano como si hubiera salido corriendo.

La miró. Le bastó un segundo para entender que esta noche era diferente.

No dijo nada. No la tocó. No intentó besarla ni abrazarla ni preguntarle qué pasó.

Se sentó en el sillón de exterior, el mismo donde Cassidy había quemado la ropa de Andrea semanas atrás, y esperó.

Cassidy se sentó a su lado. No pegada a él. A medio metro de distancia. Con los codos en las rodillas y la cabeza gacha.

El jardín estaba oscuro y silencioso. La fuente del ángel de mármol goteaba despacio. El cielo empezaba a aclararse por el este, pasando del negro al azul oscuro con una franja naranja en el horizonte.

Cassidy abrió la boca para hablar. La cerró. La abrió otra vez.

—No fue un intento de suicidio —dijo.

Daniel giró la cabeza hacia ella. No interrumpió.

—Me envenenaron. Le pusieron algo en el té. Andrea dio la orden, Dorotea lo hizo y Sebastián lo sabía. Querían matarme, Daniel. No humillarme, no encerrarme, no sacarme del camino. Matarme. Y si no moría, tenían un plan B: declararme incapaz mentalmente y quitarme todo.

El silencio duró diez segundos. Veinte. Treinta.

—¿Tienes pruebas? —preguntó Daniel. La voz le salió baja, controlada, pero Cassidy le vio las manos: los puños cerrados sobre los muslos, los nudillos blancos, los tendones marcados bajo la piel.

—Tengo correos. Tengo las fotos en el teléfono. Un correo de Andrea a Sebastián donde lo dice claro: «Ya hablé con Dorotea. Ella sabe qué hacer con las pastillas. Mañana por la noche, en el té.»

Daniel cerró los ojos.

—Hijos de puta —dijo. Y lo dijo con una rabia tan limpia, tan directa, tan parecida a la de ella, que Cassidy lo miró sorprendida. No esperaba eso. Esperaba la cara de médico preocupado, el tono calmado de «tranquila, vamos a resolver esto.» Pero lo que Daniel le dio fue rabia. Rabia real. Rabia de alguien que escucha algo monstruoso y reacciona como ser humano, no como profesional.

—¿Qué necesitas? —preguntó—. Dime qué necesitas y lo tienes. Abogados, investigadores, protección, lo que sea. Un equipo legal completo mañana a primera hora si quieres. Te lo consigo esta noche.

—No necesito nada de eso. Todavía no.

—¿Entonces qué necesitas?

Cassidy lo miró. Los ojos de miel, hinchados de sueño, brillando con la poca luz que empezaba a entrar por el horizonte. El pelo ridículo. La camiseta arrugada. Las manos todavía cerradas en puños.

—Esto —dijo—. Necesito esto. Sentarme aquí y no estar sola.

Daniel asintió.

No habló. No la tocó. No le ofreció más soluciones ni más recursos ni más nada. Se quedó sentado a su lado, en silencio, mirando el cielo cambiar de color mientras la mujer que lo había usado, echado de su cama y bloqueado del teléfono le pedía por primera vez algo que no podía comprarse con dinero.

Compañía.

Se quedaron así hasta que el sol salió. Media hora de silencio. Treinta minutos en los que Cassidy no dijo una palabra y Daniel tampoco, y el jardín se fue llenando de luz naranja y de sonidos de pájaros y de ese olor a mañana que es igual en todos los siglos.

Cuando el sol estuvo completamente arriba, Cassidy se levantó.

—Gracias —dijo. Y le costó. Le costó más que cualquier pelea, que cualquier bofetada, que cualquier discurso en una sala de juntas. Porque Cassidy Boone no agradecía. Cassidy Boone no pedía ayuda. Cassidy Boone se las arreglaba sola desde los catorce años y no necesitaba a nadie.

Pero Cassidy Boone estaba muerta. Y la mujer que vivía ahora en este cuerpo estaba aprendiendo que hay batallas que no se ganan sola.

Daniel se levantó. Se sacudió el pantalón de pijama. La miró con esos ojos que no pedían nada a cambio.

—Cuando estés lista para actuar, me llamas. A la hora que sea. Y voy a estar ahí.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Se fue por la puerta del jardín, saltó la cerca baja y desapareció en su casa.

Cassidy se quedó parada en el jardín con el sol dándole en la cara y un nudo en la garganta que no supo cómo deshacer. Porque lo que Daniel acababa de hacer —venir a las cinco de la mañana, sentarse en silencio, no pedir nada, no tocar nada, no intentar resolver nada, solo estar— era algo que nadie había hecho por ella en ninguna de sus dos vidas.

Y eso la asustaba más que cualquier correo, cualquier veneno y cualquier orden judicial.

Porque contra los enemigos sabía pelear.

Contra la bondad no tenía defensa.

Entró a la casa. Sebastián seguía dormido abajo. El reloj marcaba las seis y cuarto. En unas horas se levantaría, se pondría su traje, se peinaría el pelo y saldría a la oficina como si fuera un hombre respetable y no alguien que conspiró para asesinar a su esposa.

Cassidy subió al despacho. Encendió la laptop. Abrió el correo de Andrea otra vez. Lo leyó una última vez.

«Si no despierta, mejor.»

Sacó el teléfono. Verificó que las fotos estuvieran ahí. Estaban. Cada correo, cada prueba, cada palabra.

Apagó la laptop. Guardó el teléfono.

No voy a disparar todavía. Voy a esperar a que Valentina termine la auditoría. Voy a esperar a que Dorotea hable. Voy a juntar cada prueba, cada nombre, cada número, cada mentira. Y cuando tenga todo, cuando el saco esté lleno y las serpientes no puedan escapar, voy a prenderle fuego.

Y esta vez no va a ser ropa lo que se queme.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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